La Unesco publicó recientemente una actualización de los aprendizajes que considera esenciales para las nuevas generaciones durante su formación básica. Aunque se trata de un aporte amplio y valioso, difícilmente cerrará el debate sobre el propósito de la educación, una discusión de larga data que surge de visiones distintas sobre el tema, que pueden resumirse en tres grandes enfoques.
El primero sostiene que el propósito de la educación es facilitar la inserción laboral. Por ello, los conocimientos sobre inteligencia artificial, competencias digitales e inglés ocupan un lugar destacado en el perfil de salida esperado de los estudiantes. Cámaras empresariales y diversos sectores respaldan este enfoque por razones evidentes. Sin embargo, resulta insuficiente y hasta riesgoso. Por citar una sola objeción: en medio de las transformaciones tecnológicas profundas y aceleradas, que están trastocando todo, pretender anticipar las necesidades del mercado laboral dentro de doce años es una apuesta temeraria.
Un segundo enfoque propone que la educación priorice el desarrollo cognitivo. Desde esta perspectiva, se busca fortalecer el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la comprensión y otras capacidades. Disciplinas como matemáticas, idiomas, música o la comprensión lectora son valiosas en este caso, no solo por sus contenidos, sino por su contribución al desarrollo de competencias cognitivas fundamentales.
Un tercer enfoque plantea educar para la vida. Comprender la historia de la humanidad y del planeta, dominar la lengua materna —y ojalá otras lenguas—, apreciar la literatura y el arte, aprender de filosofía y de ética, son pilares de esta visión humanista, además de matemáticas, ciencias y tecnologías. Aunque muchos sistemas educativos enuncian este objetivo como aspiración, lo cierto es que en la práctica pocos se acercan a él.

Es, sin duda, la opción más exigente, pero también la única que puede fortalecer el conjunto de saberes y capacidades necesarios para resguardar el futuro de la humanidad. La historia nos muestra que los cambios abruptos y las crisis profundas —económicas, políticas, ambientales, sanitarias o de otra índole— son parte de nuestra realidad, y la educación debe prepararnos para superarlas. Conocer quiénes somos y de dónde venimos, saber pensar, y actuar con cualidades como la empatía, la creatividad, la cooperación y la resiliencia, son esenciales para la adaptación y sobrevivencia. No podemos esperar menos de la educación.
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Leda Muñoz es catedrática de la Universidad de Costa Rica, exvicerrectora de Acción Social, investigadora en nutrición y desarrollo infantil; coordinadora del Informe Estado de la Nación y exdirectora de la Fundación Omar Dengo. Ph.D. en nutrición infantil y epidemiología.
