Por: Ramiro Casó.   18 agosto

El reconocido economista y psicólogo Herbert Simon dijo durante un foro titulado “Diseñando Organizaciones para un Mundo Rico en Información” lo siguiente: “En un mundo rico en información, la riqueza de esta significa la escasez de algo más: la escasez de lo que sea que consuma la información. Lo que consume la información es bastante obvio: consume la atención de sus receptores. Por lo tanto, la riqueza en información genera pobreza de atención y la necesidad de asignar esa atención eficientemente entre las abundantes fuentes de información que pueden consumirla".

Aunque parezca mentira, la cita anterior es del año 1971. Es imposible leerla y no pensar que fue dicha ayer. ¿Qué pensaría Simon si nos viera hoy, sumergidos en nuestros celulares, inundados por notificaciones y mensajes? En la siguiente cita, tomada de la misma conferencia, podemos intuir una respuesta: “En un mundo rico en información, mucho del costo de la información lo incurre el receptor. No es suficiente saber cuánto nos cuesta producir y transmitir información; debemos también saber cuándo nos cuesta, en términos de escasez de atención, recibirla”.

La reflexión de Simon saca a la luz una de las crisis más importantes y silenciosas que vivimos en el presente: la crisis de la atención.

Uso la palabra crisis con conciencia, porque pienso que tanto personas como empresas están sufriendo enormemente por la incapacidad, cada vez mayor, de controlar la atención. En el caso de las personas, las constantes distracciones previenen lo que Cal Newport, autor y profesor de Georgetown University llama “Trabajo Profundo”, es decir, trabajo enfocado y sostenido.

Newport afirma que en las economías modernas existen dos habilidades claves que toda persona debe tener para lograr el éxito: 1) la habilidad para dominar rápido cosas difíciles y 2) la habilidad para producir a nivel élite, en términos de calidad y velocidad. Newport tiene razón: en un mundo que cambia velozmente, triunfa el que más rápido aprende y ejecuta. La incapacidad de concentrarnos, producto de las distracciones crónicas que nosotros mismos generamos, atentan contra el desarrollo de esas habilidades. Pero lo que es aún peor, nuestras empresas erróneamente, fomentan la distracción, con prácticas como los llamados “open work spaces” y reforzando el “multitasking” en sus colaboradores, por citar dos de las prácticas más comunes cuyos efectos negativos han sido ampliamente demostrados.

Si queremos ser innovadores, ágiles y productivos, debemos administrar mejor uno de los recursos más escasos que tenemos: nuestra propia atención. De ello depende nuestro bienestar y el de nuestras empresas.