La radiografía del empleo en Costa Rica es una paradoja. El país logró reducir su tasa de desempleo a uno de los niveles más bajos de su historia reciente, pero lo hizo a través de menores niveles de participación laboral y prácticamente con la misma cantidad de trabajadores ocupados que tenía antes de la pandemia.
Detrás de ese fenómeno conviven situaciones atípicas, muy distintas.
Por un lado, el envejecimiento de la población empieza a reducir el ritmo al que crece la fuerza laboral y acelera la salida de quienes se acercan a la edad de retiro.
Por otro, la pandemia dejó fuera del mercado laboral a miles de personas que nunca terminaron por regresar.
Además, persisten brechas estructurales que siguen limitando el acceso de diversos grupos de la población —principalmente mujeres— a empleos formales, con mejores condiciones generales.
El resultado es un mercado laboral totalmente distinto al de hace apenas 10 o 15 años, marcado por los matices.

La radiografía
La transformación del mercado laboral costarricense se observa fácilmente en las estadísticas oficiales:
— El desempleo en mínimos históricos
La tasa de desempleo en Costa Rica se desplomó desde junio del 2020.
Luego de los máximos que se registraron en el marco de la pandemia, la tasa comenzó a descender de forma sostenida hasta ubicarse en niveles inéditos en la serie histórica de la Encuesta Continua de Empleo (ECE).
Durante una buena parte de la década anterior, Costa Rica convivió con tasas de desempleo superiores al 8% —incluso por encima del 10%—; pero hoy ese indicador está por debajo del 7%.
La mejora es uno de los cambios más relevantes del mercado laboral costarricense en su historia reciente. Sin embargo, las estimaciones del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) evidencian que no responde precisamente a una mayor generación de oportunidades laborales. Al contrario, es consecuencia de una menor participación laboral.
De todas las personas en edad de trabajar que habitan el suelo costarricense, apenas la mitad tienen empleo. La otra mitad está compuesta por una población cada vez mayor que no tiene trabajo, pero que tampoco lo busca; y por un pequeño grupo de personas que sí aspiran a un puesto de trabajo, pero no lo encuentran.
El propio Programa Estado de la Nación (PEN) resumió esta paradoja en su último informe: “la baja del desempleo no equivale necesariamente a un incremento del empleo”, consta en el documento.
— La participación a la baja
La tasa neta de participación, precisamente, se encuentra en niveles significativamente inferiores a los que se observaban antes de la pandemia y en la década del 2010.
El indicador llegó a superar holgadamente el 60% de las personas en edad de trabajar hasta el año 2020, pero ahora apenas alcanza el 54%.
En palabras sencillas, la fuerza laboral se ha reducido.
Esta caída en la participación es clave para entender por qué cae el desempleo, aun cuando la cantidad de personas ocupadas hasta abril de este 2026 fue unas 20.000 unidades inferior a las que se estimaban hace siete años, antes de la pandemia.
Como en aquel entonces la tasa de participación era mucho más elevada (62,5%), el desempleo también era mucho más significativo (11,3%), independientemente de que había más personas con trabajo.
La menor participación se produce por múltiples fenómenos, pero hay dos que sobresalen: uno es el envejecimiento de la población y otro, el hecho de que muchas personas siguen excluidas del mercado laboral o se distanciaron luego de la pandemia.
Sobre el envejecimiento, la coordinadora del Programa, Natalia Morales, explicó que ya el país sabía “desde hace décadas” que en estos años iba a desaparecer el bono demográfico, lo cual “iba a afectar la cantidad de población económicamente activa”.
Según las estimaciones del INEC, la población de entre 15 y 34 años actual es un 11,3% menor que hace 15 años; en cambio, la población mayor de 60 años creció un 20,7% y es la que más sale de la fuerza de trabajo.
Además, recordó que muchas personas —sobre todo mujeres— continúan excluidas del mercado laboral porque se dedican a tareas de cuido para las que todavía no existen alternativas universales y de calidad por parte del Estado.
— Menos informalidad
La caída en la participación, además, vino acompañada de otra disminución relevante: el empleo informal volvió a ubicarse por debajo del 40% de las personas ocupadas.
Parte de esa reducción también podría explicarse porque muchas de las personas que abandonaron el mercado laboral durante la emergencia del covid-19 se desempeñaban precisamente en actividades informales.
“La pandemia destruyó muchos trabajos informales y muchas de esas personas no se volvieron a insertar en el mercado de trabajo, sobre todo mujeres que trabajaban en emprendimientos”, explicó la economista que dirige el PEN.
Esta situación también explica por qué en los últimos años aumentó el empleo formal, pero las cifras generales de puestos de trabajo no han subido.
Hasta abril de este 2026 se estimaba que había unas 160.000 personas ocupadas más en el mercado formal que hace siete años, pero el mercado informal perdió unos 175.000 puestos.
La reducción de la informalidad también ayuda a explicar la caída del desempleo, explicó Morales.
“Muchas de estas personas estaban insertadas en el mundo del trabajo buscando trabajo o en alguna actividad informal, pero después de la pandemia dejaron de hacer gestiones para trabajar, y eso también se refleja en menos personas ocupadas y menos personas desempleadas”.
— Un desempleo distinto
El hecho de que la población envejezca y de que cada vez menos jóvenes ingresen en el mercado laboral también ha modificado el perfil de las personas desempleadas en Costa Rica.
En materia de edad, los más jóvenes siguen concentrando una parte importante del desempleo, aunque con un peso relativo menor que hace 15 años.
Algo similar ocurre en materia de niveles educativos. Como cada vez hay una menor proporción de personas con menores niveles educativos participando en el mercado laboral, el peso relativo de las personas con grado universitario dentro del desempleo es cada vez más elevado.
Hace 15 años, el 38% de las personas desempleadas eran menores de 24 años y solo el 16% tenía algún tipo de instrucción universitaria. Hoy, esas proporciones son del 25% y del 29%, respectivamente.
La economista Roxana Morales, de la Universidad Nacional (UNA), analizó este fenómeno en un reciente análisis publicado por esa casa de enseñanza.
“La mejora en el perfil educativo de quienes buscan empleo es evidente. No obstante, el mercado laboral también ha elevado el estándar mínimo de empleabilidad”, redactó. “Actualmente, no completar la secundaria representa una desventaja significativamente mayor que hace diez años”, añadió.
— Subempleo mínimo
Junto con la caída del desempleo, también se ha observado una disminución relevante en los niveles de subempleo.
Esa tasa cayó por debajo del 5% después de haber superado el 20% durante la pandemia, por las reducciones de jornada y demás restricciones económicas, y tasas superiores a dos dígitos antes de la emergencia.
La mejora sugiere que quienes logran insertarse en el mercado laboral encuentran con mayor frecuencia jornadas más cercanas a las que desean.
El desafío generacional
El envejecimiento aparece como un hilo conductor que ayuda a comprender por qué tantos indicadores cambiaron al mismo tiempo. No es el único factor, pero es uno de los más relevantes.
Costa Rica tiene cada vez menos jóvenes ingresando al mercado laboral y cada vez son más las personas mayores que dejan de trabajar porque se acercan o superan la edad de retiro.
Un estudio elaborado por la economista Pamela Jiménez para el Estado de la Nación ya advertía desde el 2018 que una eventual reducción de la tasa de desempleo podía ocurrir por “la menor participación laboral” y por “la demografía”, incluso si no se correspondía con “mejoras en la creación de puestos laborales”.
La tesis era relativamente sencilla. Los primeros baby boomers de Costa Rica —nacidos entre 1950 y 1961— iban a empezar a retirarse del mercado laboral a partir de 2015 y continuarían haciéndolo por 10 años, lo cual implicaba una transformación de peso para la estructura de trabajo.
Esos trabajadores de mayor edad eran sobre todo hombres, con niveles educativos predominantemente bajos, y que enfrentaron toda su vida laboral con esas condiciones de base.
Ocho años después de ese estudio de Jiménez, el propio Estado de la Nación señala que el envejecimiento es una pieza clave para entender el mercado laboral actual.
“El envejecimiento lo estamos empezando a ver, pero puede tener efectos más significativos al cabo de una década”, advirtió la coordinadora Morales. “Si no logramos que se mejore el empleo formal y que estas personas que están envejeciendo tengan acceso a una pensión, esto nos va a generar presiones muy importantes en 10 o 20 años”, añadió.
A ello, se suman retos históricos que todavía siguen lejos de ser resueltos, como las brechas de género y entre regiones, cuyo cierre podría ser crucial para enfrentar un futuro con una fuerza laboral menguante.
“El país sigue sin tener una red de cuido universal y hoy ese reto lo estamos resolviendo con muchas mujeres en edad activa que se hacen cargo de esas personas”, apuntó Morales. Además, agregó, “buena parte del empleo que se está generando se concentra en la región Central”.
Costa Rica pasó décadas preguntándose cómo reducir el desempleo; ahora, los desafíos van más allá de ese mero indicador.
