El populismo es un estilo, no una ideología, para entenderlo es conveniente verlo desde la perspectiva de la transgresión.
Es la capacidad del líder populista de violar normas convenciones y protocolos que las élites consideran obligatorios, de esta manera prueba su autenticidad y su proximidad con el pueblo.
Estos actores utilizan un lenguaje crudo y hasta vulgar, envian un mensaje: hablo como ustedes sin las complicaciones de los de arriba. La vulgaridad se transforma en una prueba de sinceridad, mientras más reacciones negativas de expertos y periodistas ocurran, se refuerza el vínculo con su base que se siente representada.
El populismo se funda en una visión binaria de la sociedad: “pueblo puro” contra “elite corrupta”. Los falsos mesías se saltan las instituciones (parlamento, justicia, prensa tradicional) y se dirigen directamente a las masas (redes). Las instituciones formales son presentadas como frenos innecesarios que bloquean la voluntad popular.
Los quebrantamientos repetidos crean una ruptura con el flujo normal del presente, generan conflicto y atención; es la estrategia del escándalo que obliga a adversarios y medios a reaccionar. El populista satura el espacio mediático, define la agenda y el ritmo del debate público.
La transgresión no es accidental, es un recurso político que permite al falso profeta construir una identidad de marginal valeroso que quiebra las reglas del sistema injusto.
El populista rompe las normas para demostrar que no es como “ellos”, los que nos han traicionado, sino como “nosotros”. Hablar mal, vestir diferente, mentir, insultar a periodistas, rectores y jueces es señal de ruptura con una élite que impone normas como instrumentos de dominación. Romperlas es rebeldía.
La transgresión produce un vínculo emocional que escandaliza a las élites, rompe fronteras sociopolíticas, divierte o entusiasma al pueblo.
Cuanto más condenas provoca el populista se inmuniza y transforma a quienes le censuran en sus perseguidores políticos.

La transgresión no es omnipotente, tiene que fundarse en agravios reales, sino es vista como grosería. Debe tener un enemigo creíble y mantenerse dentro de los umbrales culturales de cada sociedad, de lo contrario se erosiona y cae el populista.
---
Constantino Urcuyo Fournier es abogado y doctor en Sociología Política de la Universidad de París. Catedrático de la Universidad de Costa Rica, exdiputado y director académico del Ciapa. Profesor visitante en las universidades de Tulane y Salamanca. También es consultor internacional y nacional para diversas empresas.