El debate sobre las reglas de juego que debieran guiar el diseño y uso de la Inteligencia Artificial (IA) solo comienza, a pesar de la resistencia del pequeño grupo de dueños de las plataformas que la desarrollan. Lo cierto es que tanto su uso como su continuo desarrollo avanzan a pasos acelerados, permeando ya un porcentaje enorme de las actividades de nuestra civilización, y esta discusión va muy rezagada.
Hace poco conversé con directores y técnicos de un par de plataformas, y fue muy reveladora la homogeneidad de sus posiciones en relación con la definición de criterios éticos para su actividad: plantean que los beneficios potenciales de la IA sobrepasan por mucho los riesgos, regularla comprometerá la creatividad para alcanzar esos beneficios. Es un análisis que se hace desde la propia industria; sin embargo, se tienen identificados riesgos importantes, algunos tan serios que resultan inaceptables éticamente y que obligan a tomar acciones oportunas para proteger a la sociedad.
Toda actividad económica e incluso filantrópica que ofrece productos o servicios tiene un marco regulatorio, sea la construcción de carreteras y edificios, la producción de automóviles, alimentos y hasta juguetes. Incluso frente a una crisis como la pasada pandemia, la industria farmacéutica operó bajo estrictos marcos normativos para desarrollar las vacunas, a pesar de que cada semana de atraso representaba miles de vidas afectadas. Por supuesto que estas reglas limitan la libre creatividad y exploración de nuevas alternativas y tienen un alto costo para la industria y por ende para la población, pero hay riesgos que no se deben asumir sin salvaguardas.
En el caso de la IA, esta trasciende lo comercial y toca intereses políticos, ideológicos, religiosos y otros, mediante una capacidad ya demostrada para manipular la opinión a gran escala. Las implicaciones de esta facultad merecen un debate serio y una acción política responsable y transparente. Lamentablemente, la nueva oligarquía tecnológica de la IA no solo acumula un enorme poder económico que probablemente crecerá aún más, sino también una creciente influencia política.
Los niños y las poblaciones con menos herramientas de pensamiento crítico son los más vulnerables, lo que refuerza la necesidad urgente de una educación de alta calidad. Sin embargo, no nos engañemos: frente a la IA todos somos vulnerables. Y no ayuda simplificar el debate en “amigos o enemigos” de la IA: reconocer sus extraordinarios beneficios no conlleva ignorar o minimizar sus riesgos, ni nos exime del deber de actuar al respecto.