Hace algunos años atendí a una paciente de Seattle que había viajado a Costa Rica para realizarse una cirugía que llevaba meses esperando en su país. No era una paciente sin recursos. Tenía seguro médico y acceso a uno de los sistemas de salud más sofisticados del mundo. Aun así, decidió venir.
Cuando le pregunté por qué, me respondió algo que nunca olvidé: “Allá me tratan el diagnóstico. Aquí me tratan a mí.”
Esa frase resume una realidad que quienes trabajamos en salud a veces dejamos de ver por la familiaridad de vivirla todos los días.
Costa Rica recibe cerca de 70.000 pacientes internacionales al año. La mayoría proviene de Estados Unidos y Canadá, países con infraestructura médica de primer nivel y algunos de los mayores niveles de inversión en salud del mundo. Según datos del Banco Central, esta actividad genera alrededor de $465 millones anuales para el país y cada paciente internacional gasta, en promedio, más de seis veces lo que consume un turista tradicional.
Con frecuencia se asume que estas personas viajan únicamente por razones económicas. El costo puede influir, pero después de décadas ejerciendo la medicina y conversando con pacientes de distintas partes del mundo, estoy convencido de que esa explicación es insuficiente. Muchos vienen buscando algo más difícil de medir: tiempo, cercanía, confianza y la sensación de ser vistos como personas, no solamente como casos clínicos.

En una época donde la medicina avanza a una velocidad extraordinaria, ese factor humano se ha vuelto más valioso que nunca. Hoy contamos con tecnologías capaces de detectar enfermedades con una precisión impensable hace pocos años. Los tratamientos son más sofisticados, los diagnósticos más rápidos y los procedimientos menos invasivos. Sin embargo, ninguna innovación ha logrado reemplazar la tranquilidad que genera una conversación clara, una escucha atenta o la certeza de que alguien comprende lo que estamos viviendo.
Esa combinación entre excelencia clínica y cercanía humana ha sido, históricamente, una de las mayores fortalezas de la medicina costarricense. No es casualidad que Costa Rica haya alcanzado indicadores de salud comparables con los de países mucho más ricos: nuestra esperanza de vida supera los 80 años y se encuentra entre las más altas de América Latina. Detrás de esos resultados existe talento humano, formación médica rigurosa y una tradición que durante décadas ha entendido la salud como un servicio profundamente humano.
La calidad de la atención depende de las personas, pero también de los entornos donde esas personas trabajan. Un médico puede tener la mejor preparación y la mayor vocación de servicio, pero necesita condiciones que le permitan concentrarse en lo verdaderamente importante: el paciente.
La experiencia de quien busca atención médica comienza mucho antes del diagnóstico. Comienza en el espacio que lo recibe, en la tranquilidad que transmite el entorno, en la forma en que se coordinan los equipos y en la confianza que genera cada interacción. A veces pensamos en la infraestructura como algo separado de la medicina, cuando en realidad forma parte de ella. Los espacios también cuidan, los entornos también generan bienestar, y la tecnología alcanza su máximo valor cuando permite que los profesionales dediquen más tiempo a las personas y menos tiempo a los procesos.
Los pacientes internacionales suelen percibir esto con una claridad particular. Llegan sin las referencias ni las costumbres que nosotros damos por sentadas. Observan cómo se les atiende, cómo se comunican los equipos, cómo se sienten durante su proceso de recuperación. Y con frecuencia regresan a sus países hablando no solamente de un procedimiento exitoso, sino de una experiencia humana que superó sus expectativas.
Costa Rica tiene una oportunidad real de seguir consolidándose como un referente regional en salud. Pero esa posición no depende únicamente de incorporar nueva tecnología o ampliar capacidades. Depende también de mantener viva una cultura de atención que ha distinguido a nuestra medicina durante generaciones, y de seguir creando las condiciones necesarias para que esa cultura pueda florecer.
Preservar esa experiencia exige visión, inversión y un compromiso permanente con la excelencia. Porque al final, la mejor medicina no ocurre únicamente en los quirófanos, los consultorios o los equipos más avanzados. Ocurre en el encuentro entre el conocimiento, la confianza y el cuidado humano.
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El autor es cirujano general del Hospital Internacional La Católica.