Por: Mohamed A. El-Erian.   3 mayo
A los economistas occidentales no debería sorprenderles el hecho de descubrir que las sociedades con las poblaciones que envejecen más rápido y con una inmigración menor son las que hoy lidian con la japonificación.
A los economistas occidentales no debería sorprenderles el hecho de descubrir que las sociedades con las poblaciones que envejecen más rápido y con una inmigración menor son las que hoy lidian con la japonificación.

No hace mucho tiempo, la opinión generalizada era que una “japonificación” nunca podía suceder en las economías occidentales. Los principales economistas estadounidenses sostenían que si la amenaza combinada de un crecimiento débil, desinflación y tasas de interés perpetuamente bajas alguna vez llegaba a materializarse, los responsables de las políticas tendrían las herramientas para hacerle frente.

No tenían ningún problema en dar cátedra a los japoneses sobre la necesidad de medidas audaces para sacar a su economía de un atolladero de décadas. La japonificación era considerada como la consecuencia evitable de políticas deficientes, no como una inevitabilidad.

Y, sin embargo, el espectro de la japonificación ahora se asoma sobre Occidente. Después de la crisis financiera de 2008, las recuperaciones tanto en Europa como en Estados Unidos fueron más aletargadas y menos inclusivas de lo que esperaban la mayoría de los responsables de las políticas económicas, los políticos y los economistas. Y, más recientemente, las esperanzas de alcanzar una “velocidad de escape” para salir del “nuevo normal” de crecimiento bajo y presión desinflacionaria persistente se han frustrado en Europa y Japón, y algunos temen que puedan estar esfumándose también en Estados Unidos.

Europa, en particular, está nuevamente asolada por una desaceleración regional preocupante. Las proyecciones de crecimiento han sido consistentemente revisadas a la baja y el Banco Central Europeo ha admitido que su optimismo temprano sobre alcanzar una inflación ajustada a las metas era equivocado. Los rendimientos de los bonos gubernamentales han caído y el comercio global de títulos a tasas de interés negativas ha alcanzado un volumen aproximado de $10.000 millones.

Mientras tanto, Japón se está acercando a su cuarta década consecutiva de crecimiento nominal, inflación y tasas de interés consistentemente bajos. Y, en Estados Unidos, cada vez son más los economistas preocupados por una desaceleración inminente. Algunos inclusive instan a la Reserva Federal a recortar las tasas de interés y otros le piden que adopte una meta de inflación más alta para combatir el riesgo de una desinflación excesiva.

¿Todos esos economistas occidentales que desestimaban la amenaza de la japonificación en el pasado eran demasiado simplistas? Sí y no.

Los miedos a la japonificación de hoy surgen de temores legítimos sobre fuerzas desinflacionarias estructurales que puedan causar un crecimiento más bajo y menos inclusivo, tanto directa como indirectamente. Esas fuerzas incluyen el envejecimiento social, la creciente desigualdad (en términos de ingresos, riqueza y oportunidad), la inseguridad social y económica en amplios segmentos de la población y una pérdida de confianza en las instituciones y la opinión de los expertos.

Junto con la zombificación de las empresas después de la última burbuja de activos, estos factores estructurales han llevado a una menor demanda, así como a una mayor aversión al riesgo y al autoseguro, y no a una mancomunación del riesgo que promueva el crecimiento, en el margen. La innovación, particularmente en inteligencia artificial, datos y movilidad, es otro factor. Si bien el impacto económico de estas tecnologías es ambiguo, no existe ninguna duda de que están reduciendo las barreras de entrada en una cantidad cada vez mayor de actividades económicas y ejerciendo una presión bajista sobre los precios (el “efecto Amazon”), al menos en el corto plazo. De todos modos, sus efectos de largo plazo en el crecimiento y la productividad todavía están por verse.

Combinación de políticas

El crecimiento se ve debilitado de maneras menos directas. Por ejemplo, las tasas de interés persistentemente bajas —y en algunos casos negativas— tienden a afectar la integridad institucional y la efectividad operativa del sistema financiero, reduciendo así el crédito bancario y limitando el rango de productos de largo plazo que las empresas de seguro/retiro pueden ofrecer a los hogares. Otro efecto indirecto surge de las expectativas sobre el futuro. Cuanto más tiempo se mantengan bajos el crecimiento y la inflación, más tentados se sentirán los hogares y las empresas a posponer las decisiones en materia de consumo e inversión, prolongando así el bajo crecimiento y la baja inflación.

Los economistas occidentales que inicialmente subestimaron la amenaza de la japonificación lo hicieron porque habían minimizado o simplemente ignorado estos factores directos e indirectos. En retrospectiva, no los debería sorprender descubrir que las sociedades con las poblaciones que envejecen más rápido y con una inmigración menor son las que hoy lidian con la japonificación.

Aun así, esos economistas no se equivocaron al decir que las políticas pueden jugar un papel decisivo en los resultados macroeconómicos —especialmente cuando las fuerzas estructurales se ven amplificadas por un excesivo ajuste cíclico, como fue el caso en Japón en 1989—. El problema es que han tendido a centrarse demasiado en la política monetaria, sobreestimando al mismo tiempo su efectividad. Los países en riesgo de una japonificación necesitan una combinación más amplia de políticas para abordar tanto el lado de la demanda como el lado de la oferta de la economía.

La política monetaria, después de todo, es menos efectiva cerca del “límite cero” y en escenarios donde otros factores de la “trampa de liquidez” están en juego. Las operaciones de balance de gran escala como el alivio cuantitativo (QE por su sigla en inglés) pueden permitir ganar tiempo al intentar inyectar más liquidez directamente en el sistema. Pero no abordan las cuestiones subyacentes, y vienen de la mano de sus propios costos, formas de daño colateral y consecuencias no buscadas.

La mayor protección contra la japonificación, entonces, es una combinación de medidas del lado de la demanda y de la oferta a nivel nacional, regional (en el caso de Europa) y global. En países con un espacio fiscal adecuado, esto podría implicar presupuestos gubernamentales más flexibles y más inversiones que mejoren la productividad (como en infraestructura, educación y formación). Y en un país que enfrenta una escasez de trabajadores capacitados, una mayor migración legal y mejores políticas para facilitar la movilidad laboral pueden ayudar a achicar la brecha.

“Los miedos a la japonificación surgen de temores legítimos sobre fuerzas desinflacionarias estructurales que incluyen el envejecimiento social, la creciente desigualdad, la inseguridad social y económica en amplios segmentos de la población y una pérdida de confianza en las instituciones y la opinión de los expertos”.

Es más, estas políticas tendrían que estar acompañadas por protecciones más efectivas para los segmentos más vulnerables de la población, particularmente en lo que concierne a la salud, la formación y el reequipamiento laboral. Nada de esto se concretará sin un mejor liderazgo político e interacciones políticas globales más esclarecidas.

La japonificación ofrece tres lecciones que los responsables de las políticas económicas y los políticos occidentales todavía tienen que internalizar lo suficiente. Primero, las presiones estructurales que actúan prontamente para revertir el crecimiento bajo, la desinflación y las tasas de interés de cero a bajas son las más críticas. Segundo, pueden hacer falta medidas monetarias no convencionales, pero por cierto no son suficientes. Y, tercero, al diseñar la respuesta política integral requerida, debemos reconocer que los obstáculos son mucho menos técnicos y mucho más políticos.