Opinión

Afganistán evidenció una derrota predecible... y amarga

La doctrina de la contrainsurrección fracasó por desconocimiento social y cultural, la interpretación de tácticas militares y lecturas sociológicas no logró desentrañar una sociedad multiétnica.

La victoria relámpago de los talibanes sorprendió. El colapso del régimen y el desplome sin resistencia del ejército afgano, a pesar de su superioridad numérica y en equipo militar, acaparan la atención mundial, minimizando un proceso de erosión político militar de larga data.

En el 2001, Estados Unidos (EE. UU.) invaden Afganistán en busca de Osama Bin Laden, con la intención de eliminar a Al Qaeda. El objetivo y las tácticas se inscriben en la llamada Guerra contra el Terror de George Bush. Entonces, la derrota de los talibanes es rápida, la misión contraterrorista es exitosa pero las tropas extranjeras se quedan durante dos décadas más, perdiendo de vista el objetivo inicial. En el pináculo de su poderío, la superpotencia comete errores y juzga mal la situación, enfrentando hoy una salida amarga, para algunos el fin de una era americana.

La retirada de los Estado Unidos ocurre luego de la muerte de 2.300 militares y 20.000 heridos. Los muertos civiles, talibanes y fuerzas del colapsado gobierno, se calculan en medio millón de personas. Un trillón de dólares es el costo de tan prolongada incursión.

Para P. Michael Mckinley, exembajador de Washington en Kabul, las causas del fracaso están claras: “Aunque fuimos ampliamente exitosos eliminando a Al Qaeda en el país y redujimos la amenaza de ataques terroristas a los EE. UU., fracasamos en nuestro enfoque de la contrainsurgencia, en la lectura de la política afgana y en la construcción de un estado (nation building). Subestimamos la resiliencia del Talibán e hicimos una mala lectura de las realidades geopolíticas de la región”.

La doctrina de la contrainsurrección fracasó por desconocimiento social y cultural, su interpretación de tácticas militares y lecturas sociológicas, no logró desentrañar una sociedad multiétnica. Una ocupación militar no se realiza sin ganar los corazones y las mentes de la población. Catorce grupos étnicos reconocidos y con diversidad lingüística -Dari, Pastún, Urdu, Baluchi- impidieron la ocupación exitosa de una sociedad tribal. No es lo mismo enfrentar un ejército regular, que al insurgente oculto en tal diversidad.

La identidad afgana surge de la capacidad de resistir imperios, atrincherados en sus montañas nevadas, en clanes y tribus. Alejandro Magno tuvo momentos difíciles, lo mismo los mongoles. Las tres guerras anglo-afganas (1839-1842, 1878-1880, 1919) y la fracasada ocupación soviética (1979-1989), mostraron que Afganistán había ganado bien su calificación de “cementerio de Imperios”.

Parte de la dificultad que enfrentó la superpotencia americana, fue su incapacidad de crear un estado centralizado a imagen y semejanza occidental, a partir de la dispersión tribal. La intervención militar no logra configurar las políticas internas de estados débiles y pequeños. La aplicación mecánica de un modelo extranjero no se puede hacer a contrapelo de la historia y cultura de un país.

El monopolio de la violencia legítima no podía emerger de $83 billones gastados por los EE. UU. La legitimidad no surge de la ocupación extranjera, fue ingenuo pensar en construir una nación a partir de una gran variedad cultural.

El ejército creado padecía de desnutrición infantil, parecía un niño raquítico cuya capacidad de enfrentar al enemigo residía en el apoyo de la aviación americana que, desaparecida del campo de batalla, lo abandonó a su suerte. Sin los brazos que lo aupaban, el niño cayó al suelo.

La corrupción es otro gran elemento que explica la debacle. Los socios afganos engañaron a los norteamericanos y se robaron el financiamiento militar. Señalado por el periodista francés, Jacques Follorou: “… las autoridades afganas habrían inflado las cifras con batallones fantasmas (…) de acuerdo con un diplomático occidental (…), existirían 46 batallones fantasmas de 800 hombres cada uno”.

La fácil victoria militar del 2001, hizo que los norteamericanos no anticiparan la capacidad de reagruparse del Talibán, quienes contaron con una retaguardia en el santuario pakistaní. Derrotar una insurrección con un refugio inatacable, siempre ha sido un problema militar casi insoluble.

La victoria del Talibán crea preocupaciones. En lo inmediato, por una parte, el catastrófico retroceso en la condición de las mujeres en cuanto a derechos en educación, salud y autonomía personal. Por otro lado, el posible regreso del país al estatus de patrocinador de organizaciones terroristas.

Las consecuencias internas se acompañan de repercusiones geopolíticas, y en la política interna de EE. UU., de recriminaciones recíprocas entre demócratas y republicanos.

Geopolíticamente, más allá de la respuesta ante la agresión del fanatismo islámico, lo cierto es que los EE. UU. no tenían un interés vital en Afganistán y que la prolongación de la estadía obedeció más a una respuesta ante su opinión pública, exigiendo que los islamistas no contaran con una base para lanzar nuevos ataques terroristas contra suelo norteamericano. Sin petróleo y con minerales inexplotados, la expedición no pretendía asegurarse recursos valiosos sino responder a la agresión.

Rusia y China verán con regocijo la retirada de la potencia rival de su zona de influencia, pero después del fracaso soviético y ante la posibilidad de que el fanatismo islamista se extienda a la región del Xi Jiang, ambos no pretenderán sustituir a Washington.

En cuanto a China, pensará en su iniciativa de la Franja y la Ruta, pero esta no pasa por Afganistán, sino por Pakistán, su aliado tradicional, augurando buenas relaciones con Kabul, pero no una presencia china inmediata en el devastado país.

Estas amistades repercutirán en la relación de China con India. Nueva Delhi mantiene un contencioso con Islamabad en torno a Cachemira, chinos e indios han tenido choques fronterizos recientes que influencian la geopolítica regional.

¿Alcances de la derrota? El impacto sicológico de la retirada norteamericana tendrá repercusión global. Los aliados de EE. UU. en otras zonas del mundo se preguntarán hasta dónde cuentan con el compromiso de Washington. La visión de la penosa retirada de Kabul es un mensaje complicado sobre la capacidad del ejército más poderoso del mundo para ganar guerras irregulares y crea dudas sobre su poderío real, afectando su política futura.

Las repercusiones en la política interna de Estados Unidos girarán en torno a ¿quién perdió Afganistán? Los demócratas argumentarán que no era posible ganar la guerra y que para evitar costos mayores había que retirarse. Sin embargo, la espectacularidad y rapidez de la derrota harán que este episodio pese fuertemente sobre la administración Biden.

En su búsqueda de responsables, los republicanos olvidan que el acuerdo de retirada final se firmó en la administración Trump, febrero del 2020. Los demócratas señalarán que el acuerdo daba demasiadas concesiones a los Talibanes.

A la derrota sigue una nueva batalla, la repartición de culpas, que durará por años y seguro influenciará las elecciones de medio periodo del 2022.

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