Por: Roy Campos Retana.   8 julio

Francis Bacon, político y filósofo, decía: “una pregunta prudente es la mitad de la sabiduría”. Preguntar es parte integral de la prudencia, cualidad indispensable para desarrollar organizaciones y personas. Las preguntas bien elaboradas son, en ocasiones, más poderosas que las respuestas, porque hacen explícita una problemática y, a partir de ella, pueden surgir numerosas soluciones.

Gerard Nierenberg, conocido como el padre de la negociación, y un referente en la comunicación, agrupaba las preguntas en varios tipos. He aquí algunas clasificaciones y ejemplos.

1. Preguntas planificadas. Son parte de una secuencia lógica desarrollada con anticipación: “después hacer las mejoras al proyecto, ¿cuándo podremos inaugurarlo?”

2. Preguntas de ventana. Ayudan a hurgar en la mente de la otra persona: “¿Podría explicar cómo llegó a esa conclusión?”

3. Preguntas guiadas. Apuntan hacia una respuesta concreta: “¿Le parece que esta es una oferta justa y razonable?”

4. Preguntas directivas. Se concentran en un punto específico: “¿Cuál será la rentabilidad del proyecto luego de hacer esta inversión?”

5. Preguntas de valoración. Indagan cómo se siente la otra persona: “¿Qué le parece nuestra idea?”

Al leer a Nierenberg, pareciera que preguntar se reduce a una simple técnica. Sin embargo, no se trata de preguntar por preguntar, sino de hacer las preguntas correctas en el momento indicado. Hacerlo bien denota interés, afán por aprender, curiosidad, deseo de enriquecerse a partir del saber ajeno.

Preguntar implica partir de que la otra persona posee información que yo necesito. Es aquí donde preguntar adquiere un valor sabio y profundo: el de la humildad. Sócrates, padre de la mayéutica y del método socrático, era capaz de reconocer su ignorancia. Por eso preguntaba: lo hacía de manera honesta y sincera, a la vez que con sentido práctico y profundo.

En el ámbito corporativo, preguntar puede ser visto como una humillación pública, exponerse a ser visto como un ignorante, a un tipo de vulnerabilidad. Por eso, preguntar con inteligencia es una de las mayores fortalezas directivas, que se desarrolla con el tiempo.

El inicio de la sabiduría es la curiosidad por desentrañar la verdad. He aquí el gran reto de un buen directivo: querer comprender la realidad, para que también sus colaboradores entiendan aquello que a la organización le conviene. Por todo lo anterior, podría afirmarse que preguntar correctamente sea el inicio del aprendizaje corporativo.