Desde 2016, el Banco Central de Costa Rica (BCCR) ha mantenido su meta de inflación en un 3%, con un punto porcentual de rango de tolerancia. Sin embargo, la dificultad de cumplir ese parámetro en años recientes trajo a la mesa la discusión sobre si debería optarse por un cambio.
Así se evaluó en la mesa redonda “Revisión del esquema de meta de inflación en Costa Rica: componentes, desafíos y perspectivas”, que contó con la participación de Luis Mesalles, economista; Milagro Saborío, directora del Instituto Costarricense de Ciencias Económicas (IICEE) de la Universidad de Costa Rica (UCR); Stephan Krause, investigador y profesor de economía de la Ulacit; y Alonso Alfaro, economista jefe del BCCR.
La discusión no se limitó a determinar si el 3% debería subir o bajar; los participantes analizaron también si el horizonte para alcanzar la meta debería ser más amplio, cómo comunicar las desviaciones de la inflación y qué tan efectiva resulta la Tasa de Política Monetaria (TPM) cuando sus cambios deben transmitirse al resto del sistema financiero.
Alfaro contextualizó el panorama actual al explicar que el esquema de meta de inflación fue concebido como flexible y que uno de los elementos de esa flexibilidad es evaluar el horizonte en el que se espera alcanzar la meta.
Puso como ejemplo los cambios en las condiciones internacionales que han obligado a revisar las proyecciones de inflación. Según explicó, los choques globales pueden afectar a las economías en distintas direcciones y los bancos centrales deben incorporar esa información conforme cambia el escenario.
¿Una meta más baja?
Luis Mesalles planteó que reducir la meta podría implicar mantener tasas de interés reales más altas.
En su criterio, el contexto actual “no es propicio” para hacerlo, debido a un escenario de menor crecimiento económico y elevada incertidumbre internacional.
Mesalles consideró que una meta más baja podría reducir la efectividad del Banco Central y hacer que la institución pierda margen de acción. También sostuvo que los beneficios de reducir el objetivo no serían suficientemente grandes frente a los riesgos que podría generar.
En su criterio, también debe considerarse si las tasas están llegando a los agentes económicos y si los cambios en la TPM consiguen estimular el crédito cuando la política monetaria se flexibiliza.

Transmisión de TPM e IPC
Otro de los cuestionamientos es la transmisión de las reducciones de la TPM hacia el crédito.
Mesalles señaló que las condiciones de competencia en el sistema financiero pueden limitar ese mecanismo y planteó que los bancos pueden optar por colocar recursos en instrumentos financieros en lugar de asumir el riesgo de prestar.
Según su explicación, los bancos estatales tienen una ventaja en la captación de fondos en colones por el manejo de recursos de instituciones públicas, mientras que los bancos privados tienen mayor espacio para competir en dólares.
Esto podría generar una menor competencia por los recursos en colones y afectar la forma en que las reducciones de la TPM llegan a las tasas activas y al crédito.
Una hipótesis es que las normas de gestión de riesgos y los costos asociados con la regulación podrían influir en las decisiones de los bancos, pues una entidad podría preferir colocar los recursos en instrumentos financieros antes que asumir el riesgo y los costos de otorgar crédito.
Milagro Saborío señaló que una investigación sobre los efectos heterogéneos de la política monetaria sobre los precios, presentada durante la actividad, introduce la duda de si es conveniente usar el Índice de Precios al Consumidor (IPC) como medición de la inflación.
Con base en dicho trabajo, se concluyó que algunos productos específicos suelen aumentar su precio más que los demás por factores externos, lo cual termina por mover el indicador total. Es decir, los resultados del índice terminan por distorsionarse.
De hecho, desde una parte más metodológica, Krause apuntó a dejar de mirar como meta principal la inflación y evaluar la meta de nivel de precios.
“La meta de nivel de precios ayuda a limitar la persistencia del producto. La intuición es que, si los desvíos son duraderos, anclar el nivel de precios reduce simultáneamente la volatilidad”, aseguró.
Sin embargo, la economía costarricense atraviesa una realidad distinta a la de otros períodos, en la que ocurren varios procesos al mismo tiempo. Por eso, resulta más difícil identificar un único factor como explicación de los movimientos de la inflación.
