El Portón Rojo Pizzería & Galería ocupa un edificio cargado de historia en Los Yoses, San José.
La propiedad es la antigua casa del pintor y arquitecto Teodorico Quirós (1897-1977), Premio Magón y quien diseñó, entre otras, las iglesias de San Isidro de Vázquez de Coronado, San Rafael de Escazú, Curridabat y Las Ánimas.
En las paredes del restaurante se exponen muestras de las obras de Teodorico y pinturas de artistas nacionales.
Las propietarias, Giannina Feoli y Karla Chaves, crearon El Portón Rojo —el nombre de una de las obras más reconocidas de Teodorico, un óleo de 1945— hace 15 años.
Para conmemorar el aniversario, invitaron a 15 artistas, entre emergentes y conocidos, que utilizaron botellas de vino como lienzos. Las subastarán con fines benéficos.
Tienen dos restaurantes más con el mismo concepto de “casa arte”: en la calle vieja a Tres Ríos y en Escazú.
Pero ellas primero se dedicaron a un negocio completamente diferente.
Amistad e inicio
Como Giannina es de Moravia y Karla de Guadalupe, se conocían de lejos y luego se hicieron amigas cuando se reunían con sus parejas.
Giannina es la segunda de cinco hermanos. Se graduó del colegio Calasanz y estudió administración. Obtuvo el bachillerato en la Universidad Internacional de las Américas y la licenciatura en la Universidad Latina.
Trabajó en Estados Unidos a través del programa de work and travel, pero sufrió un accidente esquiando. Al regresar, empezó la venta de ropa deportiva de mujer que traía de México y EE. UU. Así pagó el crédito de la Comisión Nacional de Préstamos (Conape).
Siempre quiso tener un negocio propio, aunque su madre le insistió que buscara empleo en una multinacional como Intel, que acababa de llegar a Costa Rica.
Karla era inquieta. En secundaria la expulsaron “un par de veces” y se graduó en un instituto. Ingresó en arquitectura de la Universidad Veritas, pero la dejó tras cuatro años para dedicarse a su negocio. Diseñaba blusas y subcontrataba costureras.
Giannina visitó a Karla y le ofreció la ropa que vendía. Karla le propuso trabajar juntas en su fábrica.
Giannina ofreció sus conocimientos, el carro que compró con el dinero que trajo de EE. UU. y un celular, que en aquella época muy pocas personas tenían.
La idea inicial era realizar una prueba por seis meses. El negocio creció. Alquilaron un local. Luego otro, más grande. Se enfocaron en ropa de playa, deportiva y de manta.
Visitaban clientes y los viernes se iban a lugares lejanos, con la idea de vacacionar los fines de semana.
En Cañas, Guanacaste, no tenían dinero para el hospedaje. Recorrieron las calles, una por una acera y la otra por la acera del frente, entraban a las tiendas, conversaban con los dueños. Ninguno les compraba. Hasta que en una venta de ropa americana les compraron ¢50.000 y con eso se quedaron en Sámara.
El negocio creció más. Abrieron tiendas con la marca No Name en el Mall San Pedro, el Centro Comercial del Sur, Alajuela y Heredia. También crearon marcas privadas para Pequeño Mundo y las tiendas Arenas. La planilla creció a los 30 empleados. Incluso participaron en el Costa Rica Fashion Port, un evento de la industria realizado en 2007 donde expusieron sus piezas con reconocidas modelos de entonces.
En un curso de la Promotora de Comercio Exterior (Procomer), del que recuerdan a otros emprendedores como Del Barco, aprendieron a lanzar colecciones. El plan era vender afuera. Pero el mercado cambió con la importación de ropa de bajo costo desde China.
Dejaron la bodega que era de la cadena Arenas, en Moravia, donde tenían la fábrica, pues no podían sostenerla junto con la casa de Teodorico Quirós, que compraron con un crédito en esa época.
Las últimas inquilinas de esa casa fueron la esposa de Teodorico, una hija y la nieta, Ana María Córdoba Quirós, amiga de Giannina. En el primer piso se abrió una tienda de exhibición para ventas al por mayor. En otros espacios colocaron la oficina y el taller con 10 apenas operarios.
Para complicar las cosas, se quemó la caldera de la empresa de Heredia que procesaba la manta y no había otra que lo hiciera.
Viajaron a Tailandia en 2009 para encontrar un proveedor. Sin conocer el idioma, con direcciones complicadas y el contratiempo de que allá se usa el carril contrario para los vehículos.
Deambularon. Nadie entendía qué buscaban. Iban a cafés internet —sucios y llenos de cucarachas— para comunicarse con la familia. Hasta que encontraron a un chileno que las contactó con más latinoamericanos y costarricenses que vivían allá.
La fábrica estaba en los confines, desde allá no se exportaba a Costa Rica, la logística era complicada y la mercadería llegó a principios de diciembre, cuando las tiendas ya estaban abastecidas para las ventas de fin de año.
Quedaron con todo el inventario y deudas, pusieron en alquiler la casa de Teodorico Quirós y, con solo seis empleados, se trasladaron a un local en San Pedro de Montes de Oca, pensando en tener mayor exposición.
Reinicio
El colapso llevó a Giannina y Karla a decidir entre liquidar o declararse en quiebra. La situación empeoró: el inquilino de la casa de Los Yoses, una empresa de publicidad, la abandonó.
Pero surgió una posibilidad. Publicaron un anuncio en el diario La Nación para alquilarla y apareció una italiana que quería abrir una pizzería. Pidió que tramitaran la patente a nombre de ellas, ya que a ella le pedían muchos documentos por ser extranjera.
Cuando llegó el documento, la italiana no apareció. Las llamadas de cobro del banco no paraban. “No podíamos ni dormir”, recordó Giannina.
Una amiga, Noni, le contó de la nada que se iba de Nicaragua y que tenía equipos para una pizzería. Le ofrecieron vivir en la casa de Los Yoses y dedicar la primera planta a la pizzería, aprovechando la patente.
Buscaron un socio para tener el capital necesario para la remodelación. Les pedían estudios de factibilidad, de mercado y proyecciones. Joshua Muñoz, aceptó reunirse con ellas.
Se vieron en el bar Río, a pocas cuadras de su local, pidieron unos nachos y unas cervezas. Le propusieron invertir $30.000, Joshua aceptó, brindaron e inauguraron un mes después.
El Portón Rojo abrió el 19 de marzo de 2011, el Día de San José, con cinco mesas en la primera planta y como un espacio cultural que vincula gastronomía y arte.
Giannina y Karla cerraron el negocio de ropa y se llevaron a varias colaboradoras a la nueva empresa. Una de ellas, Andrea Arguedas, es la actual administradora. Al año, Noni vendió su parte del restaurante.
Siguiendo la filosofía de ahorrar para invertir, abrieron más secciones y otros dos restaurantes mediante el modelo de franquicias. “Fuimos muy orgánicos”, dijo Karla. “Íbamos a pedacitos”.
El primero se abrió en Ciudad del Este, en Pinares, en 2018 y se trasladó a una casa grande en la calle vieja a Tres Ríos en febrero de 2020. Este lo administra Karla con socios propios.
El segundo se inauguró en Distrito 4, en Escazú, en 2019. Aquí Giannina hizo sociedad con su madre y sus hermanos.
En la pandemia vendían a través de servicios de delivery y apoyándose en el propio personal para entregas a domicilio. Con la recuperación, la afluencia de clientes no fue la misma pues la gente se acostumbró a irse temprano a la casa, a salir menos y a comprar en línea.
Ellas consideran que actualmente llega el 78% de los clientes que antes de la pandemia, pero van en aumento.
El concepto artístico se mantiene con la asesoría y curaduría de Elder Leal, arquitecto y amigo de las socias. Los artistas definen los precios de las obras y los clientes que desean comprarles una se comunican directamente con ellos.
El óleo original de Teodorico se resguarda en el Museo de Arte Costarricense y en cada restaurante se exhibe una copia.
Para la conmemoración del aniversario en marzo pasado invitaron a 15 artistas nacionales que pintaron botellas de vino, cada quien según su técnica.
El dinero que resulte de la subasta será para la asociación dirigida por Débora Portillo, viuda del pintor Francisco Munguía, que tiene un programa de arte para niños y niñas en La Carpio.
Los planes a futuro incluyen un cambio en el menú con la idea de convertirse en una trattoria y ofrecer más platos italianos. También analizan la posibilidad de franquiciar con otras personas. Ya están preparadas para expandir la marca.
