Un martes por la tarde, Edgar Murillo y sus compañeros de La 1/2 Docena grababan uno de los episodios del programa de televisión.
Estaban vestidos para sus respectivos personajes en medio de un potrero a campo abierto, rodeados de pasto, de algunos árboles y de las montañas del Valle Central.
—¿Qué estaríamos haciendo si hubiéramos seguido en el trabajo, vos en una agencia de publicidad y yo en el corporativo? — le dijo a Mario Chacón, el actor de Maikol Yordan.
—Es probable que en una reunión.
Ambos ya no estaban en sus carreras laborales y ahora pasaban sus días grabando sketches en cualquier sitio, un día sólo los integrantes del grupo —al que también pertenecen Erik Hernández y Daniel Moreno— y otro con algún famoso de la farándula local, con un reconocido comediante de América Latina o hasta con la expresidenta de la República Laura Chinchilla en una ocasión.
—Esta vida es extraña.
Más tarde, en 2021, Edgar cambió de rumbo para dedicarse a sus negocios, donde profundizó un estilo de vida lejos del mundo laboral y corporativo que será muy difícil cambiar.
Conoció a los otros integrantes de La 1/2 Docena en el Colegio Saint Francis, en Moravia, a principios de los años 90. “Éramos los humoristas de nuestras generaciones”, cuenta Edgar, quien es oriundo de ese mismo cantón.
Ellos iban un año adelante y él salió en 1992. Para entonces también sabía que le llamaba la atención todo lo que fuera comerciar con algún producto.
—Venda esto y se deja la plata— le dijo un día su papá, el abogado Jorge Murillo.
Al parecer, un cliente no tenía con qué pagarle un trámite legal o notarial. Entonces le entregó una enciclopedia y unos diccionarios de inglés y español. Edgar los recibió de su padre de buena gana. Tenía 10 años y tocaba las puertas de casa en casa ofreciendo los libros. “Iba feliz”, reconoce.
En la era anterior a Internet, no era difícil encontrar compradores. La mayoría de las familias compraban enciclopedias, diccionarios y colecciones de libros a plazos o, quien podía, al contado. No era la única actividad en la que mostró sus dotes comerciales y una actitud proactiva ante cualquier iniciativa de negocios.
También vendió tarros de miel de abeja y, con otros dos amigos de secundaria, creaba pasitos navideños con una corteza de árbol y piedras pintadas, que ofrecieron de puerta en puerta por sus barrios.
Después de graduarse del Saint Francis ingresó a la Universidad de Costa Rica para estudiar administración de empresas y luego una maestría en mercadeo. Eso le facilitó ser contratado para su primer y único empleo.
Ingresó a British American Tobacco (BAT) cuando tenía 21 años. Lo contrataron junto con otras cuatro personas para el área de mercadeo. Era un empleo muy llamativo. En esa época, la publicidad y las estrategias comerciales de la firma eran un ejemplo a nivel local y global.
Mientras a las otras personas contratadas les asignaron labores de promoción en eventos, a él le encargaron un puesto que no esperaba: investigación de mercados. Pronto le empezaron a gustar el análisis de encuestas, la toma de decisiones basadas en información y las tendencias de comportamiento de los consumidores.
Ahí demostró competencias que lo llevaron a ascender. “Iba subiendo un puesto por año”, afirma.

En escena
En forma paralela, él y sus compañeros del Saint Francis realizaban presentaciones humorísticas.
Un día en 1994, todavía en la universidad, se reunieron para realizar una presentación en un baby shower de un sobrino de Mario.
De ahí mismo surgieron otras invitaciones, incluyendo de empresas y otros sitios. Pronto llegó la hora de las decisiones definitivas.
En octubre de 2001, a Edgar le ofrecieron un puesto en BAT fuera del país. Tenía 25 años de edad. A esa altura, ya La 1/2 Docena llevaba siete años realizando presentaciones. Aceptar la oportunidad laboral tenía varias implicaciones. La decisión no fue fácil, pero sí lógica.
Renunció a su empleo tras cuatro años de estar en la empresa. Ahora todos se dedicaron por completo a la actuación, aprovechando que entonces no tenían hijos ni mayores responsabilidades. Ahora estaban fuera del trajín laboral y de las obligaciones, exigencias, estructuras y modales corporativos. Disponían de todo su tiempo para crear los sketches, para los ensayos y para las presentaciones.
El siguiente paso fue realizar funciones en teatros de San José y desde 2005 el programa en Teletica. Al inicio les plantearon realizar una temporada de prueba de varios episodios. Luego, les pedían un programa tras otro. Así completaron 13 años.

En 2006 fueron finalistas de los Emmy Internacionales, los premios de la Academia Internacional de Artes y Ciencias de la Televisión. Fue el primer programa de televisión costarricense y el primer proyecto de habla hispana en clasificar en la categoría de comedia. Quedaron entre los siete mejores shows de humor a nivel mundial.
Según un recuento publicado en La Nación, a 2018 sumaban más de 250 episodios de televisión y 2.000 sketches.
En tres décadas compartieron escena con más de 100 figuras costarricenses invitadas (Laura Chinchilla, Hernán Jiménez, Erick Lonnis, Rocío Carranza y Guido Sáenz, entre otras) y artistas internacionales tan reconocidos como Gloria Trevi, Adal Ramones, Édgar Vivar (El Señor Barriga, de El Chavo del 8) y Lalo España (de Vecinos).
Cada integrante de La 1/2 Docena asumió el rol que le dictaban sus pasiones y competencias, aparte de escribir los guiones y actuar: Daniel en lo audiovisual, Erik en la música, Mario en la actuación y la publicidad y Edgar en lo contable y financiero.
Un día, cuando estaba con pocas ocupaciones, empezó a registrar los contactos de las empresas y otros sitios donde realizaron presentaciones. Incluía otros datos, como cuánto cobraron en cada caso.
Volvía a las tareas de administración, ahora en el mundo empresarial artístico.
De lleno: empresario
Edgar tardó varios años en dedicarse por completo a la nueva etapa después de La 1/2 Docena. El proceso se inició en 2014, cuando empezó a realizar otras actividades en paralelo.
Años más tarde explicó en un podcast de las periodistas Adriana Durán y Lizeth Castro que ya no disfrutaba de la ficción como los otros integrantes, de quienes sigue siendo amigo. En diversas publicaciones, todos reiteran que la separación fue por motivos profesionales y que mantienen su amistad. Antes de eso, Edgar avanzó en diferentes iniciativas.
En 2015, tras una llamada de Teletica para presentar el programa Tu cara me suena, incursionó en la conducción. Eso le permitió entrar en la animación de eventos corporativos como maestro de ceremonias. “No lo veía venir. Igual que muchas cosas”, dice.
A partir de ahí, en forma natural, pasó a la producción de eventos y creó una empresa llamada Capitán Jack. Los eventos virtuales durante la pandemia aumentaron la demanda en este campo. No fue la única empresa en la que incursionó.
El trabajo corporativo y las tareas administrativas del grupo le dejaron una amplia experiencia y contactos. En septiembre de 2019, tuvo una reunión con varios excompañeros de la tabacalera. Ellos ya estaban con un proyecto de un restaurante. Tenían el concepto avanzado y el primer local elegido, que inaugurarían dos meses después.
A Edgar le interesó y les propuso ser socios. Así fue como, el 20 de noviembre de 2019, abrieron la primera sede de Muelle 21 en Tres Ríos, un restaurante enfocado en la marisquería criolla y en el rescate de la tradición de platos como arroz con camarones, ceviche o pescado frito entero en un ambiente para diferentes edades, moderno y que recrea la atmósfera de playa en la ciudad.


La respuesta de los clientes les impresionó. Tras los buenos resultados, pensaron en distribuir los beneficios. Él les pidió cautela, algo que aprendió de su madre Virginia Mora. “Esperemos un par de meses, por si pasa algo”, les dijo. Al quinto mes de operar llegó la pandemia.
De nuevo, la respuesta de los clientes, esta vez mediante las compras a domicilio y las buenas decisiones, les permitió mantenerse, recuperarse y, tras la crisis provocada por el Covid-19, abrir el segundo restaurante. En noviembre de 2022 inauguraron la sede de barrio Escalante. El tercero abrió en septiembre de 2026 en Guachipelín de Escazú.
El común denominador de Edgar es participar junto a emprendedores que “sepan hacer las cosas” y que ya venían avanzando con los proyectos. “Yo me meto como una rémora”, confiesa. “Cuando estábamos con Muelle 21, uno de los socios me preguntó qué aportaba yo. Le respondí que aportaba dos cosas: mi bagaje administrativo, en mercadeo; y un increíble networking y en el trabajo de los socios”.
Esto último es clave, pues en cada sociedad los propietarios asumen varios roles: como asamblea de accionistas, como miembros de la junta directiva e incluso como gerentes. Eso puede provocar duplicidades y confusiones, problemas de ego, complicaciones operativas y todo tipo de desacuerdos, distanciamientos y conflictos.
La clave para él es, por encima del lucro, ofrecer un producto que aporte a la gente. “El que juega por necesidad, pierde por obligación”, dice. “Si uno entra en un negocio solo pensando en la parte financiera, es probable que no le vaya bien”.
Aun así, no todas las iniciativas resultan bien.
Estuvo con una franquicia uruguaya de ropa para mujer llamada Lolita que abrió en Terramall (Tres Ríos), pasó a Plaza del Sol (Curridabat) y cerró en definitiva cuando estaba en Paseo de las Flores (Heredia).
Fundó con otros socios Tico Descuentos, una empresa de cupones digitales. También quebró. Y recientemente participó también en una siembra de papa que solo generó pérdidas.
¿Ya pensaste en un socio?
Nada de eso lo desanima. Edgar reconoce que es un emprendedor acostumbrado a ver y aprovechar nuevas oportunidades.
Hace un año, incursionó en el mercado de bebidas con Gin O’Clock, un gin tonic en lata (con sabores de frutos rojos y cítricos), sin azúcar añadida y elaborado con extractos y saborizantes naturales.
La idea surgió debido a la aceptación en el mercado de la ginebra preparada y la tendencia de los consumidores hacia licores más suaves y la coctelería que identificó Marcelo Herrera, otro excompañero de la tabacalera. Marcelo venía con la idea y desarrolló la fórmula.
—Estoy desarrollando esta bebida y estoy llamando a amigos para que la prueben— le planteó Marcelo por teléfono.
Edgar asistió a la cata y dio su opinión. Siguieron conversando sobre el producto y el mercadeo que necesitaría.
—¿Ya pensaste en un socio, Marcelo?
Durante la siguiente semana, estuvieron en negociaciones y Edgar se integró junto con un tercer socio inversionista que prefirió no revelar. Tras dos años de trabajo conjunto, el Gin O’Clock es distribuido a través de Fresh Market y AMPM en la actualidad.
“Al final, no estoy en solo una cosa”, confiesa. “Cuando me preguntan qué hago ahora, tengo que contarles todo esto. Lo que tengo es suerte para entrar en diferentes proyectos”.
En todo caso, ya no regresaría a la rutina corporativa. Aprendió a valorar la libertad, la responsabilidad de emprender y la capacidad para estar pensando en el negocio, en la competencia o en la economía.
A diferencia de cuando estaba en la tabacalera, donde recibía el salario con puntualidad, ahora debe centrarse en cómo generar los ingresos, a sabiendas de que unas veces abundan los negocios y otras veces sobra tiempo.
—¿Dónde estarías y cómo estarías si hubieras seguido en la vida corporativa? —le preguntó una vez alguien.
—No sé si estaría mejor o peor. Financieramente, tal vez estaría mejor. Si hubiera seguido ascendiendo cada año, estaría en un puesto muy alto. Tal vez estaría fuera del país.
Para él es más atractivo y mucho más significativo ahora tener la posibilidad de ir un día a buscar a su madre, tomar un café con su hermana o descansar.
“Ser empleado tiene un precio; también ser emprendedor. A veces no me doy cuenta qué día es. Si trabajo un fin de semana, puedo elegir parar cualquier día entre lunes y viernes. Ya estoy mal acostumbrado. Sí, es una vida extraña”, dice Edgar.
