Las diferencias de rendimiento entre estudiantes de colegios públicos y privados en Costa Rica no empiezan necesariamente dentro de las aulas. Antes de comparar notas, resultados de admisión o desempeño en pruebas estandarizadas, hay que mirar las condiciones socioeconómicas de los hogares de los que provienen los alumnos desde antes de ingresar a cualquier sistema.
“El factor socioeconómico es el principal cuando se mide el nivel que tienen los estudiantes”, afirma Jennyfer León Mena, coordinadora de investigación del Informe Estado de la Educación, quien además advierte que el sistema educativo costarricense está “reproduciendo desigualdades”.
EF conversó con la investigadora sobre el sistema educativo costarricense, la diferencia público-privada, la profundización de las distancias sociales y los cambios cruciales para avanzar hacia un sistema educativo de mejor calidad y menos desigual.

¿Qué tan importante es ese factor socioeconómico a la hora de medir desempeño estudiantil?
— El factor socioeconómico es el principal cuando se mide el nivel que tienen los estudiantes. Además, es un factor especialmente relevante para Costa Rica. Entre más desigual sea una sociedad, es más alta la proporción de los rendimientos que se explica por estos factores socioeconómicos.
Es un factor muy relacionado con la educación de los padres en la casa, con el acceso que tienen estas personas a recursos para estudiar y a recursos complementarios como tutorías y clases adicionales. Además, tiende a estar relacionado con un mejor clima educativo en el hogar, un mayor capital cultural, mejor acceso a recursos, a libros y a personas que puedan ayudar a aprender.
Una persona que fue a la universidad suele saber lo importante que es educarse, aunque haya que esperar un poquito para trabajar; en cambio, para una persona en situación de pobreza, es muy difícil entender ese valor de la educación frente a la operación arroz y frijoles del día a día.
Esto es medible.
— Cuando nosotros hemos logrado hacer estos análisis es porque las pruebas recogen estos datos: los famosos factores socioeconómicos.
Cuando teníamos las pruebas de noveno y las pruebas diagnósticas, por ejemplo, ahí se recogía algún nivel de información sobre las personas y sobre los centros educativos. Luego, cuando llegaron las pruebas internacionales, traían toda una batería de factores asociados.
Las preguntas socioeconómicas se realizan porque el rendimiento no es un fenómeno aislado, sino que se relaciona con la vida misma de las personas, su día a día y los entornos en que se desarrollan.
En Costa Rica cuesta tener estos datos.
— El Informe del Estado de la Educación ha insistido en la importancia de que estos elementos se sigan reportando. En los últimos años, Costa Rica ha tenido un recorte importante en el nivel de información que recogen estas pruebas, por una interpretación que se hizo de la ley y producto también de lo que pasó con las pruebas FARO, que tenían una batería demasiado grande de factores socioeconómicos.
Cuando hemos logrado aproximar esto, encontramos que el factor socioeconómico es el principal factor que explica la variabilidad en los rendimientos. Esto es todavía más grande en sociedades mucho más desiguales, como Costa Rica, porque la escuela no logra equiparar todas esas diferencias y ese peso se vuelve todavía más grande.
¿Hasta qué punto el sistema educativo está segregando a estudiantes de distintos niveles socioeconómicos en colegios diferentes?
— La educación privada en este país sigue siendo un porcentaje muy bajo. En secundaria creo que no supera el 10%.
Los estudiantes de esos colegios no solo se seleccionan por el nivel socioeconómico, sino también mediante pruebas de ingreso en algunos casos, entonces hay un proceso de autoselección que filtra a quienes ingresan.
Además, a lo largo de la trayectoria educativa, los colegios privados suelen pedir un cierto nivel de rendimiento, porque los colegios privados cuidan mucho sus porcentajes de promoción y aprobación.
Es algo similar a lo que pasa con las modalidades públicas que tienen procesos de selección.
— Cuando uno compara el top de los colegios públicos con el top de los colegios privados, usualmente el top de los colegios públicos son justamente los que hacen selección de estudiantes. Eso pasa en los colegios científicos, los colegios humanísticos o los experimentales bilingües.
Los colegios públicos que tienen selección de estudiantes incluso tienden a tener mejores desempeños que los colegios privados.
El sector público es demasiado amplio.
— En los colegios públicos hay de todo en este país, con una variabilidad enorme de estudiantes, de cantidades de estudiantes por grupo y de recursos. Lo cierto es que la variabilidad es demasiado amplia dentro del sector público, que sigue siendo el corazón de la educación costarricense.
En esto también hay una cuestión de recursos. Un colegio privado o uno científico no tiene los mismos recursos que otro rural, en una zona muy alejada.
— Los colegios privados incluso filtran completamente a las personas docentes. El MEP tiene un concurso abierto, hasta la fecha, y de ahí se asigna a las personas docentes, siguiendo un poco el tema de la ubicación geográfica y completando lecciones.
Y dentro del mismo sistema público hay bastante desigualdad entre las distintas ofertas educativas. Eso está muy relacionado con la ubicación de los centros educativos y con la oferta educativa que tienen. Tenemos un amplio abanico de ofertas y de calidades, y eso también genera, de alguna manera, una reproducción de desigualdades para las personas.
Eso genera desigualdad.
— Si el sistema educativo tiene tal variedad y no es una oferta estándar, las personas obviamente no tienen acceso a las mismas oportunidades.
Lo vimos en la pandemia, cuando analizamos el tipo de educación que estaban recibiendo las personas en casa y el acceso que tenía cada una a los recursos. La desigualdad de la sociedad se convirtió directamente en desigualdad del sistema educativo, porque había personas que en su casa tenían pantalla, acceso a internet, todos los recursos para asistir a la lección, un ambiente adecuado, silencio y un escritorio, mientras que otras compartían con sus hermanos un único dispositivo, que muchas veces era el teléfono celular.
Justamente por esto decimos que el factor socioeconómico, en una sociedad tan desigual, pesa tanto. De alguna manera, estamos reproduciendo muchas de las desigualdades a nivel social debido a que los centros educativos tienen calidades muy variables y accesos también muy variables a los recursos.
¿Qué implican los recortes al presupuesto de la educación pública para un sistema que ya es desigual?
— Justamente el Décimo Informe que publicamos el año pasado dice que, cuando utilizamos la inversión como una variable de ajuste fiscal, la educación debería estar blindada.
Lo que tiene Costa Rica para desarrollarse son personas y a las personas las desarrollamos con mejor y mayor educación.
Cuando desfinanciamos este sector, lo que hacemos es afectar directamente y, en mayor proporción, a las poblaciones más vulnerables: las que asisten al sistema educativo público y que dependen de una beca socioeconómica, del comedor y del transporte para poder asistir y permanecer dentro del sistema.
Pero la inversión social es lo más fácil de recortar...
— En un presupuesto hay unas partidas que están fijas por ley y que tienen que ver directamente con los salarios. Como están fijas, son muy difíciles de mover.
Entonces, empezamos a recortar los rubros que afectan más a las personas: todo lo que tiene que ver con programas sociales, asistencia social, transferencias directas, becas, comedores, dotación de recursos tecnológicos y todos los apoyos adicionales que deberían tener muchos de estos centros educativos.
Terminamos afectando a las personas que tienen menores ingresos y a las que viven en zonas más vulnerables, por ejemplo, las zonas costeras, las zonas fronterizas y también los cantones de menor índice de desarrollo. Reproducimos esa desigualdad que ya tenemos socialmente.
Las personas de más ingresos ya tienen sus recursos asegurados, mientras las otras personas, que dependen de todas estas transferencias y del presupuesto del Gobierno, terminan teniendo menor acceso, en general, a educación de calidad.
Hay políticos que dicen que ya hay menos niños y que entonces no es tan problemático recortar recursos.
— Esto no es una regla de tres. Nada sale más caro a una sociedad que ahorrar en educación. Sale carísimo en el largo plazo.
Eso sería cierto si tuviéramos un sistema educativo que está en el top en todo; que tiene la última tecnología, los mejores docentes, con los mejores incentivos, equipos de apoyo interdisciplinario en las aulas, trabajadores sociales, psicólogos y todo este apoyo académico que están necesitando las personas estudiantes. Pero eso no es así.
Es cierto que el barco se nos está vaciando en los primeros años de vida (preescolar y primaria), pero tenemos el barco lleno en secundaria. Es donde tenemos ahora nuestro fuerte de estudiantes y es el último tramo que tenemos de la educación pública obligatoria para lograr una buena formación para esas personas.
La inversión en educación debe dirigirse de manera muy estratégica y muy clara, con rendición de cuentas, con transparencia; pero no podemos desfinanciar el sector del que vamos a depender en los próximos años y del que va a depender la generación que nos va a sostener a todos, que va a desarrollar el país.
También vivimos un contexto de creciente penetración de la inteligencia artificial, donde la información viaja rápido, con noticias falsas, y la gente necesita mucho más criterio para desenvolverse en el mundo. La educación tiene que ser todavía de mayor calidad.
¿El sistema educativo costarricense actual reproduce la desigualdad o la profundiza?
— Hasta hace unos años decíamos que reproducíamos la desigualdad que veíamos en la sociedad, pero después de la pandemia aceleramos muchos de los procesos y muchos de los rezagos que traíamos. Al no lograr compensar, se profundizaron muchas de esas desigualdades.
Aparte de lo que ya traíamos, se sumaron unos procesos de mala gestión educativa. Se tomó un conjunto de malas decisiones y hubo decisiones que debíamos tomar a tiempo y no tomamos.
En educación, cuando algo no se hace, las cosas no se quedan estáticas, sino que van pasando generaciones y eso provoca rezagos mucho más profundos.
Si el camino es no recortar, ¿cómo actuar frente a la reducción del número de estudiantes que viene en camino?
— Esas decisiones habrá que tomarlas en función de cómo aprovechamos mejor esos recursos y cómo garantizamos el derecho a la educación.
Y ojo: estos son los desafíos que tenemos en un escenario de baja inversión, donde además necesitaríamos tener estrategias mucho más claras.
La pregunta es cómo aumentamos también la inversión por estudiante, cómo hacemos que los centros estén superconectados. Esas son las decisiones que necesitaríamos.
¿Cuáles son las intervenciones más críticas que podríamos realizar en el sistema educativo para que sea mejor y más igualitario?
— Debemos buscar calidad de la educación, pero calidad de la educación para todas las personas.
Lo primero es el tema de la inversión. No podemos hacer chocolate sin cacao. El costarricense es un sistema que sigue siendo primordialmente público, financiado por el Estado, que sigue atendiendo a cerca del 90% de las personas de este país y, si tenemos un sistema público, hay que financiar ese sistema público.
También está la mediación docente. La educación sigue siendo intensiva en recurso humano y la calidad de la educación que reciben las personas estudiantes depende directamente de la calidad de las personas docentes que tienen. Hemos encontrado bastantes falencias: desde la formación de las personas docentes hasta el tiempo que se usa en las lecciones y la cantidad de tiempo que se pierde.
Ahora, además, se está complicando más porque los docentes tienen que atender un conjunto de reglamentos, protocolos y lineamientos que les están quitando tiempo de lo que deberían saber hacer mejor, que es dar buenas clases.
Y también está el acompañamiento que le damos al cuerpo docente, que a veces trabaja en condiciones muy precarias. Hay docentes que tienen que trasladarse de un colegio a otro en sentidos opuestos para completar la cantidad de lecciones, que trabajan en malas condiciones, en aulas de baja calidad, sin los recursos adecuados, sin tecnología, sin libros, sin materiales y, a veces, sin el acompañamiento de alguien que les ayude con algunas de estas cuestiones.
También están los acompañamientos en la parte socioemocional. Las personas de orientación hacen labores en esta línea, pero los colegios necesitarían un tipo de apoyo más cercano.

¿Y qué hacer con la evaluación del estudiantado?
— Nosotros tenemos las pruebas PISA, que se hacen cada tres años y todo el mundo empieza a hablar de la importancia de los aprendizajes y el rendimiento. Pero este país debería tener un buen sistema de evaluación que permita monitorear, por lo menos anualmente, para tomar decisiones más precisas y más oportunas.
No puede ser que cada tres años abramos la discusión sobre los rendimientos. Este país necesita pruebas que nos permitan ver si los estudiantes van avanzando, si se están aplicando los planes de estudio y dónde están las mayores desigualdades.
Si el termómetro no está ajustado, nosotros no podemos tomar buenas decisiones.
Este país, de alguna manera, satanizó la recolección de toda esa información que nos permite tomar decisiones más precisas; pero una evaluación nos sirve de muy poco si solo tenemos el puntaje. Necesitamos entender por qué esos puntajes se dan así y todo eso se recoge con factores asociados.
Tenemos algunos elementos, pero no hemos consolidado un sistema como tal que nos permita monitorear realmente la calidad del sistema educativo.
