En su oficina, Daniel del Barco guarda un zapato que no está a la venta. No forma parte de ninguna colección ni responde a una tendencia.
Es un par único. Lo firmaron todos los colaboradores de la planta el día que, después de meses de prueba y error, lograron fabricar el primer zapato bajo un sistema industrial. Daniel lo conserva como un trofeo. No por el diseño, sino por lo que representa: el punto más arriesgado —y también uno de los más tensos— de su historia empresarial.
La historia comenzó a inicios de los años ochenta, cuando del Barco estudiaba Derecho en la Universidad de Costa Rica y buscaba una forma de sostenerse económicamente. En las mañanas asistía a clases; por las tardes recorría talleres artesanales en los barrios del sur de San José, comprando calzado que luego revendía en el centro de la capital.
El capital inicial fue casi simbólico, pero decisivo. La empresa arrancó con 30.000 colones: 15.000 prestados por su padre y otros 15.000 facilitados por la madre de un amigo, quien además se convirtió en su primera mentora. Ella viajaba con frecuencia a Nueva York y le animó a reconstruir y adaptar modelos de zapatos que traía del exterior, un ejercicio práctico que le permitió entender tendencias, materiales y preferencias del mercado local.
Lo que empezó como una actividad transitoria pronto se volvió algo más serio. En el trayecto entre los talleres y la Avenida Central, del Barco comenzó a modificar diseños, ajustar formas y observar qué se vendía y qué no. Sin proponérselo, empezó a diseñar.
El primer taller surgió casi por accidente. Un zapatero con el que trabajaba se quedó sin empleo luego de que el dueño del taller se fuera de fiesta en Semana Santa… y no regresara. Se encontraron por casualidad en una acera de Cristo Rey. Ambos necesitaban trabajar. Decidieron intentarlo juntos.
Levantaron el taller en la Colonia Kennedy, en San Sebastián. Zinc reutilizado, un planché de concreto y una ventana sostenida con una vara para dejar pasar el aire cuando el calor era insoportable. Ahí producían entre 40 y 50 pares por semana. Era un negocio pequeño, pero en expansión.
Con el tiempo, la demanda los obligó a mudarse a unas bodegas más grandes en San Francisco de Dos Ríos. En fechas clave, como el Día de la Madre o Navidad, los dueños de tiendas hacían fila para comprarles. El crecimiento exigía cumplimiento, volumen y organización. Quien quería producción segura, pagaba por adelantado.
Entre tanto, del Barco entró a programas de formación empresarial y su empresa se convirtió en la primera del sector cuero y calzado en exportar bajo el marco del CARICOM. El negocio funcionaba y era evidente que el modelo artesanal empezaba a quedarse corto.
De una máquina a una fábrica completa
La presión era clara: producían cerca de 500 pares por semana en seis días de trabajo, todo de forma manual. Fue entonces cuando un colaborador le sugirió buscar una máquina que permitiera agilizar el lijado de suelas, uno de los principales cuellos de botella del proceso. Con esa idea, del Barco viajó a una feria en México, país al que acudía con frecuencia para adquirir insumos.
La intención inicial era puntual. Sin embargo, el proyecto fue creciendo sobre la marcha. Con la promesa de acceso a financiamiento, la compra de una máquina terminó en la adquisición de una planta completa.
El salto fue abrupto. La empresa pasó de un esquema artesanal a una operación industrial para la que no existía curva de aprendizaje. El proceso fue largo y costoso: material desperdiciado, hormas dañadas y procesos que no terminaban de ajustarse marcaron esa etapa.
Hasta que, finalmente, un día lograron fabricar el primer par completo bajo ese sistema. Fue entonces cuando todos firmaron el zapato. Ese mismo que hoy exhibe en su oficina.
El límite del modelo
La industrialización coincidió con un contexto adverso. La crisis financiera internacional de 2008–2009 cerró el crédito y puso a la empresa contra la pared. Del Barco asumió compromisos financieros personales para sostener la operación, pero el modelo se volvió insostenible.
A esto se sumaba un problema estructural: la empresa seguía operando bajo un esquema de fabricación y distribución al por mayor, en un mercado saturado, con plazos largos, devoluciones de producto y márgenes cada vez más estrechos. El crecimiento que antes había impulsado el negocio se convirtió en su principal riesgo.
La decisión fue dura, pero necesaria: cerrar la fábrica y replantear la empresa.
El nuevo modelo implicó reducir la venta al por mayor y apostar por puntos de venta propios, con mayor control sobre el inventario. Redujo la operación al mínimo y buscó maquila fuera del país.
Hoy, Calzado Del Barco opera con tiendas propias y trabaja en la reconstrucción de su canal digital. La visión es ampliar la red de puntos de venta y evolucionar hacia una propuesta de estilo de vida.
El zapato firmado sigue ahí, como recordatorio de una lección empresarial: crecer sin industria tiene un costo, y saber cambiar a tiempo puede marcar la diferencia entre desaparecer o mantenerse.




