Aproveché el fin de año para hacer varias limpiezas. Una de ellas fue en redes sociales. Además, me desconecté de las computadoras. No fui el único. Tampoco me arrepiento.
Durante las dos últimas semanas de diciembre estuve de vacaciones, pero desde antes dejé de publicar en LinkedIn. Y eliminé mi cuenta de Facebook.
El único costo de eliminar la cuenta de Facebook es no estar al día de algunas publicaciones interesantes sobre cine o música de las últimas cuatro décadas del siglo anterior. Pero ahí ya tenía varios años de estar inactivo.
En 2018 o 2019 me di cuenta de que la red social de Mark Zuckerberg ya había perdido sentido. Los años para encontrar amistades y familiares fueron superados por la polarización. Las cuentas dedicadas a temas de interés pasaron a segundo plano.
Incluso una cuenta de divulgación de libros y microhistorias que había creado se vio obstaculizada.
Una vez, en media pandemia, Facebook me frenó una publicación en esa cuenta. Ni siquiera tenía referencias al virus o algún fenómeno relacionado.
Era una anécdota. Una microhistoria sobre una anciana que no cruzaba la calle pese a que no pasaban automóviles debido al confinamiento. Tampoco incluía esa palabra.
Mientras, abundaban las publicaciones con informaciones falsas y de confabulación sobre el Covid-19 y las medidas de los gobiernos para intentar minimizar su impacto.
Ningún reclamo dio resultados. Ni siquiera hubo respuesta. Me habría sorprendido si recibía alguna.
Durante los cinco años siguientes no publiqué nada en Facebook y me concentré más en Instagram y LinkedIn, con post sobre ejercicios y trabajo.
Twitter (luego X) me servía para seguir publicaciones políticas y de medios de comunicación tradicionales, nuevos y alternativos de diferentes países.
En diciembre, o antes, eliminé la cuenta de X.
Luego, la de Facebook.
Cuando en esta red social me preguntaron por qué cerraba el perfil y me dio varias opciones para responder, elegí la última alternativa: “Dejó de ser útil”.

Y, en efecto, tanto Facebook como Twitter dejaron de ser útiles. Tampoco lo son mucho las otras redes sociales en la actualidad, la verdad.
Al menos a nivel personal.
Por cierto, de acuerdo con el estudio Red 506 de Shift Porter Novelli para El Financiero, el uso de Facebook en Costa Rica también decayó por la migración de usuarios a otras plataformas.
Pese a todo eso, me generan escepticismo las prohibiciones y restricciones que se aprueban en varios países, como Australia, del uso de las redes sociales por parte de menores de edad.
La primera duda es tecnológica: cómo determinan que el usuario es menor de edad. No tienen forma y al respecto ya hay reportajes a nivel global que lo vienen detallando. Pero, la tendencia a crear más prohibiciones se fortalecerá en este 2026.
La segunda duda es sobre el impacto que tiene eso en las nuevas generaciones. Sin estrategias alternativas de formación de talento en el uso de la tecnología, las prohibiciones pueden tener un alto impacto en el futuro.
Lo advirtió en Costa Rica el Colegio de Profesionales en Informática y Computación (CPIC) cuando alguien en la Asamblea Legislativa salió con una ocurrencia similar a la austriaca.
Es el mismo escepticismo cuando leo que un famoso prohíbe a sus hijos el acceso a las redes sociales. Pensando en protegerlos, pueden terminar como ermitaños.
La crítica al impacto de las redes sociales en las personas menores de edad y en otros grupos de población es la misma que cuando apareció la radio y cuando apareció la televisión.
Mi biblioteca tiene varios libros con estudios similares.
Es una crítica que surgió cuando se masificaron los periódicos en el siglo XIX. Y con el cine. E incluso cuando surgió la imprenta.
Pero en la crítica de las redes sociales y de las plataformas de inteligencia artificial, a las que se les acusa de un impacto en la salud mental de los usuarios, hay algo de razón.
Hasta hace poco no detectaba exactamente qué era. Como una molestia que no te deja, aunque no identifiques qué es.
Las grandes firmas que las manejan, encabezadas por Elon Musk en X y Zuckerberg en Meta, se resisten a las regulaciones y a las sanciones europeas. Por algo será.
La respuesta provino, como siempre, de donde menos se espera.
Una publicación con una frase de la escritora argentina Mariana Enríquez me hizo darme cuenta del fondo del problema.
Ella es una de las escritoras contemporáneas que debemos leer. Sus cuentos y crónicas de terror son herederos de Mary Shelley, la autora de Frankenstein, y de los estadounidenses Edgar Allan Poe y Lovecraft. Sigue los pasos de Borges, Bioy Casares, Victoria Ocampo y Julio Cortázar en la literatura fantástica latinoamericana.
¿Qué fue lo que dijo?
“Internet se volvió un lugar violento, no sólo porque la gente esté rota; el algoritmo nos vuelve más violentos porque tiene que ser alimentado”, dijo Enríquez a Página 12.
¡Pues, claro! “El algoritmo, stupid”, para parafrasear el lema con el que Clinton (otro de los amigos de Jeffrey Epstein) triunfó en los años 90’s.
Recordé que cada vez que surgen datos sobre la baja en el uso de Facebook, caen los precios de las acciones y el valor de Meta.
Y con ello Zuckerberg desciende escalones en capital y en el ranking de ultra millonarios.
Entonces, y solo entonces, Zuckerberg y su gente corren a hacer promesas a los accionistas, realizar rectificaciones del algoritmo y ver cómo incrementan el tráfico.
El algoritmo de las redes sociales como Facebook, X y Tik Tok se alimentan de la viralidad. Y ésta se alimenta de la polarización y de la violencia verbal o textual de los posts. Sencillamente, es agotador.
Usé Tik Tok por un breve tiempo, durante el cual -por más que buscaba contenidos sanos- el algoritmo solo me mostraba videos no deseados. Terminé cerrando mi cuenta ahí y eliminando la app.
Incluso LinkedIn en estos tiempos electorales se llena de publicaciones polarizantes. Por cierto, hasta Instagram se polarizó este fin de semana con el arresto de Maduro: no importa lo que digan unos y otros, el problema es la batalla de insultos.
La decisión de disminuir el acceso y las publicaciones en LinkedIn, así como de eliminar X y Facebook en diciembre no era gratuita. Mi paz mental lo requería (lo requiere aún).
Con las vacaciones, hice a un lado la computadora de escritorio y la laptop. Las encendí hasta este fin de semana, el primero del año 2026, pues me tocó trabajar.
Solo mantuve alguna actividad en Instagram, con publicaciones de ejercicios y música.
Además, revisaba desde mi celular las cuentas de correos electrónicos para eliminar los que no ameritaban ninguna respuesta y para leer los boletines informativos de varios medios a los que estoy suscrito. Hay que mantenerse informado.
No soy el único que optó en fin de año por la desconexión. Precisamente en el boletín de la revista estadounidense The New Yorker daban cuenta que tres de sus columnistas se propusieron limitar el uso de redes sociales durante el último año.
Los resultados fueron dispares.
Uno terminó el borrador de un libro, aunque lamentó no estar al día de los acontecimientos del fin de año.
Otro usó una aplicación llamada Opal para bloquear las aplicaciones de redes sociales durante el horario laboral y evitar los malos hábitos con el smartphone.
Y el tercero dejó de usar casi todas las redes sociales y reemplazó su portátil por una tableta de libros electrónicos, trasladó su computadora a otra habitación y compró un reproductor de MP3 barato para escuchar música sin conexión.
“Las distracciones negativas prácticamente han desaparecido”, escribió el tercero.
Se llama “soberanía mental”.
