Por: Carlos Cordero Pérez.   7 febrero
Tienda de Macy's en San Francisco. (Foto AP /Jeff Chiu / Archivo)
Tienda de Macy's en San Francisco. (Foto AP /Jeff Chiu / Archivo)

Nunca compré en un Macy’s. Pasé por dentro de la tienda en el downtown de San Francisco, California.

En el último piso había un restaurante desde donde se veía al frente la plaza Union Square y el hotel Westin de donde, en la película “Dicen por ahí”, el personaje que interpreta Jennifer Aniston sale desconsolada.

Ella había conversado con un tipo –Kevin Costner– que le aclara que no era su padre, después de haber dado una conferencia donde predicaba que la revolución tecnológica no era cosa del futuro.

El día anterior, en ese viaje que me tocó, había terminado el Open Oracle World.

Como el vuelo para regresar a Costa Rica estaba programado para la noche, tenía tiempo para visitar librerías y almorzar en la azotea del Macy’s.

No imaginaba –ni uno que es mal pensado– que aquella enorme tienda y aquella enorme cadena iban a ser víctimas de primera fila de las tecnologías presentadas en el evento.

Y de las que surgirían en los siguientes años en la llamada la Revolución 4.0.

Esa que ya no es del futuro.

Las nuevas tecnologías permiten orquestar de forma efectiva las compras de los consumidores. (Imagen archivo GN)
Las nuevas tecnologías permiten orquestar de forma efectiva las compras de los consumidores. (Imagen archivo GN)

En el inicio de la revolución de las informáticas, los navegadores y las puntocom, las primeras víctimas fueron las compañías de correos.

En Costa Rica y en el resto del mundo sufrieron porque, en lugar de cartas, nos empezamos a comunicar por email, redes sociales, Skype y el Messenger de Microsoft, mucho antes que por el Messenger de Facebook, los chats de Gmail y WhatsApp.

Le siguieron las industrias de música, fotografía, y video y películas, que tampoco se enteraron cuando se les vino el negocio abajo.

Bueno, sí se enteraron... pero no fueron conscientes de lo que les ocurrió hasta mucho después.

En los últimos 12 o 13 años la transformación vino de la mano de la publicidad digital, las redes sociales, los smartphones y redes de telecomunicaciones de más capacidad.

Las apps generaron la llamada economía colaborativa, a Uber y a otras empresas que rompieron el monopolio de los taxistas en todo el mundo y quebraron la confianza de los usuarios en el transporte público.

En los aeropuertos el check in se hace en máquinas de autoservicio y los viajeros recurren a portales en línea, y no a agencias, para programar itinerarios, hospedajes y todo lo que requiera.

El comercio ya había resentido la competencia de las tiendas en línea.

En los grandes mercados las grandes cadenas de comercio al detalle habían esquivado el golpe o retardaron su impacto con sus tiendas en línea.

Pero no tuvieron en cuenta la profundidad del cambio en los consumidores y probablemente subestimaron a las nuevas tecnologías:

-la robótica para agilizar y hacer más efectivos la preparación de los pedidos;

-el análisis de los datos para detectar necesidades, gustos y preferencias de los consumidores;

-la aplicación de la inteligencia artificial y el aprendizaje automático para ajustar la presentación de productos a lo que cada persona necesita o busca.

Un auto Tesla es fabricado por brazos de robot en Fremont, California. (Foto archivo GN)
Un auto Tesla es fabricado por brazos de robot en Fremont, California. (Foto archivo GN)

Localmente ya se utilizan este tipo de aplicaciones de inteligencia artificial en tiendas en línea.

Lo hacen incluso pequeños negocios.

La reducción de costos y la disponibilidad en plataformas en la nube permiten el acceso a estas tecnologías a todo tipo de empresas.

Nielsen, la firma de estudios de mercado minorista, advirtió en un reciente informe que las empresas de bebidas alcohólicas, por ejemplo, deben ofrecer menús digitales para que los consumidores los vean en sus dispositivos.

Tendrán también que disponer opciones de pago electrónico fluidas y hasta brindar experiencias educativas a través de la realidad aumentada.

La pregunta ahora es cuál sector sufrirá la transformación de sus consumidores y la evolución tecnológica sin estar preparado.

¿La educación, donde ya tenemos acceso a plataformas en línea externas de formación y de actualización al estilo Netflix?

Hoy precisamente recibí en mi correo electrónico que la empresa de asesoría en negocios You Pura Vida lanzó una plataforma de capacitación en gestión de servicios para profesionales que ofrecen servicios como coach, mentores, formadores, consultores o terapeutas.

¿Y por qué las universidades no tienen este tipo de servicios en línea en plena era de Courserca?

Los cambios abundan.

Por mi casa había una pequeña escuela para preparar a estudiantes al examen por madurez. Ya está cerrada.

Difícil competir con plataformas que preparan a los estudiantes para los exámenes del Ministerio de Educación Pública.

Plataforma de cursos en línea de Coursera. (Reproducción EF)
Plataforma de cursos en línea de Coursera. (Reproducción EF)

¿Cuál sector seguirá?

¿La industria de la salud, donde se usa hasta la realidad virtual para combatir el dolor en tratamientos y se espera una ola de innovación proveniente de la biotecnología?

¿La banca, acosada por las fintech y la presión de ser más digitalizada y ágil?

¿Los abogados, que se niegan a usar sistemas de inteligencia artificial que les muestran la jurisprudencia en un dos por tres?

¿Los entrenadores deportivos y los gimnasios, frente al auge de las apps deportivas?

¿La manufactura o la agricultura, donde la mecanización está dando el salto con aplicaciones de inteligencia artificial e Internet de las cosas?

¿Sabrán que son los que siguen?