Costa Rica, aclamada como un paraíso de biodiversidad a nivel internacional, posee alrededor de 900 especies de aves identificadas en sus ecosistemas. De ellas, unas 250 se pueden encontrar y observar de cerca en Boca Tapada de San Carlos, resguardadas por el Refugio Natural de Vida Silvestre Maquenque.
Hacer un recorrido con el conocimiento de estar rodeado por tal diversidad de aves, junto a otros mamíferos como la danta e imponentes reptiles que superan los dos metros de longitud es, por sí solo, una sensación agradable que invita a explorar la naturaleza costarricense y convertirse en científicos aficionados.
Pero hacerlo con la posibilidad de verlos de cerca y ser testigo de sus comportamientos innatos es una experiencia muy diferente. El imponente río San Carlos, más allá de su fuerza, guarda en sus alrededores un portafolio tan rico como variado de posibilidades para la observación de aves.
En medio de la zona, emerge Maquenque Lodge, un hotel que ha hecho de la biodiversidad su eje.
Mi visita inicia con un recorrido de poco más de cuatro horas desde San José en un autobús.
Las peculiaridades del clima son evidentes tan solo al acercarse a la zona; en cuestión de minutos, una fuerte lluvia puede convertirse en un clima sereno, húmedo y soleado.
Ingresar a Maquenque Lodge es una experiencia que empieza desde los primeros pasos hacia su perímetro, pues el acceso implica cruzar el río en lancha en menos de cinco minutos, mientras algunos miembros del personal se encargan de transportar el equipaje.
Una vez en tierra hay dos opciones: llegar a la recepción en alguno de los carritos similares a los de golf de los que dispone el hotel o caminar cerca de 300 metros. Escojo la segunda y, de inmediato, los cantos y gorjeos empiezan a acompañarme en ese breve trayecto.
Pese a ser un recorrido corto, el calor pesa, algo que los anfitriones prevén. Solo llegar a recepción, me ofrecen un vaso con jugo natural recién hecho, así como toallas humedecidas y perfumadas para refrescarme.
Los dos hijos menores de la familia fundadora se presentan y nos dan la bienvenida. Julio y Victoria Artavia explican la visión del hotel y se ponen a nuestra disposición para los siguientes tres días.
Llama la atención la forma de trabajo de esta familia, pues no es raro encontrarse con ellos en una cena o en un recorrido. Decidieron ellos mismos realizar las labores operativas de la empresa.
Detrás de esta historia está don Jorge Eduardo Artavia, figura clave en el desarrollo de Maquenque-Boca Tapada.
Como esa misma noche contaría mientras tocaba la guitarra en el restaurante, todo inició cuando el río era la principal vía de transporte y, junto a otros vecinos, abrieron camino para construir una carretera.
Aquellos años estuvieron marcados por trayectos a caballo, la vida al ritmo de la siembra y la pesca, y la presencia constante de la lapa verde. Esa conexión fue tal que incluso inspiró el Himno de las Lapas.
Hoy, observa con orgullo cómo sus seis hijos consolidaron dos proyectos: Canoa Aventura y Maquenque Lodge.
El primero nació en 2002 en La Fortuna, impulsado por la experiencia turística adquirida dentro y fuera del país. Tiempo después, con un terreno donado por su padre y el respaldo de la familia Bauman, surgió Maquenque en 2009, cuyo nombre está inspirado en la semilla de un árbol de vital importancia para los indígenas de la zona, debido a su uso en construcciones.
Maquenque apuesta por casas en los árboles como parte de su oferta. Actualmente, cuenta con 15 bungalows y 16 estructuras elevadas, integradas al entorno.
Durante la temporada verde (de junio a octubre), ofrece tarifas especiales para nacionales desde ¢65.000 por pareja en bungalow y hasta ¢130.000 en casa de árbol deluxe con jacuzzi, incluyendo desayuno e instalaciones.
También hay paquetes con alimentación completa desde ¢99.500 hasta ¢162.500 por pareja por noche.

Inmersión con desconexión
Al realizar el chek-in, hacia las 2:00 p.m., y después de almorzar un casado típico, me entregan las llaves de una casa de árbol deluxe, pero se me advierte que no dispondré de un teléfono para comunicarme con el personal; en cambio, me asignan un walkie-talkie y una linterna, pues las distancias entre los espacios comunes requieren sumergirse por completo en senderos boscosos.
No obstante, la ausencia de señal telefónica en la zona para la mayoría de operadoras , como pude confirmar poco después, se compensa con un servicio de wifi bastante eficiente.
Los nombres de las casas son otra particularidad que salta a la vista, ya que en lugar de números se identifican por nombres de animales de la zona. Los senderos hacia ellas son un juego que orienta según la especie del mismo.
Mi casa de árbol, llamada Yaguarundí, hace honor a uno de los felinos silvestres en Costa Rica, por lo que, al toparme en un cruce de caminos, sigo los señalados como “felinos”.
Tras toparme con un par de ranas, aves juguetonas y cruzar dos puentes sobre un lago, llego a mi estancia.
Me espera un tramo de escaleras con varios metros de alto que, pese a mi miedo por las alturas, me resulta fascinante subir. Una vez en la habitación, me encuentro rodeada de árboles y una silenciosa paz.
Hay dos camas: una que reconozco como king size y otra un poco más pequeña. El área principal es bastante espaciosa; cuenta con un ropero abierto, unas mesitas de noche cuidadosamente adornadas con flores tropicales, una amplia banca, un minibar y lo necesario para prepararse un buen café.
En unos pasos puedo llegar al baño. Además de la ducha convencional, es posible abrir la puerta para ingresar a un espacio dispuesto fuera de la cabaña con una ducha igualmente práctica, pensada para quienes buscan una experiencia más al aire libre, más allá del jacuzzi en la zona exterior frontal. Ambas están fuera de la vista humana y al resguardo de miradas accidentales o incluso intencionales.
Sin embargo, estar en la habitación es el menor de los atractivos en Maquenque Lodge; el sonido de las aves en el exterior me hace salir poco después y al llegar a la recepción, me acompañan a un tour.

En Maquenque Lodge, las aves no aparecen solo en momentos puntuales: atraviesan cada uno de los recorridos y terminan por definir cómo se viven los tours.
Más que actividades aisladas, las experiencias funcionan como distintos escenarios desde donde observarlas.
Las caminatas guiadas por los senderos, tanto de día como de noche, son el punto de partida más directo. Durante el primer tour general, el recorrido se alinea con los picos de actividad, pues es cuando más especies se dejan ver: tucanes, loros, garzas, carpinteros y otras aves tropicales se asoman sin timidez, casi con descaro.
Después de una caminata breve para explicarnos la dinámica del hotel y lo que un grupo de periodistas haremos en los próximos días, regresamos al restaurante, donde nos espera un café o refresco con repostería.
Pese a la tarde calurosa, como buenos ticos, aceptamos gustosos el café al tiempo que algunas aves, entre las que reconozco una variedad de tucán, se posan cerca de la baranda de la estancia.
Siguen un par de horas libres, que aprovechamos para navegar por el lago en las canoas dispuestas en un pequeño muelle: una parte, lista para quien desee remar en las tranquilas aguas y, más atrás, una zona techada donde se realizan masajes y tratamientos faciales, con precios que rondan entre los $75 y $95 por servicio individual.


Como acordamos, regresamos al restaurante hacia las 6:00 p.m., donde nos aguardan don Eduardo y sus hijos para conversar de forma más extensa sobre la historia del hotel. Comentan sus planes de construir más cabañas, en un proceso que requiere de minuciosos análisis previos para identificar los árboles aptos para sostenerlas, además de subir la estructura.
La cena es bastante animada; entre conversaciones y risas, disfrutamos de platos sencillos pero bien elaborados. El menú ofrece una pequeña variedad de entradas, entre ellas ceviche, ensalada y cremas de verduras.
Los platos fuertes consisten en pastas, cortes de carne y acompañamientos basados mayormente en verduras, que brindan bastante saciedad. En este punto, confirmo mi gusto por la preparación de bebidas naturales.
Donde resalta la variedad es en los postres, que incluyen opciones de helado, tartaletas, un tipo de preparación de piña y otras frutas caramelizadas.

La noche en la habitación transcurre tranquila y me duermo con el sonido de algunos insectos. Aunque me sorprenden escarabajos que se colaron al abrir la puerta, los mosquitos no me preocupan, pues las ventanas están forradas por una malla que impide su paso.
Experiencias envolventes
Al día siguiente, después de habernos convocado a una breve sesión de yoga, nos llevan a un huerto para recoger algunas verduras y especias con las cuales se preparará el desayuno. Incluso recogemos huevos de un gallinero. De esta forma, involucran a los visitantes en la creación de su propia experiencia.
En el desayuno la mayoría disfrutamos de un buen gallo pinto acompañado por queso del hotel, elaborado por ellos mismos, algunos embutidos y omelettes preparados ante nosotros de forma individual.
Continuamos con el tour de cacao, una experiencia que recorre todo el proceso, desde el cultivo hasta el producto final, con un enfoque práctico y sensorial.
La actividad comienza en la plantación, donde se explican las condiciones necesarias para el crecimiento del cacao: la humedad, la sombra y la relación con otras especies del entorno.
A partir de ahí, el recorrido avanza hacia la cosecha. Según el momento, los visitantes pueden participar en la recolección. Nosotros probamos algunas semillas y una preparación con trozos de banano.

Mientras lo hacemos, las aves y un gran grupo de pizotes jóvenes se desplazan, acostumbrados a ser vistos por humanos. La experiencia deja de ser únicamente agrícola y se convierte en una observación cruzada entre producción y biodiversidad.
Al volver al restaurante para almorzar, se aprecia que los espacios más estáticos, como el lago o las terrazas de las habitaciones, funcionan como extensiones naturales de estos recorridos. Muchas especies se acercan a beber agua o se desplazan entre árboles cercanos, lo cual permite que la observación continúe sin necesidad de guía ni itinerario.
No hay tiempo que perder; tras una breve pausa para descansar, nos dirigimos al tour en bote por el río San Carlos. El mismo ofrece un ángulo distinto pues, aunque la observación ocurre desde la distancia, lo hace con una lógica más pausada que anima a los fotógrafos del grupo a capturar momentos inolvidables.
Las aves se agrupan en las orillas, sobre troncos caídos o ramas bajas, y el silencio del recorrido permite acercarse a varios cocodrilos sin alterar demasiado el entorno. Es un espacio donde se combinan especies acuáticas con otras que utilizan el río como corredor, entre ellas cocodrilos y tortugas, lo que genera una diversidad que no siempre se percibe desde tierra firme.


El recorrido nos lleva a una breve visita a la comunidad de Boca Tapada, en las cercanías de la frontera con Nicaragua, donde somos testigos de la vida fuera del caos de la ciudad y varias lapas que vuelan en pareja.
Al llegar, nos topamos con la sorpresa de que la escuela y el colegio locales han preparado varios actos culturales para nosotros: una obra de teatro sobre la protección del agua y el respeto a la vida silvestre, así como dos bailes típicos.
Los maestros de las instituciones educativas cierran con un agradecimiento y explican la cercanía que mantienen con el hotel, el cual procura brindarles espacio de participación en actividades internas para fortalecer la relación comunitaria.
Si bien se nos comentó con anticipación de este acto, no me esperaba la familiaridad con la que se abordó. Los niños y docentes parecían acostumbrados a este tipo de actividades, más allá de una colaboración formal y de colaboraciones ocasionales.
Después de la cena, algunos aprovechamos el cielo nocturno despejado para observar estrellas, especialmente las fugaces. En estas caminatas nocturnas la dinámica cambia: el oído toma protagonismo y permite reconocer especies a partir de sus llamados, en un entorno donde la visibilidad es limitada pero la actividad continúa.
Cuando volvemos, disfrutamos nuevamente de un café en el restaurante y cada uno se dirige a su respectiva habitación a descansar.
Caminar de vuelta hacia el restaurante a cenar es una experiencia muy diferente a hacerlo de día, sobre todo para quienes le temen a la oscuridad y a los anfibios. En el camino, que debo iluminar con la linterna, me topo con varios sapos y ranas curiosos que pueden saltar en cualquier momento. He de admitir que apresuro el paso por esta razón.

Un regreso tranquilo
El último día empieza temprano, con ese sonido constante de la lluvia golpeando el techo que por momentos parecía envolverlo todo. Sin embargo, como suele pasar en este tipo de paisajes, el clima cambió casi sin aviso: la lluvia dio paso al sol y, con él, a una mañana completamente distinta.
Bajamos a desayunar nuevamente, repetimos un desayuno típico que ya se sentía familiar, casi como parte de la rutina. Hay algo en esa repetición, los sabores, el entorno, la calma, que ayuda a cerrar la experiencia de forma natural.
La mañana también ofrece una última oportunidad para quienes desean profundizar en la observación de aves con un tour especialmente pensado para la fotografía.
Antes de irnos, tenemos algo de tiempo libre que aprovechamos entre hacer las maletas y dar un par de caminatas más. Un recorrido sin prisa, casi de despedida, donde las aves aparecen como si el lugar insistiera en que me quedara un poco más.
El cierre llega con un almuerzo sencillo pero memorable: pizza artesanal preparada ahí mismo, que rompía con lo esperado pero encajaba perfectamente con la experiencia. Tras la despedida de los Artavia, invitación a volver y un rápido check-out, el regreso en bote marca el final del recorrido.
La sensación es la de un cierre pausado, coherente con todo lo vivido: un lugar donde el tiempo parece moverse distinto y donde cada detalle construye una experiencia inolvidable lejos del caos de la ciudad.
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El Financiero se hospedó en el hotel Maquenque Lodge por cortesía de su administración. Ninguna condición de publicación fue requerida.
