“Con lo que me hospedaba un fin de semana en un hotel de playa en Costa Rica con mi familia, me fui cinco días a Colombia”. Esa frase me la dijo hace poco un conductor de plataforma de transporte mientras iba hacia el trabajo y no es un hecho aislado.
Probablemente usted haya escuchado conversaciones sobre lo caro que es Costa Rica para vacacionar siendo un viajero local o tal vez sienta que los precios del país están más orientados a los extranjeros... y no está lejos de la realidad. Los datos más recientes del informe Perfil del Consumidor, presentado por la firma Unimer y El Financiero, confirman esa percepción.
Costa Rica se está volviendo un país “caro para el tico” y eso ya no es solo una queja al aire: se está transformando en resentimiento y sensación de exclusión. Esa es una de las conclusiones del estudio que revela cómo piensan, interactúan y compran los costarricenses.
Según el estudio de Unimer, actualmente el 70% de la población costarricense considera que viajar al extranjero resulta más barato que hacer turismo dentro del país. El mensaje de fondo es duro: muchos sienten que las tarifas locales están pensadas para extranjeros y no para ellos, aun cuando el relato oficial vende a Costa Rica como “un paraíso” también para su propia gente.
Por otro lado, casi cuatro de cada diez personas encuestadas por Unimer destacó que el tipo de cambio actual (cerca de los ȼ450 por dólar) es un impulso para vacacionar fuera de Costa Rica. Mientras que otro 70% cree que los altos precios son la principal barrera para pasear más dentro del país.

Cuando el paraíso se vuelve inaccesible
El estudio muestra que el consumidor costarricense no ha dejado de desear viajar ni de aspirar a experiencias de descanso y esparcimiento. Lo que ha cambiado es la ecuación entre deseo y posibilidad. La percepción mayoritaria es que los precios de hospedaje, tours y servicios turísticos locales se han despegado del bolsillo nacional y responden más a la lógica del dólar y del visitante internacional.
Dicho documento habla de un “sentimiento de exclusión silenciosa”: personas que ven los paisajes del país en redes sociales, anuncios y campañas, pero no logran acceder a ellos sin endeudarse o sacrificar otras prioridades básicas. El turismo local deja de sentirse como un derecho o una posibilidad razonable, y pasa a verse como un lujo reservado a quienes “están mejor”.
En esa misma línea, el viajero nacional ha reducido el ticket o el presupuesto promedio que asigna a los viajes. Por ejemplo, según Unimer, el 42% de los costarricenses recorta presupuesto en sus viajes por medio de promociones, un 26% evitando restaurantes en puntos turísticos y un 31% viajando más cerca de su lugar de residencia.
En esta narrativa, el extranjero que llega a Costa Rica encuentra tarifas alineadas con su poder adquisitivo, mientras que el tico siente que paga “precio turista internacional” sin tener el ingreso de un viajero foráneo. La consecuencia emocional es doble: por un lado, orgullo por vivir en un destino deseado a nivel global; por otro, frustración por no poder consumir ese mismo destino en igualdad de condiciones.
Del enojo al resentimiento de exclusión
Este fenómeno se asienta sobre una realidad más amplia que recorre el estudio: el consumidor siente que “no consume más, solo sobrevive más caro”. El alza en el costo de vida, la presión sobre el presupuesto del hogar y la necesidad de priorizar categorías como alimentación y salud hacen que gastos como vacaciones y turismo se reubiquen en la lista: no desaparecen, pero pasan a ser algo que se posterga, se recorta o se busca fuera de las fronteras nacionales si el número no cierra.
Mientras tanto, el relato de marca país continúa apelando al orgullo verde, la biodiversidad y la calidad del destino. Para muchos consumidores, esa narrativa empieza a chocar con su experiencia concreta: el país que se promociona hacia afuera como un paraíso accesible se vive adentro como un lujo para unos pocos.

La oportunidad: una “Tarifa Tica” real, no cosmética
En este contexto, el documento sugiere que existe una oportunidad masiva para quienes se atrevan a diseñar productos turísticos específicos para el mercado local. La idea central es clara: crear una “Tarifa Tica oficial” que no sea solo un eslogan, sino una estructura de precios, condiciones y formatos pensados desde la realidad del ingreso nacional.
No se trata de devaluar la experiencia ni de vender “segunda categoría”, sino de reconocer que el consumidor costarricense está redistribuyendo su gasto con mucha más estrategia. Está dispuesto a pagar por lo que percibe como valor a largo plazo; pero si siente que el turismo local no le ofrece una ecuación justa, lo sustituirá por alternativas afuera o, simplemente, saldrá de la categoría.
El estudio plantea que el espacio más fértil está en el “hospedaje intermedio”: formatos que no se posicionen como lujo aspiracional de fotos perfectas, ni tampoco como opciones mínimas que sacrifican comodidad y seguridad. La ventana de oportunidad está en productos que prioricen la accesibilidad sin renunciar a la calidad básica que el tico espera para sentirse respetado como cliente.
Ese hospedaje intermedio no se define solo por el precio por noche, sino por la estructura completa de la experiencia: opciones claras para familias, transparencia en lo que está incluido, paquetes que reduzcan la incertidumbre sobre el gasto total y políticas de pago que no obliguen a endeudarse de forma agresiva. En un entorno donde el consumidor está aprendiendo a auditar cada colón y a justificar cada gasto, el turismo local debe ofrecer una narrativa sólida de valor, no solo de paisaje.
Finalmente, el estudio deja entrever que la respuesta no puede limitarse a promociones puntuales o campañas de temporada alta. Habla de una necesidad de “reencuadrar” la relación entre el costarricense y el turismo local, desde la idea de que vacacionar en su propio país no debería sentirse como un privilegio reservado a quienes tengan más recursos.
En paralelo, los últimos meses han sido especialmente retadores para el sector hotelero formal: el tipo de cambio más bajo ha comprimido los ingresos en dólares al convertirlos a colones, mientras buena parte de sus costos operativos —salarios, servicios, mantenimiento— se pagan precisamente en moneda local. A esto se suma el auge del hospedaje no tradicional, que ofrece precios más flexibles, estructuras de costos más livianas y, en muchos casos, menos regulaciones, presionando aún más a los hoteles que intentan sostener estándares formales de calidad y cumplimiento.
Al final, la pregunta ya no es solo si vacacionar en Costa Rica es más caro que hacerlo en el exterior, sino qué mensaje le está enviando el mercado al viajero local cuando lo obliga a buscar descanso fuera de sus propias fronteras para sentirse incluido y bien tratado y pagando un precio justo.
Si desea adquirir el estudio completo o por capítulos puede ingresar al sitio web de Unimer en este enlace: https://forms.unimerca.com/pdc-2026/.

