Hablamos constantemente de inteligencia artificial, cambio climático, geopolítica, nearshoring y ciberseguridad.
Sin embargo, existe otra fuerza posiblemente igual de importante para determinar el futuro económico de nuestros países y a la que dedicamos sorprendentemente poca atención en Centroamérica: la demografía.
La reflexión surge del reciente trabajo de Jesús Fernández-Villaverde y Patrick Norrick, Terra Incognita: The Economics of a Shrinking World. Los autores analizan la rápida caída de la fecundidad y plantean una tesis provocadora: la humanidad podría encontrarse ya por debajo de la tasa de reemplazo y la población mundial podría comenzar a disminuir antes de lo previsto.
Costa Rica es un caso especialmente claro. En 2024 registró una tasa global de fecundidad de apenas 1,12 hijos por mujer. Las proyecciones oficiales estiman que la población podría comenzar a disminuir alrededor de 2045 y que para 2050 una de cada cuatro personas tendrá 65 años o más.
No estamos simplemente ante menos nacimientos. Estamos ante una transformación del mercado laboral, del consumo, de las finanzas públicas, de la inversión y de la estructura empresarial.

Menos trabajadores, menos consumo, más productividad
Durante décadas, nuestras economías funcionaron bajo una premisa implícita: cada generación incorporaría una cantidad importante de nuevos trabajadores y consumidores. Esa premisa está desapareciendo.
Costa Rica tendrá proporcionalmente menos personas en edad productiva y una población mayor que requerirá más pensiones, servicios médicos y cuidados. Al mismo tiempo, el envejecimiento cambia el patrón de gasto. Al llegar a la jubilación, el consumo total tiende a moderarse y cambia de composición: disminuye el gasto en algunos bienes, transporte y consumos asociados al trabajo, mientras aumenta en salud y cuidados.
El efecto macroeconómico puede ser significativo. Menos trabajadores, menos formación de nuevos hogares y un crecimiento más lento del consumo pueden reducir el dinamismo de la demanda interna. El envejecimiento puede frenar el crecimiento del consumo, la inversión y la producción si no se compensa con aumentos de productividad.
Ese es probablemente el desafío económico central para Costa Rica: cómo seguir creciendo cuando la población en edad de trabajar aumenta poco y eventualmente comienza a disminuir.
La respuesta no puede depender únicamente de aumentar la natalidad. Países que han invertido grandes cantidades en políticas pronatalistas han comprobado lo difícil que resulta revertir estas tendencias. La respuesta tendrá que ser, sobre todo, producir más valor con menos personas.
Robots e inteligencia artificial
Aquí aparece una conexión poco discutida: demografía, robots e inteligencia artificial forman parte de la misma conversación.
Cuando los trabajadores son abundantes, automatizar permite principalmente reducir costos. Cuando empiezan a escasear, la automatización puede convertirse en una necesidad. Robots industriales, sistemas automatizados e inteligencia artificial pueden sustituir determinadas tareas humanas y permitir que cada trabajador produzca más.
La discusión sobre IA no debería limitarse al temor de que destruya empleos. En una sociedad que envejece, puede convertirse en una herramienta indispensable para sostener la productividad y el crecimiento.
Para Costa Rica esto refuerza una conclusión estratégica. Nuestra competitividad futura difícilmente podrá descansar en mano de obra relativamente económica. Tendrá que apoyarse cada vez más en talento especializado, tecnología, automatización, infraestructura, educación e industrias capaces de producir mucho más valor por trabajador.
Pensiones, salud y menos contribuyentes
La dimensión fiscal será igualmente difícil. Una población más longeva significa más años de pensión y mayor gasto sanitario. Al mismo tiempo, habrá proporcionalmente menos trabajadores financiando esos sistemas.
Las preguntas serán inevitables: ¿a qué edad nos jubilaremos?, ¿cuánto tendremos que ahorrar?, ¿cómo se financiarán la salud y las pensiones?, ¿cuánto podrá asumir el Estado?
Estas decisiones afectarán el ahorro, el consumo y la inversión durante décadas.
Empresas familiares: menos hijos, más patrimonio y menos sucesores
Existe además una consecuencia especialmente importante para Centroamérica: la sucesión de las empresas familiares.
Una gran parte del tejido empresarial regional continúa en manos de familias. Ahora combinemos vidas más largas, familias más pequeñas y nuevas generaciones con mayores opciones profesionales y geográficas.
Muchos empresarios tendrán uno o dos hijos en lugar de cuatro o cinco y, en numerosos casos, ninguno estará interesado en administrar la compañía.
Eso aumentará la importancia de la planificación patrimonial, el gobierno familiar, los family offices y la profesionalización de las empresas. También puede provocar más ventas de compañías y mayor participación de inversionistas institucionales y private equity.
Parte del futuro crecimiento del mercado de fusiones y adquisiciones en Centroamérica podría tener, por tanto, un origen demográfico. Un muy buen y actual ejemplo son los search funds.
Para quienes trabajamos con private clients y familias empresarias, la pregunta dejará de ser únicamente cómo transmitir el patrimonio a la siguiente generación. Cada vez será más importante determinar qué activos conservar, cuáles vender, cómo gobernarlos y cómo estructurar patrimonios que pueden durar varias generaciones.
Una economía distinta
Una población mayor también cambia los sectores que crecen. Salud, medicamentos, dispositivos médicos, seguros, bienestar, gestión patrimonial, cuidados domiciliarios y proyectos inmobiliarios especializados adquirirán mayor importancia.
Costa Rica puede encontrar oportunidades en esta transformación por su expectativa de vida, su industria de dispositivos médicos, su sistema sanitario, su talento profesional y su proximidad a Estados Unidos. La llamada longevity economy podría convertirse en un nuevo motor de inversión.
Pero no debemos perder de vista la otra cara: una población que envejece y eventualmente disminuye puede significar también menos consumidores, menos nuevos hogares y menor crecimiento de la demanda agregada.
Quizás lo más sorprendente sea lo poco que hablamos de todo esto.
Debatimos diariamente sobre IA, competitividad, infraestructura, impuestos y crecimiento. Sin embargo, muchas de esas discusiones estarán condicionadas por una variable mucho más básica: cuántas personas tendremos, qué edad tendrán, cuánto consumirán y cuántas estarán trabajando.
Costa Rica probablemente experimentará este cambio antes que buena parte de Centroamérica. Eso puede ser una desventaja, pero también una oportunidad para adaptarnos primero.
Durante décadas preguntamos cómo generar suficientes empleos para nuestra población. La pregunta futura será diferente: ¿Cómo generamos suficiente productividad, consumo, inversión y crecimiento con una población que envejece y con proporcionalmente menos trabajadores?
La demografía puede ser una de las transformaciones económicas más importantes —y menos discutidas— de nuestro tiempo. En Centroamérica deberíamos empezar a hablar de ella. Y en Costa Rica, donde esa revolución ya comenzó, deberíamos empezar también a prepararnos.
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El autor es abogado.