Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió a los líderes empresariales en Davos el año pasado sobre la inminente imposición de aranceles, les ofreció un consejo amistoso: “Vengan a fabricar sus productos en Estados Unidos” y así evitarán desde el principio los inminentes aranceles a la importación. En los meses siguientes, la política comercial “Estados Unidos Primero” de Trump tomó forma. Los aranceles del “Día de la Liberación” fueron anunciados, suspendidos, restablecidos, declarados inconstitucionales y, finalmente, sustituidos por aranceles promulgados bajo una legislación diferente.
El resultado fue una combinación de aranceles elevados (a niveles no vistos desde la década de 1930) y una incertidumbre agobiante para las empresas, que ya no podían planificar sus operaciones. Incluso ahora, la imprevisibilidad sigue siendo una característica distintiva de la política comercial de Estados Unidos, con nuevas rondas de aranceles unilaterales anunciadas recientemente en medio de la expiración de los aranceles impuestos en febrero y un renovado impulso por restablecer mayores niveles de protección para las empresas estadounidenses.
Estos dos componentes (restricción e imprevisibilidad) se extienden al panorama de la política comercial global en un sentido más amplio. En tanto las economías avanzadas han adoptado una política industrial, los aranceles se han convertido en un instrumento central para reducir la dependencia de las cadenas de suministro extranjeras, promover la relocalización de puestos de trabajo y de la producción, y hacer frente a las prácticas comerciales exteriores percibidas como desleales. ¿Pero qué ocurre con el impacto del régimen de políticas sobre la inversión extranjera directa (IED) entrante, que sigue siendo un objetivo importante en sí mismo?
En un artículo reciente, junto con mis colegas examinamos de qué manera las perturbaciones en la política comercial afectan los flujos bilaterales de IED. Si bien nuestra investigación se basó en la evolución de las políticas en Estados Unidos, adopta una perspectiva global y abarca los flujos de inversión bilaterales desde más de 200 países de origen hacia 35 países de la OCDE a lo largo de casi cuatro décadas. Nuestro objetivo era cuantificar los efectos causales: cómo evoluciona la IED tras una perturbación en la política comercial (un aumento de las restricciones o de la incertidumbre) en comparación con la situación hipotética de ausencia de perturbaciones.
En teoría, las restricciones comerciales tienen efectos ambiguos sobre la IED. Por un lado, dado que los aranceles hacen subir los costos comerciales, tienden a disuadir la IED orientada a la eficiencia y a la exportación, que depende del intercambio fluido de bienes intermedios a través de las fronteras dentro de las cadenas de valor globales. Al aumentar tanto el nivel como la volatilidad de los costos comerciales, las perturbaciones de la política comercial (restricciones e incertidumbre) reducen la rentabilidad esperada de las redes de producción integradas y debilitan los incentivos para instalar etapas de la producción en el extranjero. La imprevisibilidad frena la IED al aumentar el valor de opción de retrasar la inversión hasta que el panorama político se disipe.
Por otra parte, las barreras comerciales pueden fomentar la IED orientada a la conquista de mercados o a eludir los aranceles (como sugirió Trump), por la que las empresas establecen instalaciones de producción dentro de mercados protegidos para preservar el acceso y evitar los derechos de importación. Esta táctica se hizo evidente el año pasado, en medio de la escalada arancelaria entre Estados Unidos y China, cuando varias empresas chinas ampliaron su producción en América del Norte y en terceros países para eludir los aranceles estadounidenses.

En conjunto, estas consideraciones sugieren que la relación entre las perturbaciones de la política comercial - tanto las restricciones comerciales efectivas como el aumento de la incertidumbre política (palabras y hechos)- y la IED es, en última instancia, una cuestión empírica.
Nuestros hallazgos ofrecen un panorama aleccionador sobre cómo tanto las restricciones comerciales como la incertidumbre política afectan a los ingresos bilaterales de IED. Si bien ambas perturbaciones frenan la IED, la perturbación por incertidumbre es mucho más potente. Su impacto, en términos comparables, es aproximadamente tres veces mayor que el de la perturbación por restricciones -una reducción del 50% (en relación con la media de la muestra de IED) en el primer año luego de una perturbación por incertidumbre de una desviación estándar, frente al 15% en el caso de la perturbación arancelaria-. Esta diferencia refleja de qué manera las decisiones de inversión que implican costos elevados irrecuperables responden a las expectativas sobre los futuros entornos regulatorios. Cuando la incertidumbre se dispara, los inversores se mantienen al margen, retrasando las inversiones hasta que se aclare la confusión política.
Curiosamente, el perjuicio para la IED parece ser mayor cuando los países de origen y de acogida son geoeconómica y geopolíticamente próximos que cuando son distantes. Cuando los países de acogida y de origen son socios cercanos en las redes de producción globales, el impacto de las restricciones comerciales sobre la IED se amplifica. Y cuando los países de origen y de acogida son geopolíticamente próximos (según los registros de votación de las Naciones Unidas), el impacto de las crisis de incertidumbre también se amplifica.
En un contexto en el que los gobiernos se replantean los beneficios de la integración comercial global, los aranceles se han convertido en un instrumento de políticas fundamental, justificado por motivos de seguridad nacional, para apoyar la industria manufacturera y el empleo nacionales, o para corregir las prácticas comerciales percibidas como desleales de otros países (incluidos los subsidios estatales y las monedas infravaloradas). Visto así, el efecto disuasorio de los aranceles sobre la IED podría considerarse un daño colateral inevitable.
Sin embargo, incluso para quienes desean una menor integración comercial global, el aumento de la incertidumbre política parece acarrear un costo sin ningún beneficio correspondiente -un gol en contra o una herida autoinfligida-. En este sentido, la elevada incertidumbre política es un enigma. Si un país opta por imponer mayores restricciones comerciales para promover sus (supuestos) intereses nacionales, una política predecible es muy superior a una volátil, ya que evita los daños colaterales innecesarios y cuantiosos a los ingresos de IED.
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Jonathan D. Ostry, profesor de Economía, Asuntos Globales y Políticas Públicas en la Universidad de Toronto, es autor de varios libros, entre ellos Confronting Inequality (Columbia University Press, 2019) y Taming the Tide of Capital Flows (MIT Press, 2018).