Costa Rica enfrenta una paradoja silenciosa: mientras la participación laboral femenina sigue siendo una de las más bajas en comparación con las economías desarrolladas, el país envejece y necesita ampliar su base productiva. Ambas realidades están conectadas por un factor estructural que rara vez tratamos como asunto económico: el cuidado.
Mientras alrededor del 70% de los hombres en edad de trabajar participa activamente en el mercado laboral, en el caso de las mujeres la cifra ronda el 46%, participación que se reduce aún más cuando hablamos de mujeres madres. No estamos ante una brecha marginal, sino ante una limitación estructural que afecta la productividad nacional.
Al mismo tiempo, Costa Rica atraviesa una transición demográfica profunda: la población mayor de 60 años crece a un ritmo superior al de cualquier otro grupo etario, y en las próximas dos décadas el país duplicará la proporción de personas adultas mayores. La esperanza de vida supera los 80 años y, en muchos cantones, la estructura poblacional ya refleja una reducción sostenida de los nacimientos y un aumento de la dependencia demográfica.
Ambos fenómenos —menor participación femenina y mayor envejecimiento— convergen en la economía del cuidado. Hoy, la economía formal descansa sobre una red invisible de trabajo de cuidado no remunerado que tiene rostro femenino.
Las mujeres dedican, en promedio el doble de horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado; este desbalance no solo limita su inserción laboral, sino que interrumpe trayectorias profesionales, frena ascensos, reduce acumulación de experiencia y, a largo plazo, impacta negativamente sus ingresos y pensiones.
Cuando una mujer sale del mercado laboral por responsabilidades de cuidado, el país pierde más que una plaza de trabajo: pierde capital humano acumulado, redes profesionales y liderazgo potencial. Esa pérdida no siempre es visible en las estadísticas a corto plazo, pero sí se traduce en una menor productividad agregada y en un menor crecimiento sostenido.
Frente a este escenario, la profesionalización del cuidado no es únicamente una política social; es una política económica estratégica.
Transformar el cuidado en un sector formal, con formación técnica, certificaciones, estándares de calidad y esquemas de financiamiento adecuados, permitiría generar empleo formal, dinamizar las economías locales y reducir la informalidad. Actualmente, los niveles de informalidad femenina —particularmente entre mujeres madres— superan ampliamente los de las mujeres sin hijos. En este contexto, la formalización del cuidado podría convertirse en un motor de empleo femenino con impacto territorial.
Además, el envejecimiento abre una ventana adicional en la economía plateada. Las mujeres viven más años que los hombres y representan una proporción creciente de la población adulta mayor; sin embargo, muchas llegan a esta etapa con trayectorias laborales fragmentadas y menores ingresos previsionales.
Permitir que aquellas que lo deseen permanezcan activas laboralmente bajo esquemas flexibles no es una concesión simbólica: es una estrategia de sostenibilidad económica y de reducción de la vulnerabilidad. La exclusión por edad y género implica una doble pérdida: menos ingresos individuales y menos experiencia colectiva en el mercado laboral.

Diversos estudios internacionales muestran que cerrar brechas de género en la participación laboral puede incrementar significativamente el producto interno bruto de los países. En el caso costarricense, aumentar la participación femenina no solo ampliaría la base contributiva, sino que también fortalecería el consumo interno y mejoraría la resiliencia de los hogares frente a shocks económicos.
A esto se suma el efecto multiplicador de un sistema sólido de cuidado. Un sistema de cuidado accesible y profesionalizado libera tiempo productivo para mujeres en edad activa, reduce la probabilidad de abandono laboral y mejora la calidad de vida de personas dependientes. Cada mujer que puede mantenerse en el mercado laboral gracias a servicios de cuidado adecuados representa más ingresos fiscales, mayor productividad y menor riesgo de pobreza intergeneracional.
En el contexto de la economía plateada, el cuidado, la prevención de la fragilidad, la salud comunitaria y los servicios de acompañamiento pueden convertirse en sectores dinámicos de crecimiento. No se trata solo de atender una necesidad social, sino de diseñar un nuevo sector productivo alineado con la realidad demográfica del país.
La convergencia entre género y economía plateada ofrece una oportunidad única: convertir una brecha estructural en un motor de crecimiento sostenible, porque cuando el cuidado se formaliza, se profesionaliza e integra al sistema productivo, no solo avanzan las mujeres, avanza el país completo.
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Director ejecutivo de la Fundación Crusa.