La civilización humana ronda 6.000 años de antigüedad y, en casi todo ese tiempo, la forma de gobierno imperante fue la guerra, la toma de pueblos a la fuerza, el vasallaje de una ciudad sobre otra. A golpe de espada se levantaron imperios y, por otro lado, una población de esclavos, sin libertad ni derechos. Los monarcas vistos como dioses; su poder incuestionable y heredable a su descendencia.

La más reciente forma de gobierno es la Democracia. Si bien los griegos plantaron el antecedente (siglo V a.C.), el concepto moderno surge a partir de las ideas de Rousseau, Voltaire, Locke y Montesquieu (siglo XVIII), al sostener que los reyes no eran divinos, ni diferentes a cualquier ser humano. Que la gente debe elegir libremente a sus gobernantes, y estos administrar el poder como una república basada en la división de poderes.
Con estas ideas comenzó a nutrirse, primero en Europa, luego en América, y después por el mundo, el ideal de: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Propiciaron procesos de independencia —con mucha sangre derramada— para dar a luz una forma de gobierno justa, que fue evolucionando en derechos e instituciones.
Este nuevo sistema de gobierno contabiliza menos de 300 años, pero más justo que el imperante durante 5.700 años. No es perfecto; ninguna institución humana lo es, pues el ser humano en sí mismo es maleable. “¿Por qué me dices bueno?, pues bueno solo hay uno: Dios”, respondió Jesús a quien llegó a consultarle sobre la salvación.
Por eso, en la organización de la república planteada por Montesquieu, para contener la tentación humana hacia el mal y el abuso, el poder no estaría concentrado sino distribuido, a través de pesos y contrapesos. Ideal sería que el ser humano fuese bueno, integro, que en forma natural se auto contuviese de no usar el poder en su beneficio, y en detrimento de los demás. Pero no es así, ¡sin excepción!
Del poder a la corrupción hay una línea tenue. Pero el equilibrio de poderes planteado por Montesquieu tampoco es perfecto, porque lo conforman seres humanos. Seamos pragmáticos: no existe la perfección democrática y siempre hay terreno para la corrupción. No está asociada a una bandera, un partido, o una creencia. Simplemente asociado al ser humano.
Hay países con más o menos corrupción, pero en todos existe. No hay partido corrupto, sino personas potencialmente corruptas, porque siempre estamos expuestos a ceder a la tentación, tanto más cuanto más fácil se presenta. Oscar Wilde decía: “Yo resisto todo, menos las tentaciones”. Y cuando se ostentan posiciones de poder, la posibilidad de caer es mayor. Schopenhauer sentenciaba: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Otro defecto humano es la propensión para fabricarse pequeños dioses. Se sucumbe ante quienes se exhiben como mesías, a veces depositando la confianza hasta la veneración. En 1933 Hitler obtuvo el 44% de los votos elegibles. Más tarde, en 1936, ganó el plebiscito con más del 90% (3 años después inició la segunda guerra mundial). Tenemos otros casos recientes y cercanos que usaron la herramienta del sufragio para instalarse, desarmar andamios y volver al tiempo anterior a la república concebida por los pensadores franceses. En todos esos casos, con la concentración de poder vino el abuso, la corrupción, la injusticia y la pérdida de libertad. Conocemos el resto de la historia y hasta donde llevaron a sus países o, en el caso de Hitler, ¡a donde llevó al mundo!
La democracia se encuentra en riesgo, siendo dilapidada desde dentro, en países que están involucionando a un esquema donde la división de poderes se debilita, surgiendo una peligrosa concentración. Muchos países están en esa tesitura, arriesgando volver al siglo XVII, a la pérdida de derechos y libertades, a ver el abuso o la corrupción rampante y no poder hacer ni decir.
Queda aspirar a gobernantes apegados a los valores de la democracia, a la visión de los pensadores franceses del siglo XVIII; que no solo crean, sino promuevan la división de poderes, la libertad de opinión, credo, o asociación. Por el contrario, alertarnos cuando alguien aspira al absolutismo, a controlar los restantes poderes constitucionales. Y más aún cuando la población lo endose y hasta reniegue de la democracia. Es volver a 1936….
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El autor es economista