Aunque mucha gente todavía piensa que la explosión poblacional es el desafío global más urgente de la actualidad, la verdadera bomba de tiempo demográfica está en la disminución de las tasas de fertilidad. Hoy casi dos de cada tres personas viven en países donde la fertilidad está por debajo de la tasa de reemplazo (2,1 hijos por mujer). Naciones Unidas prevé que el crecimiento de la población mundial comenzará a revertirse a partir de la década de 2080, y algunos académicos sostienen que el punto de inflexión puede llegar incluso antes.
Las consecuencias del cambio ya son visibles. Como muestra el último Informe de Transición del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD), la mediana de edades en las economías avanzadas pasó de 29 años en 1950 a 41 en 2023. La tendencia es incluso más marcada en Europa Central y del Este: las cifras para Croacia, Bulgaria y Polonia son 45, 44 y 42 años respectivamente. En Nigeria, en cambio, la mediana de edades sólo es 18 años.
Pero para las economías de Europa Central y del Este hay una diferencia: están atravesando la transición demográfica con niveles de ingresos que son entre tres y cuatro veces menores que los que tenían las economías avanzadas. Es decir, envejecen antes de enriquecerse, y eso les resta margen para sostener el crecimiento.
La disminución de la fertilidad es reflejo de cambios profundos en las normas sociales y en las actitudes culturales hacia la planificación familiar: hoy las personas se casan más tarde o (cada vez más) directamente no se casan. El informe del BERD revela que más de tres cuartas partes de los baby boomers en los países orientales de la Unión Europea se casaron en los primeros años de la treintena, mientras que el porcentaje entre los millennials ronda los dos tercios.
También cambió la maternidad. Las mujeres comienzan a tener hijos más tarde, como resultado de una trayectoria educativa más larga, de cambios en los roles de género y de la evolución de las aspiraciones profesionales. De 1990 a esta parte, la edad promedio de las madres primerizas pasó de 24 a 29 años en Croacia, de cerca de 24 a 28 en Polonia y de 26,8 a 31,5 en España. Hay una proporción creciente de mujeres que no tienen hijos, y las que los tienen suelen tener menos que en generaciones anteriores.

La maternidad tardía y las presiones económicas persistentes dificultan la formación de familias numerosas, de modo que muchas personas tienen menos hijos de los que tal vez desearían. Las encuestas muestran que en los países ricos, las personas tienen un hijo menos (en promedio) que la cantidad que declaran como ideal. En los países pobres, donde las tasas de fertilidad siguen siendo altas, ocurre lo contrario.
La combinación de caída de la fertilidad y extensión de la esperanza de vida implica un rápido envejecimiento poblacional y una reducción de la población activa, lo que aumentará la proporción entre jubilados y trabajadores y deteriorará los niveles de vida. Según las proyecciones del BERD, las presiones demográficas quitarán unos 0,4 puntos porcentuales en promedio al crecimiento anual del PIB per cápita en las economías emergentes europeas de aquí a 2050.
Algunas de estas presiones podrían aliviarse con reformas estructurales. Por ejemplo, subir la edad de jubilación puede prolongar la vida laboral productiva. Un aumento de la inmigración puede complementar la disminución de la población activa, y la innovación tecnológica puede mejorar la productividad.
Pero ninguna de estas medidas será fácil. El abandonado intento de reforma del sistema de pensiones en Francia es ejemplo de lo impopular que es cualquier aumento de la edad jubilatoria. Asimismo, un incremento de la inmigración (sobre todo si fuera de la magnitud necesaria para compensar el declive demográfico) no puede sino generar resistencia del electorado en aquellos países donde la inmigración se ha convertido en una importante divisoria política. Y aunque los avances en inteligencia artificial pueden aumentar la productividad de algunos trabajadores, muchos otros quedarán sin empleo y necesitarán recapacitación profesional.
Pero es posible que el mayor obstáculo sea el envejecimiento mismo. Al envejecer las sociedades, envejece también el electorado, de modo que aumenta la influencia de las personas mayores sobre la formulación de políticas. Con una participación electoral mayor, tienden a favorecer aumentos del gasto en pensiones, atención médica y defensa, mientras que muestran mucho menos entusiasmo por la inmigración, la educación o la asunción de riesgos a corto plazo en pos de crecimiento a largo plazo.
También envejece la dirigencia política (sobre todo en países que tienen líderes arraigados en el poder); esto reduce el margen para muy necesarias reformas de los sistemas de pensiones, cambios en el mercado laboral y políticas proinmigración. Para invertir esta tendencia se necesitarán no sólo decisiones audaces en materia de políticas, sino también un esfuerzo sostenido para la movilización de los votantes más jóvenes.
Pero a pesar de estas limitaciones, las fuerzas demográficas no dictan un destino ineludible. Cuando las reformas (por ejemplo en los sistemas de pensiones) se aprueban con la antelación suficiente y van entrando en vigor en forma gradual, es menos probable que enfrenten oposición política. Lo que se necesita es coraje político: voluntad para explicar dilemas, resistir presiones inmediatas y actuar antes de que las realidades demográficas reduzcan el espacio de opciones disponibles. Sólo los líderes que estén dispuestos a enfrentar esas realidades hoy (y sobre todo, a involucrar a los votantes más jóvenes en el debate) podrán garantizar la prosperidad compartida en las décadas venideras.
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Traducción: Esteban Flamini
Beata Javorcik es economista principal del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo.