Opinión

La Costa Rica innovadora

El país del bicentenario debe de apostar por la innovación liderada por emprendimientos y ‘start-ups’ nacionales

Según Peter Drucker, “la innovación es el instrumento específico de la iniciativa empresarial. El acto que otorga a los recursos una nueva capacidad para crear riqueza”. Los costarricenses del bicentenario debemos comprender cómo durante nuestra historia, las decisiones innovadoras han sido el principal creador de prosperidad en nuestro país y así prepararnos para ser actores de primera línea en la construcción de una sociedad floreciente y feliz en las próximas décadas.

La innovación no solo trae prosperidad, también puede disminuir la desigualdad y fomentar la movilidad social, además de originar numerosas oportunidades para la creación de nuevas empresas que apoyen el desarrollo de una nueva sociedad.

La cultura del café

En su libro, Costa Rica antes del café, Lowell Gudmundson, desarma por completo con un riguroso análisis documental, el mito de la Costa Rica de los igualiticos al momento de la independencia. Nuestro país antes de la independencia, aún dentro de su pobreza casi generalizada, vivía con desigualdades importantes entre una pequeña élite colonial y la masa campesina. ¿Por qué me parece importante desmitificar este aspecto? Porque si queremos construir una sociedad próspera debemos desechar esa leyenda que habla de la sociedad rural igualitaria basada en la pobreza, y comprender las verdaderas causas que llevaron a nuestro país a crear una clase media que dio origen a un incipiente modelo democrático.

Lo que realmente transforma a Costa Rica es el café, que viene a insertar a nuestro país en la economía mundial, desarrollando nuevas dinámicas sociales, económicas y de flujos de capital que destruyen el orden heredado de la colonia y construyen, aún con desigualdades, una sociedad radicalmente distinta a la de 1821.

Costa Rica pasó de exportar 23.000 kilos de café en 1832 a más de un millón de kilos diez años después y 20 millones para finales de siglo y es con esta riqueza que se construye una nación verdaderamente independiente. La cultura del café transforma a Costa Rica porque aumentan simultáneamente el uso y la productividad de la tierra y la mano de obra, se intensifica la migración de capital humano, se promueve la llegada del capital británico para financiar la expansión y, ante la alta demanda mundial por el café, un grupo de pequeños agricultores saca provecho del boom cafetalero y otro grupo también lo hace, pero por medio de encadenamientos, creando una primera versión de una clase media costarricense. Las grandes familias cafetaleras dominan la sociedad pero están comprometidas con un sistema político con tintes democráticos que aseguran los derechos económicos de los pequeños y medianos productores. Un siglo después, las cooperativas lideran la producción y beneficiado superando a las grandes haciendas de café.

¿Y por qué el café? ¿Cómo sabíamos que esta planta ajena a nuestro país crecería y se adaptaría a nuestras tierras y microclimas? ¿Qué estudios de mercado y planes de negocio fueron realizados para tomar la decisión de movilizar todo un país detrás de esta gran apuesta innovadora? ¿Cómo nos aseguramos de que se contaría con el capital necesario para la expansión? ¿Quién conocía a los potenciales compradores? Es interesante que las múltiples reseñas históricas no responden con claridad a estas preguntas, pero no queda duda de que esta innovadora decisión asumida con el compromiso de un país entero convierte rápidamente a Costa Rica en una de las sociedades más dinámicas de nuestra región.

Como suele suceder con la innovación, se necesita dar un salto de fe para poder avanzar, y en este caso lo hizo todo un país. Si hubiéramos esperado a que se aclararan “los nublados” del cultivo y del mercado, no hubiésemos logrado aprovechar esa oportunidad.

La capacidad de innovación nacional

Además, Costa Rica acumula en su historia independiente una serie de decisiones como país que se pueden considerar innovadoras en su contexto: la educación obligatoria y gratuita en 1869, la abolición de la pena de muerte en 1882, las reformas sociales de la primera mitad del siglo XX, el crecimiento del sistema de universidades públicas a partir de 1940, seguidas por la abolición del ejército en 1948 y la creación del sistema de parques nacionales en 1970. Es difícil imaginar cómo sería hoy nuestro país sin estas decisiones que juntas constituyen fundamentos cruciales de nuestro sentido de nacionalidad.

A esto podemos agregar en nuestra historia inmediata, la Ley de Zonas Francas de 1990, a la que se agrega la tríada virtuosa de Comex, Procomer y Cinde, que en el marco de una sociedad democrática, crean las condiciones necesarias para que empresas nacionales y multinacionales extranjeras atiendan desde Costa Rica las necesidades de sus clientes globales en sectores estratégicos, como manufactura avanzada y servicios especializados, con el apoyo de mano de obra calificada y pequeñas y medianas empresas costarricenses. Según Procomer, sólo en la última década las exportaciones de bienes y servicios del país se han duplicado de $8,500 millones a más de $17,000 millones. Gracias al esfuerzo de Cinde y las Zonas Francas, nuestro país ha sido muy exitoso atrayendo a importantes multinacionales para que instalen operaciones en nuestro país, pero debemos de preguntarnos por qué un país que ha tomado decisiones innovadoras a lo largo de su historia no ha podido dar el salto a crear empresas innovadoras con dimensión global.

Según Michael Porter, en un artículo publicado hace 20 años, hay una serie de aspectos internos a los emprendimientos que son necesarios para que puedan convertirse en empresas innovadoras con dimensión global. Sin embargo, la vitalidad de la innovación depende de lo que llamó la capacidad de innovación nacional, entendiéndose como la habilidad de un país para producir y comercializar un flujo determinado de innovación relevante a lo largo del tiempo. Para medirlo utilizó una serie de consideraciones:

Para determinar la intensidad de la innovación, la cantidad de patentes publicadas en Estados Unidos por compañías de diferentes nacionalidades.

Para evaluar la infraestructura común para la innovación, la cantidad de profesionales en ciencia e ingeniería per cápita con empleo, el nivel de gasto en investigación y desarrollo, el porcentaje del PIB dedicado a la educación, las medidas de protección de la propiedad intelectual y el nivel de apertura a la economía mundial.

Para medir la innovación por sectores, la proporción de inversión en investigación y desarrollo realizada por el sector privado y la cantidad de patentes por industria.

Para medir la calidad de los encadenamientos, la proporción de inversión en investigación y desarrollo realizada por las universidades, así como las redes de capital de riesgo.

Las start-ups en Costa Rica

Pese al éxito de la apertura de nuestra economía al mundo por medio de acuerdos comerciales con los principales mercados internacionales y de la alta inversión en educación, nuestro país sigue teniendo baches significativos en la intensidad, infraestructura y enfoque necesarios para escalar la innovación. Esto dificulta la creación de start-ups que puedan redibujar el mapa de valor de nuestra economía.

Sin embargo, sí existe suficiente comunicación entre los actores del sistema de innovación para poder puntualizar las falencias de estos emprendimientos:

La madurez empresarial de una empresa tiene más relación con las “experiencias de vida” de la empresa que con la cantidad de años que tiene en operación.

La mayoría de los emprendimientos se desarrollan con deficiencias en procesos, calidad, estabilidad financiera y otros, lo que les genera ineficiencias e imposibilita su crecimiento.

Existen barreras importantes que dificultan que los emprendimientos tengan acceso a información de mercado, de capital riesgo y a mejores prácticas en incubación y aceleración de empresas. Sin estos conocimientos, el acceso a financiamiento resulta casi imposible, pues las mismas instituciones financieras (desde banca hasta inversionistas privados), buscan prueba de la madurez de la empresa y de la claridad en su propuesta de valor, para asumir el riesgo de darle fondos a una pyme o start-up.

También existen limitaciones en los procesos de innovación y el espíritu emprendedor, indispensables para desarrollar empresas con alto potencial de crecimiento, alta productividad y generadoras de empleo de calidad. De acuerdo con el índice de innovación 2020, Costa Rica es la tercera economía más innovadora de América Latina, solamente superada por Chile y México. Sin embargo, el tamaño de nuestro mercado es limitado y eso dificulta el proceso de internacionalización y de atracción de capital de riesgo.

Por otra parte, es importante prestar atención a los esfuerzos que realiza el sector público. Costa Rica es uno de los pocos países del mundo que tiene tanta fragmentación en su sistema nacional de innovación, con un supuesto “Ministerio de Innovación” (Micitt), una banca para el desarrollo (SBD) y ahora una promotora de innovación. A eso se suman el INA que debe capacitar, asesorar e impulsar iniciativas empresariales; un ministerio rector de pymes, cuya ley lo faculta para crear política pública, monitorear las iniciativas de otras instituciones en el tema y facilitar la articulación interinstitucional (MEIC); además de las muchas iniciativas dispersas en varias instituciones.

¿Entonces por qué no logramos que las pymes se desarrollen, se sostengan en el mercado, crezcan y expandan a mercados internacionales? ¿Por qué la mortalidad de nuestras empresas sigue siendo tan alta? Pareciera ser que el problema no es la falta de iniciativas, sino su desarticulación y la falta de un abordaje “sistémico 360” que le damos a nuestras empresas. Esto queda evidenciado en la desarticulación entre los programas y políticas productivas, y en el diseño y la operativización de estos programas en las diferentes instituciones, los cuales no diferencian entre microempresas de subsistencia, emprendimientos tradicionales, start-ups de base tecnológica o empresas con alto potencial de crecimiento.

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En medio de este panorama, resultan interesantes las iniciativas que en los últimos años ha llevado a cabo Procomer, cuyo éxito pareciera deberse a su enfoque integral (asesoría técnica, empresarial y de exportación con fondos no reembolsables y apoyo para acceder a crédito); conocimiento del sector empresarial y visión de mercado. Este enfoque, sumado a la cultura cliente céntrica, enfoque hacia resultados, evaluación constante y agilidad de procesos de contratación, que caracterizan a Procomer, son los elementos que el país debería seguir promoviendo si queremos hacer cambios importantes en la conformación del tejido empresarial costarricense.

Establishment Labs no debe de ser una excepción

Establishment Labs es una empresa global de tecnología médica dedicada a la salud y el bienestar de la mujer, principalmente con soluciones para aumento y reconstrucción mamaria. Su marca Motiva se comercializa en más de 80 países a nivel mundial.

Este emprendimiento nació de la observación de que en el campo de la cirugía plástica y estética no existían tecnologías diseñadas para mejorar la salud y el bienestar de la mujer. La labor de los especialistas era dificultada por la falta de innovación en los dispositivos médicos y por lo tanto, la tasa de complicaciones era inaceptable para las mujeres. Nuestra apuesta fue: si pudiéramos crear una nueva generación de dispositivos, con base en la evidencia científica más avanzada, con tecnología del siglo XXI y diseñados especialmente para la mujer, quizás podríamos transformar este campo y dar valor a este emprendimiento.

¿Pero cómo llegamos a esa observación? Mis padres nacieron de familias de agricultores y artesanos, se educaron hasta obtener sus títulos universitarios gracias al acceso universal a la educación, el esfuerzo propio y el apoyo familiar. Con una beca mi padre obtuvo su especialidad en cirugía plástica en la Universidad de París. A mi mamá, una orgullosa puriscaleña, le decían en Costa Rica en son de burla: “De Puris a París”. Con el tiempo lo asumimos como un grito de guerra.

Y a nuestro regreso a Costa Rica, mis padres se empeñaron en crecer como profesionales dedicados a este incipiente campo de la cirugía plástica en la práctica pública y privada. Con mis hermanos crecimos al lado de una pequeña clínica que mis padres abrieron junto a la casa, respirando los aromas quirúrgicos y siendo testigos de las experiencias de las pacientes. En la casa teníamos dos teléfonos, el 232-0441 para las llamadas de la familia, y el 232-6547 al que llamaban las pacientes. Si mis padres no estaban, seguíamos instrucciones específicas para responderle a las mujeres que llamaban preguntando por todo tipo de procedimientos.

Con el tiempo, como testigo de todas estas experiencias, no necesitábamos ser genios para comprender que existía una fractura entre la industria y la mujer, una oportunidad sin precedentes. De esta suma de experiencias, de ese corpus de conocimientos y de esa empatía, que permitió llegar a esa observación, es que nació Establishment Labs. Pero aunque podría parecer que nuestra empresa es producto de un esfuerzo de un grupo reducido de personas, es inevitable reconocer que la génesis de este emprendimiento fue posible por las decisiones innovadoras de la misma historia de Costa Rica, que permitieron que, en una casa en Pavas, construida en lo que fue 50 años antes un cafetal de la familia Rohrmoser, y gracias al esfuerzo conjunto de un grupo de muchachos que habían trabajado en el clúster de ciencias de la vida de zona franca, usando un horno de pizza fabricado en Hatillo, nacieran los primeros prototipos de implantes mamarios con los que buscamos el capital necesario para pasar a la siguiente etapa.

Ese capital ángel que necesitábamos para iniciar las fases de laboratorio y los estudios clínicos no lo encontramos en el país, así que los ahorros familiares se unieron a una primera inversión de la familia Tourniaire de Francia y con esto logramos, después de muchos largos días y más largas noches, obtener las certificaciones internacionales para comercializar el producto. Gracias a esto logramos un segundo aporte de capital de la familia Dueñas que comprendieron la calidad de nuestro producto.

Y así inició la etapa más complicada de nuestro emprendimiento. En la industria médica se necesita mucho capital para poder comercializar globalmente estas tecnologías, y aún con todas las certificaciones y nuestra propiedad intelectual, fuimos incapaces de convencer a los inversionistas costarricenses y a la banca local a apostar por nosotros. Costa Rica nos quedó pequeño. Tocamos cada puerta y en cada una chocamos con una dura realidad: no existían los actores locales con capacidad para analizar una start-up y valorar un riesgo que parecía ilimitado y por lo tanto, hacía imposible afrontarlo. Eventualmente encontramos el capital en Guatemala, proveniente de industrialistas del azúcar por medio de una boutique de inversión liderada por el argentino Roberto Ponce.

Con esos recursos ampliamos nuestra capacidad de producción, seguimos innovando, creamos el primer dispositivo implantable con tecnología RFID y lanzamos al mercado el revolucionario implante ergonómico. Con la excelente aceptación de nuestras tecnologías crecían nuestras necesidades de capital y nos volvíamos vulnerables a una adquisición no deseada. Era hora de ir a Nueva York y buscar ahí el capital necesario para una nueva planta de producción e iniciar los estudios clínicos para entrar a los Estados Unidos, el principal mercado mundial. Y no fue fácil, no tenían referentes de empresas costarricenses en industria médica y les parecía difícil que pudiéramos desbancar a los líderes de este mercado, empresas cotizadas en bolsa con valoraciones de cientos de miles de millones de dólares.

Después de cientos de reuniones con potenciales inversionistas de Wall Street, conocimos a Nick Lewin, quién después de visitarnos en Costa Rica reconoció que una de nuestras mayores fortalezas era justamente producir e innovar desde Costa Rica. A Nick, lo que más lo convenció fue nuestro apasionado equipo humano: “se nota el orgullo en cada uno de los trabajadores”, nos dijo.

El plan era eliminar todos los obstáculos para el crecimiento y llevar a una empresa tica por primera vez a la bolsa de Nueva York. El 19 de junio de 2018 empezamos a cotizar en Nasdaq bajo el ticker ESTA a $18 por acción y así iniciamos un nuevo capítulo en los que los altísimos requerimientos de cumplimiento, transparencia y gobernanza son necesarios para proteger a los inversionistas. Desde entonces hemos utilizado el capital de la bolsa con responsabilidad y prudencia, buscando cumplir con las expectativas de crecimiento de los inversionistas y de los analistas financieros independientes. Durante el peor momento de la pandemia nuestra acción bajó a $7,56, cuando todo el sector de tecnologías electivas fue afectado, para luego recuperarse y finalmente, con nuestros resultados positivos, logramos cruzar la barrera de capitalización de los $1.000 millones y luego la de los $1.500 millones, para situarnos actualmente alrededor de los $1.800 millones. Esto quiere decir que en poco más de una década pasamos del cuarto de una casa en Pavas a cotizar en Nasdaq, de pedir prestado cada semana a familiares y amigos para pagar la planilla, y hacer arreglos para pagar los servicios públicos y la renta, a ser una de las empresas de mayor valor en nuestra región y con un portafolio de más de 100 patentes a nivelmundial. De Puris a París, diría mi mamá.

Reordenamiento de los apoyos a emprendimientos

Vale la pena preguntarse qué deberíamos estar haciendo como país para que la historia de Establishment Labs no sea una excepción. Hay muchos equipos emprendedores más inteligentes que nosotros y seguro que con mejores ideas. ¿Qué estamos haciendo como país por ellos? ¿Estamos resolviendo a tiempo las brechas en nuestra capacidad de innovación nacional?

A pesar de que Establishment Labs no tuvo en su momento el nivel de apoyo y acompañamiento que existen actualmente para emprendimientos en nuestro país, fue capaz de surgir, pero no es estratégico que nuestro arduo camino tenga que repetirse. Por eso es necesario escalar estas iniciativas a nivel país desde una institución hermana de Procomer que se dedique a los emprendimientos, aportando:

Un portafolio de herramientas de apoyo centralizadas en un solo punto (asesoría técnica y empresarial, capacitación, mentoría, fondos para innovación, reconversión, asesoría financiera, información de mercado, tendencias, etc).

Articulación entre el Sistema de Banca para el Desarrollo y la banca comercial, además del ecosistema de inversión privada.

Sensibilización y promoción de cultura emprendedora.

Foco en negocios de oportunidad (para que los de subsistencia sean atendidos por otras instituciones enfocadas en sus particularidades) y en pequeñas y medianas empresas y productores agrícolas (pues el MAG colabora con la asesoría técnica sobre producción, pero no empresarial).

Las características que recomiendo para esta instancia surgen de nuestra experiencia y de la observación de experiencias de carácter global:

Es necesario que la institución pública fomente y de acompañamiento a emprendimientos. Para esto debe contar con un régimen de contratación privado y basado en el código de trabajo, como lo es Procomer.

Su Junta Directiva debe ser pequeña, para que pueda tomar decisiones de forma ágil y estar constituida en su mayoría, por representantes del sector privado y especialistas que puedan tomar decisiones con base en criterios técnicos y en las necesidades de las empresas. Es deseable que esta junta tenga un consejo asesor con representantes de instancias internacionales con acceso a capital privado, como Wall Street en Nueva York.

Estar alineada a la política pública productiva, pero ser independiente de los vaivenes políticos de cada administración.

Mapear e integrar los fondos que ahora están mal distribuidos en diferentes instituciones, para que tengan mayor impacto y puedan colaborar con las aceleradoras y el incipiente grupo de capital de riesgo.

Contar con incentivos para la llegada de start-ups de otros países a Costa Rica, principalmente fuera de la GAM o zonas de la GAM desfavorecidas para crear conocimiento y cultura de emprendimiento.

Contar con incentivos para la llegada de capital extranjero a Costa Rica para brindar fondos a start-ups

Aprovechar la tríada SBD-Procomer- y esta nueva plataforma, podría ser la clave para transformar el tejido productivo nacional si se trabaja con el objetivo de promover la innovación.

Los próximos 50 años para Costa Rica

Si queremos resolver grandes problemas debemos de enfocarnos en pocas cosas. Así como Costa Rica tomó poco después de su independencia la valiente decisión de enfocarse en el café para insertarse en la economía mundial, la Costa Rica del bicentenario debe de apostar decididamente por la innovación liderada por emprendimientos y start-ups nacionales y extranjeras en campos de avanzada como biotecnología, dispositivos médicos 4.0, energías limpias, tecnologías para combatir el cambio climático y la creación de contenidos para la vida en el metaverso.

Según un informe del BID sobre innovación del año 2020, Costa Rica invierte solo el 0,43% del PIB en investigación y desarrollo, siendo 2,5% lo óptimo. Pero es todavía más preocupante que dice el informe “la mayor parte de la inversión en investigación y desarrollo la realiza el sector público (76%) y está orientada por la curiosidad de los investigadores (87%) y no por su finalidad, es decir, para atender necesidades del aparato productivo”.

Además de todas las acciones específicas aquí descritas, es urgente reversar la preocupante falta de inversión en el futuro de Costa Rica con un mandato constitucional para dedicar del 2,5% del PIB en investigación y desarrollo, así como la estructuración de un potente fondo soberano para apoyar la creación y desarrollo de start-ups en áreas estratégicas para nuestro país.

No podemos seguir quejándonos de la falta de innovación sin tomar las acciones necesarias para preparar a las nuevas generaciones para construir una sociedad próspera y feliz desde la cual puedan contribuir como ciudadanos del mundo. Como bien lo dijo Albert Einstein: la locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes.