Por: Roberto Artavia.   20 septiembre

Estamos inmersos en la cuarta revolución industrial. Muchos puestos de trabajo se perderán a causa de nuevas tecnologías pero, como siempre ha ocurrido, éstas aumentarán la productividad, expandirán la economía y generarán nuevas oportunidades de empleo.

Los nuevos puestos requerirán nuevas destrezas y capacidades, y éstas solo pueden lograrse por medio de un proceso educativo capaz de preparar a cada joven con excelencia en lecto-escritura, conocimientos de matemáticas y ciencias, destrezas para manejar y aplicar tecnología, capacidad de colaborar, pensamiento crítico y lógica; dominio del método científico, vocación de investigar y de cuando menos un segundo lenguaje.

Y todo sin perder su formación humanista en valores, cívica y cultura, y con autocontrol y autoregulación, porque en el mundo de la tecnología y el teletrabajo cada persona es responsable por su propia productividad.

Nuestro sistema educativo actual —con pocas excepciones— no forma a los niños y jóvenes con la calidad necesaria. Tenemos procesos educativos tradicionales, incompletos en sus enfoques, maestros que no fueron preparados para lo descrito, e infraestructura en general pobre. La evolución en la formación y recertificación de maestros, en contenidos, metodologías, sistemas de evaluación y tecnologías es muy lenta.

Sistema incompleto

Pero la calidad no es el único problema. La cobertura es tan pobre que, según el Estado de la Educación, apenas logramos graduar de secundaria al 50% de los jóvenes elegibles y la gran mayoría de ellos sin haber aprendido un oficio por medio en enseñanza técnica vocacional.

Nuestro sistema educativo es incompleto, mal enfocado, con maestros que no se han adaptado a la nueva realidad y con resultados en términos cualitativos y cuantitativos que nos ubican muy por debajo del 50% de lo que debiéramos aspirar.

Y con un Ministerio cuyo principal objetivo parece ser evitar huelgas.

¡Emergencia nacional!

Se requiere un cambio radical en la educación. ¡Ya!