Keir Starmer se convirtió en primer ministro del Reino Unido prometiendo reactivar el crecimiento económico. Al cabo de menos de dos años, su aprobación en las encuestas se ha desplomado y su defenestración es casi segura. Una de las razones (hay muchas) para sus problemas políticos es que la economía británica nunca despegó.
A los políticos les gusta pretender que controlan la palanca del crecimiento económico. Pero como lo revela la popularidad descendente de Starmer, esta pretensión es cada día menos plausible.
Por contraste, quienes se describen a sí mismos como economistas del desarrollo ni siquiera pretenden saber cuáles son las causas del crecimiento. Hace 25 años decidieron que el acertijo de por qué algunos países se hacen ricos mientras otros permanecen pobres, era demasiado peliagudo como para abordarlo.
Si unos campesinos reciben un pollo o un cerdo, ¿serán menos pobres al cabo de dos años? Si se desparasita a los niños, ¿les irá mejor en la escuela? Este tipo de preguntas ha mantenido ocupadas a algunas de las mentes más brillantes en el campo del desarrollo. Resulta ser una asignación masivamente errada de talentos, como viene argumentando desde hace tiempo Lant Pritchett, académico visitante de la London School of Economics.
Mientras algunos economistas vacilaban, los países y sus líderes se abocaron a ensayar distintas tácticas. Los resultados son mixtos.
Alrededor de 1978, el entonces líder de China, Deng Xiaoping, lanzó su política de “reformar y abrir”, cuyo resultado fue el período de crecimiento económico más rápido de la historia de la humanidad. Desde entonces, el ingreso ajustado por la inflación del ciudadano chino promedio ha subido 20 veces, y cientos de millones han dejado atrás la pobreza.
Hace 35 años otro megapaís, India, también se embarcó en un proceso de reformas. Sus resultados han sido menos espectaculares que los de China, pero igual resultan impresionantes: el ciudadano indio promedio goza hoy de un ingreso ajustado por la inflación que es cinco veces mayor que el de 1991.

India y China no son casos aislados. Otros países ―entre ellos, Vietnam y Bangladesh, Polonia y Turquía― han crecido rápidamente en las últimas décadas. Pero en el mismo período, un número mucho mayor de países se han estancado.
Por ejemplo, Brasil y México también estabilizaron y abrieron sus economías (Brasil menos que México) en la década de 1990, pero su crecimiento ha sido minúsculo. China ha logrado superar a los dos en ingreso per cápita, a pesar de que comenzó siendo mucho más pobre.
Esta evidencia anecdótica se puede hacer más sistemática. Un estudio reciente muestra que las reformas integrales a las políticas públicas con frecuencia preceden a las aceleraciones en el crecimiento. No obstante, la gran mayoría de dichas reformas no produce aceleración alguna en el crecimiento. Las buenas políticas son necesarias, pero rara vez son suficientes.
Si esto parece frustrante, es porque lo es.
Pero no todo esfuerzo es en vano. Otros economistas ―entre ellos, el Nobel Philippe Aghion― han proporcionado algunas pistas para resolver el misterio del crecimiento. La clave se encuentra en el alza de la productividad, la que a largo plazo solo puede ser producto de la innovación tecnológica.
La innovación, a su vez, exige lo que los economistas denominan rentas: ganancias anormales, que más que compensan los gastos necesarios para innovar. Pero si las rentas se vuelven demasiado grandes, las empresas ya establecidas suelen usar su poder político y económico para obstaculizar la innovación por parte de otras firmas que podrían desafiarlas. Este es un equilibrio delicado, que pocos países alcanzan.
En los países en desarrollo, las empresas rara vez producen el tipo de innovación de frontera que resulta en el próximo Google o Anthropic. Para ellas, el desafío es adoptar y adaptar las tecnologías que se inventan en otros lugares. Pero esta tarea también ha resultado sorprendentemente difícil.
Los países en desarrollo han logrado enormes avances en muchos de los factores que impulsan el crecimiento. Los niveles de escolaridad han aumentado. La esperanza de vida ha mejorado. Las tasas de inversión han subido. En muchos países las instituciones son más fuertes que hace una generación. No obstante, la convergencia a los niveles de ingresos de las economías avanzadas ha sido muy lenta y, en muchos casos, inexistente.
La única explicación plausible para este acertijo es la lentitud de la difusión de la tecnología, sostiene Ricardo Hausmann, de la Universidad de Harvard. Las ideas pueden cruzar fronteras de manera instantánea, pero no así las capacidades productivas. Yo fácilmente puedo bajar manuales de ingeniería de Internet, pero leerlos no me transforma en ingeniero. Imposible confiar en que yo sea capaz de construir un puente a menos que haya pasado años rodeado de ingenieros, adquiriendo y poniendo en práctica el know how que se requiere.
Las capacidades productivas tienden a ser específicas para cada sector. Y no se desarrollan a menos que el sector exista y pueda demandarla. Los lutieres solo existen en los países donde se fabrican violines.
Esto tiene consecuencias para las políticas. Es posible que los mercados, por sí solos, no generen las capacidades requeridas por la modernización tecnológica. Los gobiernos necesitan coordinar las inversiones, proporcionar bienes públicos y capacitación que respondan a las capacidades específicas de cada sector, y crear entornos de negocios en los que se recompensa la innovación sin permitir que las empresas establecidas bloqueen la competencia.
Resolver el enigma de por qué algunas naciones se enriquecen mientras otras se estancan, es difícil. Pero también lo es encontrar una cura para el cáncer, lo que no ha impedido que biólogos, químicos, genetistas y médicos lo intenten. Han progresado, aunque sea a paso lento.
Los economistas también han avanzado, pero a paso aún más lento. Y pueden seguir avanzando mientras se enfoquen en la problemática correcta. El desafío, según Pritchett, es integrar a las personas “a la productividad”. Este desafío es complejo y puede resultar frustrante, pero más frustrante sería seguir leyendo estudios académicos sobre pollos y cerdos, mientras miles de millones de personas aún viven en la pobreza.
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Traducción de Ana María Velasco.
Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science. Project Syndicate