Costa Rica vive últimamente entre “elefantes” y fantasías de poder. Durante décadas, el país se contó a sí mismo como una pequeña democracia ejemplar, prudente, que sabía dónde pararse cuando las grandes potencias chocaban. Era la Costa Rica de los manuales de educación cívica: sin ejército, con vocación multilateral, respetuosa del derecho internacional y cuidadosa de no subordinar su política exterior a los caprichos de nadie. Esa imagen ya no describe lo que está ocurriendo.
El gobierno del presidente Rodrigo Chaves decidió abandonar aquella cautela y escoger, de manera explícita, a uno de los contendientes en lo que él mismo calificó de “pleitos entre elefantes” de los cuales Costa Rica debía mantenerse al margen.
La decisión nos llevó a alinearnos sin reservas del lado del presidente estadounidense Donald Trump en frentes tan sensibles como migración, seguridad, telecomunicaciones y relaciones regionales.
El presidente Chaves aceptó recibir deportados que Estados Unidos expulsa, respaldó esquemas de seguridad diseñados fuera de la región, excluyó a empresas chinas de concursos estratégicos y rompió relaciones con Cuba, por ejemplo.
Aunque estos gestos se presentan como prueba de una supuesta cercanía privilegiada con la Casa Blanca, la realidad es otra: Costa Rica sigue soportando aranceles y amenazas comerciales que impactan la competitividad de sus exportaciones.
“A los amigos especiales se les debería considerar de manera especial”, ha indicado Manuel Tovar, jerarca del Ministerio de Comercio Exterior, al hablar sobre lo que debería ser el trato comercial que recibamos. Estamos de acuerdo. El trato especial no ha llegado aún para Costa Rica, pese a meses de negociaciones.

Mientras tanto, otros gobiernos sí han logrado convertir su alineamiento en réditos concretos. El Salvador es el caso más incómodo: un gobierno que concentra poder, reduce controles y enfrenta serias denuncias por violaciones de derechos humanos ha conseguido una relación política más rentable con Estados Unidos. Nayib Bukele se presenta como el campeón regional de la seguridad, acomoda su narrativa a lo que el aliado quiere escuchar y recibe atención, recursos y gestos de legitimación, desde una visita al Salón Oval hasta un acuerdo especial sobre aranceles.
El costo de las decisiones diplomáticas de Costa Rica va más allá de la relación bilateral con Estados Unidos. El país ha enfriado sus lazos con otras potencias y regiones clave. Las decisiones en torno a 5G y la firma Huawei y las recientes acusaciones públicas en materia de ciberseguridad, por ejemplo, han deteriorado la relación con China. El margen para dialogar con otros actores —incluyendo la Unión Europea y vecinos latinoamericanos que pueden mirar con recelo el giro de nuestro país hacia Washington— se reduce. Costa Rica, que antes podía moverse con cierta flexibilidad entre agendas, empieza a ser vista como un actor predecible, atado a una sola brújula.
Un país pequeño no se vuelve grande por posar en la foto junto a un gigante, ni por repetir sus consignas. Su verdadera fuerza está en reconocer sus límites, cuidar sus principios y diversificar sus relaciones para no depender del humor de un solo aliado. Hoy, en cambio, Costa Rica corre el riesgo de quedar atrapada bajo el peso de un elefante que no da señales de considerarla “amigo especial”. Paga con aranceles, con concesiones en seguridad y migración, con deterioro de vínculos con otros socios y con una erosión silenciosa de la versión de sí misma que alguna vez exhibió con orgullo.
Costa Rica tiene una historia común con Estados Unidos que ha sido, en muchos aspectos, beneficiosa para ambas partes, mucho más allá de lo estrictamente comercial. Es una relación de 175 años que apreciamos y debemos cuidar. Precisamente por eso, no necesitamos aceptar el papel de socio subordinado o sumiso, ni sacrificar nuestro margen de maniobra para demostrar lealtad.
Costa Rica puede ser un aliado serio, confiable y cercano, sin renunciar a una política exterior equilibrada, ni a un modelo democrático que todavía se considera, con razón, uno de sus activos más valiosos. Recuperar ese equilibrio es una tarea urgente, pero también posible, si el país, por medio de nuestros gobernantes, decide dejar de perseguir fantasías de poder ajenas y volver a parecerse un poco más a la mejor versión que alguna vez proyectó de sí mismo.