Aunque Costa Rica tiene la imagen de un país verde, con una vasta biodiversidad, cuenta con otra cara no tan grata. Todavía falta camino por recorrer en cuanto a la gestión de la basura en los hogares y empresas. Prueba de ello es el punto crítico en el que se encuentran los botaderos de residuos sólidos, principalmente en la Gran Área Metropolitana.
Ante esta saturación de los vertederos tradicionales y la urgencia de buscar soluciones operativas de largo plazo, el sector corporativo e industrial de Costa Rica ha comenzado a migrar hacia metodologías internacionales que transforman los desechos en recursos. Las empresas y los parques empresariales ya no ven el manejo de la basura como un gasto logístico inevitable, sino como una oportunidad de eficiencia interna para intentar mermar la dependencia de los colapsados sistemas municipales de disposición.
Esta transición ocurre en un escenario crítico: los principales rellenos sanitarios del Gran Área Metropolitana (GAM), como El Huazo y el Parque de Tecnología Ambiental Uruca, operan cerca del límite de su vida útil técnica. Paralelamente, la presión financiera para el sector corporativo va en aumento, con tarifas comerciales por la disposición final de residuos ordinarios que promedian entre los $25 y $40 por tonelada métrica, sin contar los costos crecientes de flete y transporte logístico.
El concepto Zero Waste to Landfill (cero residuos a relleno sanitario) es una estrategia de gestión de residuos que busca que la mínima cantidad posible de desechos termine en un vertedero. En lugar de enviar la basura a disposición final, las organizaciones trabajan para que la mayor parte de sus residuos sean reducidos en el origen, reutilizados, reciclados, compostados o aprovechados de otra forma dentro de la cadena productiva.
Aunque el nombre sugiera “cero absoluto”, en la práctica se trata de alcanzar tasas de desvío muy altas y reducir al máximo la dependencia del vertedero como solución.
Zero Waste to Landfill se concentra específicamente en el destino final de los residuos: su objetivo es que lo que hoy se considera “basura” se convierta en insumo, subproducto o energía aprovechable, y no en un pasivo ambiental enterrado o abandonado.
Para lograrlo, las empresas suelen apoyarse en la llamada jerarquía de residuos, que prioriza la reducción, luego la reutilización y el reciclaje, y deja la disposición en vertedero como último recurso. En muchos casos, el proceso arranca con una auditoría de residuos para entender qué se genera, en qué cantidades y con qué posibilidades reales de valorización.
Al desviar residuos del vertedero, las empresas reducen costos de disposición, pueden recuperar valor de materiales reciclables y, en algunos casos, generan ingresos a partir de subproductos o acuerdos de economía circular con otras industrias. A esto se suma la mejora reputacional, la alineación con políticas de sostenibilidad y la posibilidad de acceder a certificaciones específicas que validan ante clientes e inversionistas el desempeño en gestión de residuos.
Impacto en el negocio: el caso de zonas francas
Para una zona franca, el desvío de residuos requiere una transformación profunda en la logística interna. America Free Zone (AFZ) ha centralizado esta gestión mediante la creación de centros de acopio internos y una compostera industrial para el tratamiento de residuos orgánicos en el propio sitio. Estas medidas se traducen en una disminución del volumen enviado a relleno sanitario y una reducción progresiva de costos asociados a transporte y disposición final.
“En el caso de los residuos valorizables, las botellas plásticas y plásticos en general se destinan a la transformación en nuevos productos. El aluminio se reincorpora directamente en procesos metalúrgicos y el vidrio se reprocesa para nuevos envases, mientras que el papel y el cartón van a reciclaje industrial. Con respecto a los residuos orgánicos, está en proceso de implementación el proyecto de compostaje para generación de abono orgánico utilizable en áreas verdes o proyectos agrícolas”, detalló Eliane Virginio, coordinadora de gestión ambiental de AFZ.
El modelo de gobernanza del parque funciona como un habilitador para todas las empresas inquilinas. Al ofrecer infraestructura compartida la administración facilita que las compañías reduzcan su huella ambiental de forma colectiva. Según detalla Virginio, esto permite que las estrategias evolucionen desde iniciativas individuales hacia un modelo sistémico de parque industrial sostenible.
Uno de los rubros donde el impacto financiero es más evidente es el sector de la construcción. En el caso de Zona Franca La Lima, en Cartago, la estrategia se enfoca en reducir el desperdicio desde la planificación de la obra. Shalini Tahilramani, gerente de proyectos del parque, señala que los beneficios más inmediatos no provienen únicamente del reciclaje sino principalmente de la reducción del desperdicio y un mejor control de materiales.
“La estrategia busca que los residuos generados durante la construcción puedan reutilizarse o gestionarse de una manera que mantenga valor dentro de la cadena de uso de materiales. Se recuperan materiales como metal, cartón, plástico, madera y tierra de excavación. En paralelo se trabaja en la gestión de residuos más complejos, como gypsum y PVC, mediante alianzas con gestores especializados y, en el caso de los materiales producto de excavaciones, se trabaja en identificar proyectos donde pueda ser reutilizada de manera adecuada y así evitar que termine como desecho”, detalló Shalini Tahilramani, gerente de proyectos de Zona Franca La Lima.

Inversiones para buscar beneficios
Las inversiones fundamentales se concentran en infraestructura de centros de acopio, estaciones de separación temporal, señalización técnica, equipos para compostaje industrial y el diseño de sistemas rigurosos de trazabilidad. Además, también es necesario capacitar y educar al personal de las empresas en estas prácticas.
El retorno de estas inversiones se distribuye de manera progresiva a corto y mediano plazo.
Durante los primeros dos años el beneficio se percibe directamente en las finanzas de la operación mediante la reducción en las tarifas de transporte y disposición final de la basura convencional. Posteriormente, entre el segundo y cuarto año, el ahorro proviene de la sustitución de materias primas vírgenes por la reutilización de materiales estructurales en obras y remodelaciones internas. A largo plazo el parque industrial consolida una ventaja competitiva estructural que reduce de forma permanente sus costos de mantenimiento.
El impacto monetario se valida en los balances de los desarrolladores locales. En el caso de America Free Zone (AFZ), la infraestructura compartida permite recuperar anualmente más de 22 toneladas de residuos reciclables y desviar otras 36 toneladas hacia procesos de coprocesamiento energético, una eficiencia operativa que se complementa con una autogeneración eléctrica basada en paneles solares. Por su parte, la experiencia en los desarrollos constructivos de Garnier & Garnier en Zona Franca La Lima confirma que la planificación detallada de pedidos y el control estricto de inventarios evitan el desperdicio de materiales antes de que estos se conviertan en un residuo costoso de gestionar.
El escalamiento de estos modelos hacia una economía circular plena todavía choca con ineficiencias estructurales del mercado costarricense. La falta de claridad normativa para la reutilización legal de subproductos industriales y la volatilidad en la demanda de materiales valorizables frenan un avance más rápido.
A pesar de estos cuellos de botella el modelo de desvío total de residuos se ha convertido en una variable de peso para la atracción de inversión extranjera directa en la Gran Área Metropolitana. Las multinacionales ya no evalúan el espacio inmobiliario únicamente por su costo por metro cuadrado, sino por su capacidad para alinearse con políticas globales corporativas de gobernanza ambiental.
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