Jacó ha dejado de ser únicamente un destino para escapadas de fin de semana, turismo y segundas residencias de alto valor. La zona se perfila como un mercado residencial más amplio, donde familias de clase media y media-alta buscan la posibilidad de vivir, trabajar a distancia o pasar temporadas más largas cerca del mar, con una inversión menor a la que exigiría una propiedad comparable en Guanacaste.
El cambio se observa en nuevos condominios, torres de apartamentos, comercios y servicios que empiezan a responder a una población más permanente. Solo por mencionar algunos ejemplos, la llegada de KFC, la próxima apertura de McDonald’s y la presencia de Fresh Market o de la cafetería Mocapan, no explican por sí solas la transformación, pero sí funcionan como una señal de que las grandes cadenas ven en Jacó un mercado que ya no depende exclusivamente del turista de paso.
La expansión comercial, sin embargo, va de la mano con un fenómeno principalmente residencial. El atractivo del cantón de Garabito —y puntualmente de Jacó, su distrito de cabecera— está en su cercanía con San José, su oferta turística instalada y un rango de precios que todavía permite encontrar apartamentos de entrada o gama media, aunque el valor cambia según ubicación, tamaño y cercanía a la playa.
Una alternativa a Guanacaste
Para una familia que busca una propiedad de playa, Guanacaste sigue siendo el referente de mayor desarrollo turístico y residencial. Pero sus precios, especialmente en comunidades costeras consolidadas y cercanas a aeropuertos, marinas o grandes resorts, hacen que la compra sea inaccesible para una parte relevante del mercado local.
Un análisis de El Financiero publicado en marzo deja clara la diferencia. En Guanacaste, playa Potrero registraba un precio promedio de metro cuadrado de $2.707, Tamarindo de $2.056 y Sámara de $2.082, por ejemplo. En cambio, Jacó registró un precio promedio de $1.775.
Además del precio, Jacó aparece como una alternativa más próxima al Valle Central y con menores barreras de entrada. El trayecto desde San José, aunque depende del tránsito y el estado de la Ruta 27, permite mantener una relación más directa con empleos, centros educativos, hospitales, servicios financieros y actividades familiares de la GAM.
Esa cercanía cambia el tipo de comprador. No se trata únicamente de inversionistas extranjeros o personas que adquieren una propiedad para alquiler vacacional: también hay familias que buscan una segunda vivienda utilizable con frecuencia, compradores que consideran una mudanza parcial o definitiva y trabajadores que pueden combinar presencialidad en San José con teletrabajo desde el Pacífico Central.
Los desarrolladores han identificado esa oportunidad. La oferta no se limita a propiedades de lujo: incluye apartamentos pequeños y medianos, condominios con áreas comunes y unidades pensadas tanto para vivir como para alquilar. Un análisis previo sobre el mercado local identificó proyectos verticales con precios promedio cercanos a $150.000, mientras que otros desarrollos apuntan a segmentos más altos, con apartamentos desde $240.000 y penthouses de hasta $500.000.

“Jacó ha mostrado una evolución importante como destino residencial y de inversión, gracias a una combinación de conectividad, infraestructura, servicios y oferta turística”, indicó Francisco Hurtado, gerente general de Cubo, una firma inmobiliaria que desarrolla el proyecto Selva Coral en la zona.
“Además, observamos un interés creciente por desarrollos que incorporan sostenibilidad, amenidades y servicios dentro de una propuesta residencial integral. Consideramos que ese cambio en las preferencias del mercado representa una oportunidad para continuar fortaleciendo la oferta inmobiliaria de la zona”, añadió.
Precisamente, Selva Coral entra en su etapa final de comercialización, después de haber concluido la construcción y vendido 70 de sus 118 unidades.
Para Orlando Elizondo, asesor de negocios, hay evidencia de que Jacó está cambiando su perfil. A su juicio, el destino evoluciona hacia un modelo “residencial-comercial”, más cercano a una ciudad frente a la playa que a una localidad dependiente exclusivamente del surf, el sol, los hoteles y las estadías cortas.
La presencia de nuevas cadenas comerciales debe leerse bajo ese contexto. La inversión residencial gana peso y cambia la demanda local: junto a restaurantes, supermercados y comercios de conveniencia, aparecen oportunidades para gimnasios, spas, estéticas, clínicas de salud, comercios minoristas, servicios de alimentación y otros negocios que atienden las necesidades de residentes permanentes.
El proceso comenzó con una población extranjera que decidió instalarse de manera permanente en Jacó y generó demanda por vivienda. Con el crecimiento de la oferta inmobiliaria, el mercado se abrió progresivamente a compradores nacionales de menor poder adquisitivo que el perfil extranjero original, pero que buscan una alternativa de playa más accesible. “Hoy hay familias enteras que se han ido a hacer su vida en la zona”, confirmó el especialista.
Un mercado con más capas
El crecimiento de Jacó no elimina su vocación turística ni convierte a la ciudad en una extensión de San José. Más bien crea una mezcla de mercados: turistas de corta estadía, propietarios de segundas viviendas, nómadas digitales, inversionistas de alquiler vacacional, residentes extranjeros y familias costarricenses que quieren una relación más permanente con la playa.
Esa diversidad puede sostener nuevas inversiones, pero también obliga a desarrollar una oferta más completa y asequible. Para una familia de clase media, la decisión no dependerá solo de si puede comprar un apartamento por menos de $150.000. Dependerá de si puede encontrar educación, transporte, salud, conectividad, comercio y seguridad para construir una vida cotidiana fuera del Valle Central.
El crecimiento residencial también puede abrir espacio para actividades productivas. Elizondo considera que, conforme aumenta la población estable, pueden aparecer empresas y pequeñas plantas productivas que migren desde la GAM o que nazcan en la zona para atender la nueva demanda. Esa dinámica, según su análisis, amplía las oportunidades de empleo local, pero también aumenta la necesidad de contar con mano de obra capacitada.
Para sostener el proceso, será necesario atender servicios básicos e infraestructura. La carretera, la disponibilidad de agua, la conectividad digital, el acceso a servicios bancarios, educación, salud y comercio serán determinantes para que una familia decida instalarse de forma permanente. También será clave la respuesta de las autoridades locales: permisos eficientes, planificación urbana y reglas claras pueden acelerar o frenar la llegada de inversión.
En la actualidad, Garabito aparece en el último lugar general de Costa Rica en el Índice de Competitividad Cantonal. No obstante, en temas como conectividad está en el lugar 26 del país y en dinamismo de mercados aparece en el 36.
Elizondo advierte que Jacó todavía enfrenta retos sociales relevantes, entre ellos inseguridad, desempleo y la necesidad de fortalecer la educación técnica y general. Para que el crecimiento no se detenga, la zona necesitará personal preparado para atender una economía más diversa, que ya no se concentrará únicamente en turismo y actividades de temporada.
El siguiente paso para Jacó será probar si su crecimiento residencial puede convertirse en una ciudad más funcional. Las nuevas cadenas comerciales ayudan a consolidar la percepción de mercado, pero el verdadero indicador estará en la capacidad de resolver los servicios que una familia necesita todos los días.
También hará falta construir una visión compartida sobre el futuro del destino. Elizondo plantea que la municipalidad del lugar, asociaciones de desarrollo, centros educativos, empresas y otros actores locales deberán coordinarse para evitar que intereses dispersos deriven en conflictos, lentitud en las decisiones y un desarrollo desordenado.
La reputación de Jacó será parte de ese desafío. El destino todavía arrastra una imagen asociada con actividades y dinámicas que pueden alejar a familias e inversionistas, como la violencia, el tráfico de drogas y la prostitución. Mejorar la seguridad, fortalecer la convivencia y garantizar que residentes y visitantes puedan movilizarse con tranquilidad serían factores necesarios para elevar el valor de la zona y consolidarla como una ciudad para vivir, además de un destino turístico.
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