El mercado de hospedaje en Costa Rica está experimentando una clara expansión en las opciones diseñadas para largas estadías, aquellas en las que los huéspedes permanecen cinco noches o más en una misma propiedad. Este modelo, impulsado por la creciente presencia de nómadas digitales, turistas médicos, ejecutivos de zonas francas y viajeros que buscan “vivir” el destino más allá de una visita corta, está ganando un papel cada vez más relevante dentro del panorama hotelero nacional.
En la Gran Área Metropolitana, marcas internacionales han comenzado a apostar con fuerza por este segmento. Ejemplo de ello son el Homewood Suites by Hilton, inaugurado en Belén de Heredia en diciembre pasado como la primera propiedad de esta marca en Centro y Suramérica; el Residence Inn Alajuela El Coyol, abierto a inicios de febrero como el segundo hotel de la familia Residence de Marriott en el país, después del ubicado en Avenida Escazú; y el proyecto del Hyatt Place Cariari/Convention Center, actualmente en construcción en las cercanías del antiguo Real Cariari en Heredia, que se prepara para atender a un creciente flujo de viajeros de estadías prolongadas y reforzar así esta tendencia de hospedaje flexible y de alto valor agregado que busca atender necesidades latentes de mercado.
Este concepto no es nuevo en el país, pues inició con la apertura del Residence Inn en Escazú en el 2009, de la mano de la cadena Marriott. Anteriormente a eso, lo más común eran los apartamentos o apartahoteles, pero hoy el concepto ha crecido.
“La larga estadía le va a dar al dueño u operador de hotel un mejor margen operativo, porque van a tener menos checks in y checks outs durante la semana y esto ayuda a optimizar los costos. Ahora hay mercado y una madurez en este segmento”, comentó Daniel Campos, presidente de la Cámara de Hoteles.

Un hogar lejos del hogar
A diferencia del hotel tradicional, las propuestas de larga estadía combinan el confort doméstico con la infraestructura hotelera. Sus habitaciones no solo están equipadas con camas y escritorios, sino también con cocina, sala, lavaplatos, refrigeradora, utensilios y áreas independientes para trabajar o descansar. El espacio también cambia: mientras una habitación estándar ronda los 30 m², las pensadas para largas estadías van de 37 m² a 63 m², ofreciendo mayor sensación de amplitud y privacidad.
Más allá de la habitación, la oferta complementaria es clave. Estos hoteles suelen incluir desayuno diario, gimnasio, piscina, lavandería, salas para reuniones y servicio de limpieza regular, además de conveniencia para hacer compras o comer cerca. Todo se orienta a eliminar la fricción de “vivir fuera” durante semanas o meses, sin sacrificar los estándares de seguridad, limpieza y servicio de una cadena reconocida.
En el contexto costarricense, este fenómeno ha encontrado un ecosistema fértil en los polos industriales, cercanos a zonas francas, sedes de multinacionales. La llegada de compañías extranjeras, especialmente de dispositivos médicos y servicios compartidos, ha generado una demanda constante de especialistas y directivos extranjeros que requieren alojamientos estables por periodos de 15 a 90 días, pero que no desean lidiar con los trámites de un contrato de alquiler residencial convencional.
“Nuestro huésped objetivo es el mercado corporativo de zonas francas de toda el área industrial de El Coyol y sectores circunvecinos, a los cuales debemos enfocarnos en simplificarles sus estadías, teniendo todo lo que requieren a la mano para que puedan descansar después de su día laboral al llegar al hotel”, comentó Nícolas Sandoval, gerente general de Residence Inn Alajuela El Coyol.
“Costa Rica es un destino posicionado, tanto en turismo de ocio como de negocios, lo cual nos brinda una gran oportunidad de seguir captando a esos viajeros que requieren de las facilidades que nuestros hoteles tienen a disposición”, agregó Sandoval.
¿Competencia frente a Airbnb?
Airbnb y otras plataformas de alojamientos no tradicionales fueron una opción natural para quienes buscaban estadías prolongadas con mayor espacio y sensación de vida doméstica. Sin embargo, el segmento hotelero de larga estadía ha dejado de ser un actor secundario para consolidarse como una propuesta de valor estructurada que, si bien comparte el mercado, no compite de forma tan directa con las plataformas digitales.
Esta distinción radica principalmente en el perfil del público al que se dirige: un viajero de larga estancia que no solo busca un lugar donde dormir, sino la combinación de un producto habitacional con un servicio de alto nivel, profesional y estandarizado.
Este pulso entre modelos se redefine según la geografía y los servicios añadidos en el mercado local. Según investigaciones de Colliers para Costa Rica el año anterior, la oferta de alquileres vacacionales en zonas como la Península de Nicoya, el Caribe y el Pacífico Sur llega a cuadriplicar el inventario de hoteles, logrando que se vendan más noches por aplicaciones que por la vía convencional.
No obstante, la hotelería mantiene una solidez estructural basada en la confianza: datos del ICT reflejan que el 69,1% de los extranjeros prefieren hoteles por servicios que el hospedaje privado rara vez iguala, como la seguridad, el respaldo de marca y la alimentación integral. Hacia el cierre de 2024, el inventario hotelero triplicaba al de los alojamientos de corta estancia, consolidando a las plataformas digitales más como una “válvula de escape” estratégica ante el desborde de demanda en temporada alta que como un sustituto del modelo formal.
“El producto hotelero de larga estancia y el alojamiento no tradicional (tipo Airbnb) no son competidores directos en todos los casos, porque tienen ciertas características alineadas con las necesidades y preferencias de los huéspedes. Por su parte, la opción de hotel tiene ventaja principalmente en nichos donde el cliente busca una ‘sensación de hogar’ sin renunciar a estándares: seguridad, limpieza, operación profesional, facturación corporativa y servicios. En ese sentido, la larga estancia es la respuesta ‘hotelera’ al fenómeno Airbnb, que no reemplaza la vivienda turística, pero sí captura un grupo estable de la demanda de estancias medias y largas, especialmente del segmento corporativo y de salud”, detalló Juan Alpízar, director de servicios inmobiliarios de Colliers.
En el caso de los hoteles de playa, el reto es distinto. Muchas de las propuestas de larga estancia se han canalizado hacia villas y residencias privadas dentro de complejos de lujo, con piscinas propias, servicios personalizados y altos niveles de privacidad, un formato atractivo pero todavía limitado a un nicho de alto poder adquisitivo que busca ese nivel de servicio garantizado. La aspiración del sector pasa por trasladar los beneficios de la estadía larga —cocinas equipadas, áreas sociales y servicios integrados— a productos más masivos y accesibles, sin perder la experiencia de estar frente al mar.
Para lograrlo, los hoteles de playa deberán explorar inventarios mixtos que combinen habitaciones tradicionales con estudios o suites con cocina, esquemas tarifarios por semana o mes y alianzas con el teletrabajo y el slow travel. El desafío no es solo competir con las casas y condominios de alquiler vacacional, sino democratizar la larga estancia en la costa: que no sea una experiencia exclusiva de villas de lujo, sino una opción viable para familias, nómadas digitales y viajeros que quieren hacer de la playa su base por varias semanas bajo el respaldo de una marca profesional.
Ubicación estratégica: El eje de la competitividad
La expansión de este modelo no es aleatoria. La reciente apertura y consolidación de proyectos cerca del Aeropuerto Internacional Juan Santamaría y las zonas francas responde a un análisis de movilidad. El viajero actual busca reducir tiempos de traslado en un país conocido por su saturación vial. Al ubicarse a minutos de las oficinas centrales, los hoteles de larga estancia se convierten en centros logísticos para el trabajador moderno.
Mientras que en la capital el motor de crecimiento es el sector industrial y corporativo, en destinos emblemáticos como La Fortuna y el norte del país, hoteles como Arenal Manoa, Nayara Resorts y Origins Astral están redefiniendo la larga estancia bajo un concepto de hospitalidad experiencial que trasciende el alojamiento convencional. Estos complejos han identificado que el perfil del huésped en la montaña es un híbrido entre el nómada digital de alto perfil y el turista de slow travel, un viajero que no busca simplemente cercanía a una oficina, sino la posibilidad de alternar su jornada laboral con momentos de reconexión y bienestar en la naturaleza. Para este segmento, el factor decisivo que posiciona al hotel por encima de plataformas como Airbnb es la certeza y la consistencia operativa; el cliente valora el respaldo 24/7, una conectividad de alta calidad garantizada incluso en entornos remotos y la seguridad institucional que una plataforma de alquileres difícilmente puede estandarizar.
Para responder a esta demanda, las propiedades han evolucionado hacia la flexibilidad absoluta, ofreciendo desde bungalows con oficinas frente al volcán hasta villas de más de 250 m² equipadas con cocinas, piscinas privadas y servicios de lavandería, logrando que el hotel se perciba como un hogar extraordinario. Esta adaptación ha convertido amenidades antes consideradas opcionales, como programas infantiles especializados o menús personalizados, en requisitos no negociables para sostener la vida cotidiana de quienes deciden mudarse al bosque por varias semanas. No obstante, este crecimiento enfrenta desafíos comunes, principalmente la escasez de talento humano calificado, un factor crítico para mantener los estándares de servicio que este público de mayor permanencia y alta expectativa demanda en un mercado cada vez más competitivo.
Incluso el sector turístico de placer se está sumando. El perfil del viajero slow travel, aquel que decide trabajar desde una zona costera o de montaña por un mes, está migrando hacia estos formatos que ofrecen el confort de una casa con acabados de última generación.

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