El lujo en el turismo ya no se mide solamente en metros cuadrados, acabados en las habitaciones, piscinas privadas o tarifas de miles de dólares por noche. En Costa Rica, los hoteles de alta gama venden algo menos visible, pero cada vez más valioso para el visitante: silencio, privacidad, bienestar y acceso controlado a algunos de los paisajes más atractivos del país.
El huésped de alto gasto quiere una experiencia que no pueda reproducir en otra playa, ciudad o resort internacional. Busca dormir aislado en un bosque nuboso, caminar hasta una cascada sin compartir el sendero con multitudes, comer productos cultivados a pocos metros de su mesa, recibir un tratamiento de spa inspirado en el territorio y sentir que alguien anticipó sus necesidades antes de que tuviera que pedirlas.
El Instituto Costarricense de Turismo (ICT) asegura que no existe una categoría estadística específica para el “ultralujo”, por lo que no puede medir de forma diferenciada cuántos visitantes pertenecen a ese segmento, cuánto gastan o cuánto tiempo permanecen. Reconocen que se utiliza más el concepto de “barefoot luxury” (lujo descalzo), un lujo relajado en el que la naturaleza constituye una parte esencial de la experiencia.
Bajo esa lógica, el visitante de alto poder adquisitivo puede combinar villas privadas u hoteles especializados con transporte terrestre de lujo, asistencia VIP en aeropuertos, helicópteros, jets privados, yates, gastronomía y experiencias con familias y comunidades locales. El ICT considera que el ultralujo, en su expresión más extrema, incluye servicios que Costa Rica todavía ofrece de forma limitada o no tiene, como hoteles de siete estrellas, islas privadas, la reserva completa de una atracción para grupos VIP o compras privadas en tiendas de alta moda.
Costa Rica compite con destinos de mayor escala, infraestructura y tradición en el segmento de alto gasto. Sin embargo, su ventaja no está en copiar el modelo de los grandes resorts de playa ni en competir por la mayor cantidad de habitaciones. La apuesta está en combinar naturaleza, sostenibilidad, estabilidad institucional, conectividad aérea, bienestar y autenticidad en una sola experiencia.
El prestigio turístico del país no fue construido únicamente por cadenas internacionales. El ICT recuerda que hoteles boutique, alojamientos ecológicos, operadores de turismo rural, emprendimientos familiares y pequeñas empresas han formado durante décadas la base de la oferta costarricense. La llegada de nuevas marcas de lujo se suma a ese ecosistema, pero no debería desplazarlo.

El lujo se aleja del ruido
Paola Bolaños, directora de mercadeo y ventas de El Silencio Lodge & Spa, en Bajos del Toro, describe al nuevo viajero como alguien que pasó de ser contemplativo a regenerativo. Es un visitante que sigue llegando principalmente desde Estados Unidos, pero que busca bienestar holístico, desconexión, privacidad y una relación más auténtica con el entorno.
En El Silencio, la estadía promedio es de 3,5 días. El gasto del huésped se concentra más allá de la habitación: gastronomía, tratamientos de spa y actividades dentro de la propiedad forman parte de la experiencia. El hotel aprovecha su ubicación en el bosque nuboso de Bajos del Toro, con senderos hacia tres cascadas, recorridos en bicicleta, cabalgatas, jacuzzis privados, villas y residencias de hasta tres dormitorios.
La propuesta ilustra una de las características del lujo costarricense: vender aislamiento sin sacrificar comodidad. El huésped paga por estar lejos del ruido, pero espera que el traslado desde el aeropuerto funcione, que el personal entienda sus necesidades, que la habitación tenga estándares internacionales y que la comida mantenga consistencia, aunque la propiedad esté fuera del Gran Área Metropolitana.
Hideaway Río Celeste Hotel representa otro modelo. La propiedad cuenta con 26 casitas dentro de una reserva privada de unas 80 acres, de los cuales cerca de 90% se mantiene destinado a conservación. Para Gabriela Mora, gerente general de la estancia, el lujo no se define por una tarifa alta, sino por el respeto al tiempo del visitante, la privacidad, el espacio, el servicio personalizado y una vivencia difícil de replicar.
Su huésped proviene principalmente de Estados Unidos y Canadá, con una participación menor del mercado europeo. La estadía media ronda las 2,9 noches y cerca de 60% de las ventas llega desde su propio sitio web.
El atractivo está en el acceso privado al Río Celeste, senderos dentro de la reserva, gastronomía, yoga y tratamientos de bienestar en Prana Spa. La operación no busca llenar la mayor cantidad posible de habitaciones, sino equilibrar ocupación, tarifa, canal de venta y gasto total del visitante sin comprometer la experiencia.
Mora afirma que 97% de los colaboradores procede de comunidades cercanas y que 40% de las compras se realizan a proveedores locales. Parte de los productos naturales usados en tratamientos corporales proviene de emprendimientos de la zona. La propiedad cuenta con certificación de Sostenibilidad Turística nivel Elite, Carbono Neutralidad+, Bandera Azul Ecológica y licencia Esencial Costa Rica.
La pregunta de fondo es cuánto valor permanece en las comunidades después de que el huésped se marcha. Para el ICT, el éxito de un proyecto turístico no se mide solamente por la inversión, el tamaño del hotel o la categoría de sus habitaciones. Debe reflejarse en empleo formal, capacitación, compras a agricultura, pesca, transporte, construcción, mantenimiento, recreación, gastronomía, comercio y otros proveedores del territorio.
Diseñar destinos, no hoteles
La llegada de marcas internacionales y desarrollos de alta gama coincide con una discusión más amplia sobre cómo se diseña el turismo. Para la firma Gensler, Costa Rica debe pasar de construir infraestructura aislada a crear destinos que conecten arquitectura, movilidad, paisaje, cultura, gastronomía, naturaleza y comunidades.
El enfoque parte de una idea sencilla: la biodiversidad por sí sola no garantiza una experiencia memorable. La diferencia está en cómo se organiza el recorrido del huésped, desde que llega al aeropuerto hasta que entra a su habitación, visita una cascada, cena, conoce a un artesano o se desplaza entre diferentes espacios del destino.
Nekajui, a Ritz-Carlton Reserve, en Península Papagayo, es uno de los ejemplos citados por la firma. El proyecto, integrado al bosque seco e inspirado en la herencia chorotega, incorporó más de 60% de su mobiliario, accesorios y equipamiento a partir de artesanos y proveedores de la región. Otros desarrollos, como Botánika Osa Peninsula, Curio Collection by Hilton, y El Bosque, en Nosara, exploran una arquitectura que busca adaptarse a la vegetación y al entorno.
Además de estas propiedades, Costa Rica cuenta con un abanico de opciones para viajeros de alto poder adquisitivo, la mayoría ubicados en Guanacaste. Por ejemplo, destacan los hoteles Four Seasons, Andaz Papagayo, Waldorf Astoria, Nayara, Hacienda AltaGracia, entre otros.
Por otro lado, el portafolio seguirá creciendo, pues en los próximos años llegará al país la marca St. Regis de Marriott International, que estará ubicado en Papagayo, el Maravé Manuel Antonio, de la familia LXR Hotels & Resorts de la compañía Hilton, así como una propiedad más de Nayara, también en la zona de Manuel Antonio en Quepos.
“Costa Rica ya construyó algo muy difícil de conseguir: la lealtad hacia el destino. El siguiente paso consiste en transformar esa afinidad en experiencias que inviten a permanecer más tiempo y descubrir nuevas formas de vivir el país. Para lograrlo, la identidad debe orientar las decisiones de diseño desde el inicio”, afirmó Mauricio Valenzuela, socio y director de Diseño de Gensler Costa Rica.
El potencial de este segmento viene acompañado de riesgos. El ICT advierte que la expansión del turismo de alto gasto debe manejarse con criterios de sostenibilidad para evitar presiones sobre agua, vivienda, infraestructura vial, recursos naturales y comunidades. La sostenibilidad no puede ser un detalle decorativo ni una certificación para exhibir en la recepción: es la condición que permite conservar los paisajes que hacen atractivo al destino.
El verdadero valor del ultralujo en Costa Rica no dependerá del costo de una tarifa por noche: su éxito se medirá en la habilidad para convertir entornos naturales extraordinarios en vivencias auténticas, integrando y respetando siempre a las comunidades locales. A la vez, se presenta el desafío de abrir estas vivencias al público nacional, de modo que no queden reservadas únicamente para el visitante extranjero.

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