Muchos consumidores utilizan la tarjeta de crédito para absolutamente todas sus compras con tal de acumular puntos, millas u otros beneficios. Sin embargo, ¿es recomendable realizar este tipo de pagos cotidianos con plástico?
Para los economistas, el problema radica cuando los montos que se pagan llegan a afectar la liquidez de las familias porque no tienen la capacidad de cancelar la deuda de contado.

Cuando esto ocurre, la estrategia de acumular beneficios deja de funcionar y el plástico se convierte en una de las formas más costosas de financiar el consumo.
Jorge Fernández Salazar, subgerente comercial de la Mutual de Cartago de Ahorro y Crédito (Mucap), explicó que el instrumento ofrece ventajas claras como la seguridad —al no portar efectivo—, la obtención de incentivos y la mejora del historial crediticio de la persona si se usa con responsabilidad.
“La clave es que estos gastos diarios estén contemplados dentro del presupuesto y el saldo se cancele por completo al final del periodo. El uso de las tarjetas permite patear el pago entre 30 o 45 días, según las fechas de corte, y facilita programar cobros recurrentes para evitar la suspensión de un servicio”, destacó.
No obstante, Fernández advirtió que abusar de los planes a “tasa cero” o cuotas sin intereses va sumando pequeños montos que comprometen el presupuesto mensual, lo que puede provocar un impago y la consecuente carga de intereses.
Para Hannia Ramírez, subdirectora de Economía de Universidad Fidélitas, financiar gastos básicos con tarjeta de crédito no debería ser una práctica normal ni permanente en una administración financiera saludable.
“Si una persona necesita recurrir con frecuencia a esta opción para pagar alimentación, servicios públicos, transporte, alquiler u otros gastos esenciales, podría ser una señal de que su ingreso mensual no está alcanzando para cubrir su costo de vida”, destacó.
Agregó que la tarjeta de crédito puede ser útil como medio de pago, para ordenar gastos de corto plazo o para atender una urgencia puntual. Sin embargo, se vuelve riesgosa cuando se utiliza como si fuera ingreso adicional. En realidad, no lo es: es deuda de corto plazo.
Un aspecto adicional que apuntó Ramírez es que existe un riesgo de comportamiento ya que la tarjeta puede generar una sensación ficticia de capacidad de compra.
Si no hay control, la persona puede acostumbrarse a gastar por encima de su ingreso real. En ese punto, el problema ya no es solo el uso de la tarjeta, sino un desbalance entre ingresos, gastos fijos y patrones de consumo.
“Por tanto, sí puede ser razonable usar la tarjeta para gastos básicos bajo tres condiciones: que exista un presupuesto claro, que se pague el total en la fecha correspondiente y que el uso responda a una estrategia de ordenamiento financiero, no a una falta permanente de liquidez. En cambio, no es recomendable cuando la persona depende del crédito para terminar bien su mes, paga solo el mínimo o utiliza una tarjeta para cubrir otra deuda”, destacó.
El riesgo de financiar el día a día
Al no verse reflejado de inmediato el rebajo del dinero en una cuenta bancaria, las personas tienen una mayor facilidad para endeudarse y gastar por encima de sus posibilidades reales, lo que incentiva las compras impulsivas.
Danilo Montero, director general de la Oficina del Consumidor Financiero (OCF), afirmó que las tarjetas no deberían utilizarse para financiar casi ningún gasto, y mucho menos aquellos indispensables para el día a día.

“Los gastos básicos deberían cubrirse prioritariamente con los ingresos de la persona. Si el presupuesto no alcanza, lo que debería dejarse de comprar son los bienes o servicios no indispensables, no recurrir de forma frecuente a financiar gastos básicos con una tarjeta de crédito”, aseguró Montero.
El error del pago mínimo
Pagar únicamente el monto mínimo de la tarjeta es otro error frecuente que señalan los expertos.
Guillermo Gayle, gerente de innovación y medios de pago del Banco de Costa Rica (BCR), recordó que este pago solo cubre una pequeña parte de la amortización y los intereses, lo que puede provocar que la deuda se extienda durante años si no se realizan abonos adicionales.
Gayle agregó que los intereses moratorios comienzan a cobrarse desde el primer día de atraso sobre la porción vencida, y el historial crediticio formal ante las entidades financieras empieza a sufrir afectaciones importantes cuando la mora alcanza o supera los 30 días.
Por su parte, Josué Rodríguez, economista de Sirú Financiero, insistió en que los programas de lealtad o los esquemas de cashback (devolución de dinero) solo generan valor real cuando el usuario es ordenado.
“Si por perseguir puntos o devoluciones la persona termina pagando intereses, multas o comisiones, el programa de lealtad deja de ser un premio y se convierte en un impuesto”, enfatizó Rodríguez, quien recomendó revisar siempre las tasas de interés, las membresías y los topes de acumulación antes de elegir una tarjeta.
Más tarjetas en el mercado
El mercado de dinero plástico en Costa Rica muestra una dinámica de crecimiento en su oferta.
Datos del Ministerio de Economía, Industria y Comercio (MEIC) detallan que el saldo de la deuda con tarjetas de crédito en el país se redujo a ¢1,61 billones al cierre de junio de 2025, lo que significó una baja del 2,39% (¢39.626 millones) respecto al semestre anterior.
Pese a esa reducción en el saldo total adeudado, la cantidad de plásticos en circulación aumentó.
En las carteras de los costarricenses se contabilizan 3.010.639 tarjetas de crédito activas, lo que representa 295.606 más que en el informe previo del MEIC.
La oferta de opciones disponibles para los consumidores también creció, alcanzando los 476 productos diferentes en el mercado.
