Para elegir un fondo de inversión, comparar rendimientos y revisar las tendencias del mercado son un paso clave, pero también depende de una decisión más profunda: el nivel de riesgo que se está dispuesto a asumir para alcanzar una meta financiera.
Esa definición condiciona el resto del camino, pues desde el plazo hasta la composición del portafolio responden a ese punto inicial.
Por ejemplo, una persona que desee hacer crecer su dinero para destinarlo a un viaje en el corto o mediano plazo, en general debería privilegiar instrumentos de menor volatilidad y con alta liquidez.
En estos casos, no suele ser recomendable concentrarse en alternativas que, aunque puedan generar rendimientos más altos con el paso del tiempo, impliquen una mayor probabilidad de fluctuaciones relevantes en el valor de la inversión, porque el horizonte de recuperación es limitado.
En el extremo opuesto, quien tenga como objetivo invertir para una meta de largo plazo, como dejar una herencia o complementar su jubilación, puede valorar con mayor apertura fondos que asuman más riesgo a cambio de un potencial de crecimiento superior. Aquí es más razonable tolerar episodios de caídas en el valor de la inversión, ya que existe más tiempo para que el portafolio se recupere y el efecto de la volatilidad se suavice.
También hay otra diferencia importante: ¿quiere o no recibir el pago beneficios periódicos? Hay fondos que están diseñados para pagar rendimientos cada cierto tiempo (al mes o al trimestre, por ejemplo) y otros en los que no se reciben los frutos hasta liquidar parcial o completamente la inversión.
Para este artículo tomamos como ejemplos los fondos de mercado de dinero, ingreso, crecimiento, inmobiliario y accionario. Representantes del Grupo Financiero Mercado de Valores y Grupo Financiero Acobo explicaron cuál es el nivel de riesgo de cada uno y cómo puede alinearse con sus objetivos
Mercado de dinero
Los fondos de mercado de dinero se ubican en el extremo más conservador de la clasificación al tratarse de una opción que prioriza estabilidad y disponibilidad del capital.
“Tienen un nivel de riesgo bajo, ya que normalmente invierten en instrumentos de corto plazo (bonos, certificados, depósitos en cuenta corriente) que generalmente tienen condiciones definidas (tasa de interés y plazo) y que, por ser activos de corto plazo, el impacto de cambios en las tasas de interés sobre la rentabilidad del portafolio del fondo es mínimo”, explicó Luis Eduardo Gómez, gestor de portafolio de Acobo.
Silvia Jiménez, directora comercial del Mercado de Valores, coincidió en la apreciación de estos fondos como de bajo riesgo, lo que es congruente con “horizontes de corto plazo entre uno y tres años que suelen priorizar opciones líquidas y de bajo riesgo”.
Estos fondos no tienden a pagar rendimientos periódicos, sino que necesita liquidar la inversión.
De ingreso
Al avanzar en la escala de riesgo, los fondos de ingreso incorporan instrumentos de mayor duración, lo que abre la puerta a mejores rendimientos, pero también conllevan más sensibilidad ante cambios económicos.
Para Gómez, esta clasificación posee un riesgo entre alto y moderado debido a su orientación hacia el mediano y largo plazo.
“El fondo de ingreso busca generar flujos constantes de dinero para distribuir periódicamente entre los inversionistas”, comentó.
En este punto conviene recordar un principio general de las inversiones: para aspirar a rendimientos más elevados, suele ser necesario aceptar un mayor nivel de riesgo. No se trata solo de la duración de la inversión, sino también del tipo y la calidad de los activos que componen el fondo y de qué tan sensibles son a factores como las variaciones en las tasas de interés.
Además, pueden realizar inversiones en instrumentos de renta fija (bonos), en instrumentos de renta variable (acciones) o una mezcla de ambos. Esa característica los convierte en una alternativa intermedia entre estabilidad y ganancia, aunque con exposición a variaciones del mercado.
De crecimiento
Los fondos de crecimiento comparten el rango de riesgo entre medio y alto de los de ingreso, pero responden a una lógica distinta.
De acuerdo con Gómez, “se orientan a hacer crecer el patrimonio acumulando y reinvirtiendo las utilidades en lugar de realizar la distribución”.
Es decir, en este tipo de fondos, a diferencia de los de ingreso, el inversionista no recibe su dinero hasta que liquida la inversión o en ventanas previamente definidas.
Esta dinámica implica asumir posibles fluctuaciones en el corto plazo con la expectativa de mayores retornos a futuro, una estrategia que se alinea con metas de mediano y largo plazo.

Inmobiliarios
Los fondos inmobiliarios introducen una lógica distinta al basarse en bienes raíces, lo que reduce la relación directa con los mercados financieros, pero no elimina los riesgos. De hecho, son considerados con un riesgo más alto que moderado.
Detrás de esa clasificación aparecen factores menos visibles como riesgos de desocupación, costos operativos elevados, valoraciones de los activos y condiciones económicas que pueden afectar los ingresos.
Aquí las rentas se pagan periódicamente, por ejemplo, cada mes, según los acuerdos de cada fondo.
A esto se suma una menor liquidez frente a otros instrumentos, ya que muchas de estas participaciones se negocian en mercados secundarios. Es decir, no se puede liquidar la inversión si no se encuentra un comprador. Por ende, son preferibles para objetivos estrictamente a largo plazo.
Accionarios
En el extremo más alto del riesgo se ubican los fondos accionarios, caracterizados por su exposición a mercados internacionales y a la renta variable.
Tal como explicó Gómez, “este tipo de inversiones, si bien podría ofrecer un buen potencial de retorno, también podría presentar caídas importantes al estar sujetas a la volatilidad propia del mercado accionario”.
Su comportamiento depende de múltiples factores, desde tasas de interés hasta eventos globales, lo que los convierte en una opción para perfiles con alta tolerancia al riesgo y horizontes de inversión amplios.
No obstante, más allá de la categoría, los especialistas coinciden en que la decisión de inversión debe responder a objetivos concretos y a una planificación estructurada.
“El objetivo no debe ser seleccionar un instrumento específico, sino construir una estrategia de inversión alineada a las metas patrimoniales. Al distribuir el patrimonio en distintos tipos de instrumentos, mercados y horizontes, no solo se protege frente a la volatilidad, sino que también se aprovechan diferentes oportunidades”, determinó Jiménez.
