Fui a ver el partido inaugural del Mundial a territorio de mexicano, solo que al otro lado del mundo: en Pekín, la cosmopolita capital de China.
La ausencia (merecida) de la Selección de Costa Rica en el torneo global me tenía indiferente al Mundial. He estado más al tanto de las noticias en torno a los problemas que rodean esta competición o las absurdas ganancias que quiere lograr con él su transnacional Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA).
Sin embargo, como el radar periodístico siempre está encendido, algo me llamó la atención. El colega mexicano Emir Olivares (La Jornada) me comentó que iría a su embajada, pues estaban preparando un evento para ver el lanzamiento de la competición y el respectivo partido.
No hubo medias tintas, le pregunté a Emir si aceptaban un periodista extranjero como invitado. Poco tiempo después llegó la buena noticia: sí podía asistir, pero antes tenía que llenar un formulario y acudir a la cita con pasaporte en mano e identificación del medio.
Ver el primer partido de este Mundial Norteamérica 2026 en Pekín representó una preparación importante: la cita era a la 1:00 a. m. y el inicio del partido a las 3:00 a. m.
Como en la casa
Al igual que muchos latinos en Pekín, el inicio del mundial representó estar despiertos a deshoras. Pues bien, acudimos apenas con el inicio de la madrugada a la sede diplomática de los Estados Unidos Mexicanos.
Nos anunciamos al llegar y lo demás fue sencillamente como transportarse a territorio mexicano. Una vez que pasé la reja e ingresé en la sede, ya sabía que no debía preocuparme por sacar el traductor de mi celular.
A mis compañeros y a mi nos recibieron con cordialidad. Sabían que iría, mi nombre estaba en una lista con el detalle de mi nacionalidad. De alguna manera me causó buena impresión ver que no había nada improvisado.
Una vez dentro del salón principal de la embajada era fácil olvidarse de que eran casi las 2:00 a. m. El sitio se llenó con facilidad y rápido llegaron los vítores de unas 200 personas en el lugar.
Había decoración, una botarga de ajolote muy simpática y, desde luego, comida mexicana. Tamales, fresco de flor de jamaica y para mi agradable sorpresa, chocolate caliente. De verdad de que cuando uno va a México siempre come bien.
Desde antes del partido hubo cánticos junto con la inauguración. Llegó el momento de cantar los himnos: imposible dejar de emocionarse al ver a un grupo de gente en el extranjero cantar con orgullo su himno. De paso, vuelve el pesar de saber que Costa Rica no participará.
Fue en ese momento cuando vi uno de los gestos que más me llamó la atención: también de pie se escuchó el canto de Sudáfrica. Escuché gente cantarlo y fue cuando verifiqué que personas de ese país africano también estaban en la embajada.
Jesús Seade, embajador de México en China, confirmó que había invitado a toda la delegación diplomática de Sudáfrica. Narró que, por coincidencia, el anterior representante se había ido y la nueva funcionaria tenía solamente diez días de haber llegado.
Aunque los sudafricanos estaban “de visita”, les reservaron la primera fila. Desde allí se visibilizaba una vuvuzela que cada tanto llenaba el salón con su sonido.
Seade incluso detalló que logró convocar a otros representantes como los de Kuwait, Catar, Austria e Indonesia. De esa manera, la embajada se convirtió en un pequeño Estadio Azteca en el Mundial: la mayoría eran mexicanos, gente de varios países y prensa internacional.
El partido despertó la felicidad y la ansiedad. El gol de ventaja que tenían los de camiseta verde mantenía nerviosos a los asistentes que pedían con gritos otro gol.
El final del primer tiempo llegó, los bocadillos y bebidas mexicanas seguían llegando. El cielo empezó a clarear y en la mesa pusieron las conchas (pan dulce).
La embajadora de Sudáfrica, Dipuo Letsstsi Duba, agradeció públicamente la invitación. El gesto de los mexicanos de invitar a sus oponentes fue llamativo: un acto que se alejaba de la confrontación que se puede ver en un estadio.
Al final, ya en plena claridad de la mañana, los mexicanos en Pekín lograron vivir su fiesta con el triunfo del país que suma tres inauguraciones en la misma ciudad. Pero más allá, yo logré percibir que lo viven plenamente quienes se organizan y hasta tienen tiempo para invitar a otros a su jolgorio.
Lo mejor del espíritu deportivo, y quizás de lo que el Mundial pretende ser, lo viví lejos de la FIFA. Fue porque China me brindó su hospitalidad y porque México fue cordial y amable al dejarme participar de su fiesta.
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El Financiero está en China por cortesía del gobierno de la República Popular China.