Las parcelas recién aradas a los lados de la ruta hasta la finca en Los Sitios, a pocos kilómetros de Tierra Blanca de Cartago, y el camino —primero de asfalto, luego de lastre y al final de tierra— estaban resecos pese a que llovió en la madrugada del martes 19 de mayo pasado.
“No habíamos tenido lluvias en días, pero lo que cayó en la noche es insuficiente”, dice Marvin Leitón Sánchez, uno de los fundadores de Inversiones Hermanos Leitón, que comercializa cebolla, papa y zanahoria en supermercados de Costa Rica.
Las nubes cruzan sobre el valle y la ciudad de Cartago. Más arriba, cubren el cráter del volcán Irazú, a siete kilómetros en línea recta desde la finca donde su hermano Edgardo y otras siete personas arrancan el almácigo de la cebolla para luego trasladarla a otra parcela.
“Estamos trabajando desde las cuatro de la madrugada”, cuenta Edgardo.
Ambos están a cargo de la finca en Los Sitios y de un centro de acopio, éste último ubicado a unos 700 metros de la iglesia y del parque de Tierra Blanca.
Al igual que sus otros dos hermanos, Michael y Juan Carlos, se dedican a la agricultura desde que salieron del colegio, a finales de la década de los 90, impulsados por las enseñanzas de su abuelo, Juan, y de su padre, también de nombre Marvin.
Los jóvenes tuvieron, además, la oportunidad de aprender de otros campesinos de la zona, en una comunidad donde es habitual asociarse para cultivar una parcela o ayudarse si alguno tiene problemas para colocar la producción en el mercado.
En Tierra Blanca, Marvin dice que hay unas 1.200 familias dedicadas a la producción agrícola.
La larga temporada de caída de la agricultura, según los datos del Banco Central de Costa Rica (BCCR), duplicó las dificultades. El año 2026 tampoco será fácil, con el fenómeno climático de El Niño, con altas temperaturas y precipitaciones intensas que afectan las siembras.
Pero nadie renuncia en la familia Leitón.
Herencia familiar
Desde muy jóvenes, los cuatro hermanos Leitón se dedicaron a la agricultura, dominante en la zona y donde no abundan las oportunidades laborales en otras actividades. No solo eso.
El empleo en el campo tampoco es estable, pues depende de los ciclos de cultivo y cosecha, de las condiciones climáticas, de las enfermedades de los cultivos y del vaivén de la demanda y de los precios.
En algunas ocasiones sembraron en terrenos alquilados junto con otros campesinos como socios. En otras trabajaron como peones en las parcelas de agricultores vecinos. De todos aprendían.
El desarrollo de las cadenas de supermercados abrió una oportunidad diferente a las que tuvieron sus mayores.
Edgardo, con 19 años entonces, y Marvin, con 18, se conectaron a la nueva tendencia. Alrededor del año 2000, empezaron a vender sus productos a la cadena de la Corporación de Supermercados Unidos (CSU), dueña de los Más X Menos y los Palí en esa época.
Con CSU primero, luego con Walmart (que adquirió a esa cadena) y con Automercados (otra cadena a la que suplen en la actualidad) aprendieron sobre buenas prácticas agrícolas, planificación, preparación y comercialización de los productos.
El volumen de producción les permite brindar empleo a familiares y a personas vecinas, en especial mujeres. El trabajo de siembra de la cebolla es muy artesanal y de cierta precisión. Cada semilla debe colocarse manualmente a una buena distancia de la siguiente, con el objetivo de que la cebolla tenga espacio para crecer dentro del suelo.
Para el acopio de los productos, al inicio contaban con una pequeña bodega construida por su padre, don Marvin. Luego ellos la acondicionaron poco a poco con recursos propios y de la familia.
“Mi abuelo (don Juan) nos prestó la plata”, dijo Marvin. “Se la devolvimos después. Le correspondimos trabajando mucho. Siempre hubo personas que nos brindaron una mano”.
La bodega se hizo pequeña y no dio abasto. Eso los llevó a construir unas instalaciones más grandes en 2015, el actual centro de acopio.
Ahí el olor a cebolla envuelve a un grupo de personas que trasladan las cajas y colocan su contenido en una larga banda transportadora, donde las revisan y las eligen antes de que las lleven a los supermercados.
Las instalaciones fueron construidas con capital propio. El financiamiento recibido por Banca para el Desarrollo, a través de BAC, se utilizó en compras de semillas y abono, así como en la certificación. El BAC también les brinda acompañamiento.
Edgardo y Marvin se enfocaron en desarrollar el centro de acopio y mantener sus cultivos en la finca Los Sitios, mientras Michael y Juan Carlos están a cargo de sus propias parcelas.
Don Marvin, Marvin y Edgardo constituyeron Inversiones Hermanos Leitón formalmente en 2017, con Michael y Juan Carlos como “socios externos”.
En 2025 fue la empresa elegida por Costa Rica —junto a otras cinco empresas de Centroamérica y Panamá— como ganadora del premio Pyme Positiva del BAC. Esta es una iniciativa que reconoce a los emprendimientos inspiradores que impulsan el desarrollo económico, social y ambiental de sus comunidades.
Y la iniciativa lo es. Mantenerse en la actividad agrícola no es fácil. “Son muchos los factores que afectan”, dice Marvin mientras conduce hacia la salida de la finca.
A los fenómenos climáticos y los retos de apoyo institucional (tanto técnico como de financiamiento), se suman los ciclos del mercado, de la demanda y del precio. La situación en el 2025 fue difícil, igual a la actual.
El esfuerzo de los hermanos Leitón no solo es para generar empleo en la comunidad. También la nueva generación de su propia familia, de cinco sobrinos, está descubriendo otras oportunidades más allá del campo, estudiando diferentes carreras universitarias.
“Como a nosotros nos ayudaron, nosotros queremos seguir esa cadena”, dice Marvin. “Ahora vamos para el fenómeno de El Niño, que dicen viene bastante fuerte”, advierte.
¿Y cómo lo enfrentarán? Hay que prepararse, cuidar el agua, mantener la humedad de la tierra con el sistema de riego, reutilizarla en el centro de acopio para lavar las papas y no tener pérdidas en la cosecha ni desabastecimiento. Renunciar no está en su pensamiento.
Saliendo de la finca, hay siembras de remolacha que ayudan a balancear los ingresos. Y de nuevo hay que detener el vehículo hasta que un viejo y flaco caballo de color café oscuro se haga a un lado del polvoriento camino.
—Se llama Serafín— dice Marvin. —Tiene 27 años con nosotros y hemos hecho todo para que tome más cuerpo.
—¿Ya no trabaja?
—Claro que sí. Todavía nos ayuda a arar la tierra. También usamos unos bueyes y el chapulín.
Más adelante se pasa en medio de una pequeña arboleda. Al pasar por el portón de la finca, reaparece al fondo la ciudad de Cartago. También, al otro lado de los cerros entre San José y la Vieja Metrópoli, se ven Desamparados y Aserrí.
Es inevitable pensar que allá, de seguro, muchos consumidores compran todos los días las enormes cebollas sin saber que proceden, entre otras, de esta zona que se desliza en las laderas del Volcán Irazú.
