Por décadas, Costa Rica fue sinónimo de un tipo particular de diplomacia: relativamente silenciosa, multilateral, moderada y orgullosamente neutral. Fue ese perfil el que permitió a un país pequeño, desarmado y sin ejército proyectarse como actor creíble en la escena internacional, mediar en conflictos regionales y sentar jurisprudencia en organismos de derechos humanos. Cuatro años de gobierno de Rodrigo Chaves Robles dejaron ese modelo con fisuras.
Algunos pilares resistieron. Otros se quebraron. Y uno —la presencia presidencial en la Asamblea General de Naciones Unidas— simplemente desapareció, con el mandatario presumiendo de ello al final de su período.
Lo que se mantuvo en pie
El primer indicador de continuidad fue el discursivo. La Cancillería se esforzó por preservar la narrativa histórica del país. El canciller Arnoldo André representó a Costa Rica en cuatro sesiones consecutivas de la Asamblea General de la ONU, donde el país siguió abogando por la democracia regional, el multilateralismo, el combate al crimen transnacional y la regulación de la inteligencia artificial. La participación en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en la Corte Penal Internacional y en la OEA continuó sin interrupciones.
El país también mantuvo su tradición de apoyar candidaturas de ciudadanos costarricenses a cargos en organismos internacionales. En marzo de 2026, el gobierno presentó formalmente la postulación de Rebeca Grynspan a la Secretaría General de Naciones Unidas para el período 2027–2031.
También se preservó el perfil ambiental de la diplomacia costarricense. Costa Rica siguió participando en foros climáticos internacionales y el canciller André asistió a la Conferencia de Seguridad de Múnich y a reuniones bilaterales con la Unión Europea, donde se conmemoró el 40 aniversario de las relaciones bilaterales. Nada de esto resulta especialmente llamativo, pero sirve como evidencia de que la infraestructura diplomática del país —su red de embajadas, su cuerpo de funcionarios de carrera, su participación en foros multilaterales— se mantuvo operativa.
Los quiebres estructurales
Al mismo tiempo, en los últimos cuatro años se registran una serie de decisiones que, sumadas, configuran el mayor giro en la política exterior costarricense en varias décadas.
El primero fue gradual, pero inequívoco: el alineamiento con la agenda de la administración de Donald Trump. A diferencia de las alianzas estratégicas que Costa Rica había mantenido históricamente con Washington —sólidas pero con autonomía relativa—, el gobierno de Chaves adoptó una postura de seguimiento activo y sistemático de las directrices del ejecutivo estadounidense. La señal más temprana fue la exclusión de Huawei y otras empresas chinas del proceso de licitación de redes 5G, mediante un reglamento técnico que estableció como requisito haber suscrito el Convenio de Budapest sobre ciberdelincuencia —del que China no es signataria—. En febrero de 2025, durante una reunión en San José con el secretario de Estado Marco Rubio, Chaves ratificó explícitamente ese compromiso.
El alineamiento se materializó también en la migración. El 23 de marzo de 2026, Chaves firmó con la enviada especial Kristi Noem un Memorando de Entendimiento que permite a Estados Unidos deportar hasta 25 personas por semana a Costa Rica. Para completar el cuadro, en marzo de 2026 Chaves participó junto a los presidentes Noboa, Bukele y Milei en la Cumbre Escudo de las Américas, convocada en Miami bajo el paraguas político de la Casa Blanca.
El otro giro mayor fue el cierre práctico de la embajada en Cuba. El 17 de marzo de 2026, Chaves anunció que Costa Rica cerraba su representación en La Habana y solicitaba el retiro del personal diplomático cubano de San José, manteniendo únicamente funciones consulares. El lenguaje utilizado fue más propio de una proclama ideológica que de un comunicado diplomático: el presidente declaró que Costa Rica “no reconoce la legitimidad del régimen comunista de Cuba” y que era necesario “limpiar al hemisferio de comunistas”.
En abril de 2026, el Consejo de Seguridad Nacional declaró como organizaciones terroristas a Hamás, Hezbolá, la Guardia Revolucionaria de Irán y el movimiento hutí Ansar Allah. La medida fue aplaudida por el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y representó otro quiebre con la tradición de Costa Rica de abstenerse de declaraciones unilaterales de esa naturaleza.

China y Naciones Unidas
La relación con China merece capítulo aparte. Desde que en 2007, el presidente Óscar Arias sustituyó el reconocimiento de Taiwán por el de la República Popular China, Pekín había sido un socio privilegiado. El gobierno de Chaves no rompió esa relación formalmente, pero la deterioró.
La exclusión de Huawei provocó protestas diplomáticas formales de la Embajada china, que rechazó la “discriminación” basada en “riesgos inexistentes”. Pero el episodio más revelador fue en junio de 2025, cuando cinco funcionarios de la Dirección de Inteligencia y Seguridad (DIS) viajaron a Taiwán para recibir una capacitación en seguridad nacional, en lo que China calificó como una violación directa del principio de “una sola China” y del Comunicado Conjunto firmado por ambas naciones en 2007. El canciller André reconoció el agravio e intentó encauzar la relación, pero el episodio dejó en evidencia la dirección de los vientos.
El episodio más llamativo de la diplomacia Chaves no fue una decisión, sino una ausencia. El presidente se convirtió en el primer mandatario costarricense en no asistir ni una sola vez a la Asamblea General de la ONU en sus cuatro años de gobierno.
Lo más revelador no fue la ausencia en sí, sino la respuesta al ser confrontado por ello al final de su mandato: Chaves dijo que “hizo lo correcto”, que la ONU tiene problemas de desempeño y que prefirió destinar su agenda a asuntos más útiles para el país. La paradoja es perfecta: en marzo de 2026, ese mismo gobierno presentaba la candidatura de Rebeca Grynspan a la Secretaría General del organismo que por cuatro años ignoró.
Así, el gobierno de Chaves preservó la infraestructura diplomática del país y parte de su discurso histórico, pero redefinió sus alianzas y rompió con la neutralidad que había sido marca registrada de la política exterior costarricense desde la Guerra Fría. Costa Rica pasó de ser la “Suiza de Centroamérica” —mediadora, neutral, multilateralista— a un actor con una posición geopolítica definida, alineada con Washington y dispuesta a tomar decisiones de alto impacto retórico.
Lo que queda por resolver es si esto se trató de un paréntesis o del inicio de un cambio permanente en la forma en que este pequeño país de América Central se relaciona con el mundo.
