Laura Fernández Delgado no llegó a la Presidencia de la República como una figura predestinada, ni como un liderazgo carismático de larga data. Lo hizo después de una trayectoria casi siempre silenciosa, construida dentro del Estado y acelerada bruscamente en los últimos dos años, al calor del poder y la popularidad de Rodrigo Chaves.
Su victoria de este 1.° de febrero, con un 48% de los votos, fue el desenlace de un proceso político que combinó disciplina técnica, lealtad sin fisuras, y una estrategia electoral muy sólida, basada más en el continuismo chavista que en cualquier otra propuesta.
Mucho antes de convertirse en presidenta electa, Fernández fue estudiante aplicada, burócrata del Mideplán, asesora legislativa, candidata a diputada, funcionaria municipal y ministra de gobierno; ese último rol fue decisivo. Desde el Ministerio de Planificación, y luego desde el Ministerio de la Presidencia, Fernández dejó de ser una funcionaria de bajo perfil y pasó a ocupar un lugar central en el engranaje del presidente Chaves y gabinete.
La defensa de los proyectos más controvertidos del gobierno, su alineamiento con el discurso del mandatario y el respaldo explícito que obtuvo por parte del mismo la transformaron, en cuestión de meses, en la figura más visible y confiable del continuismo; que buscaba candidato o candidata para intentar un segundo mandato, ante la imposibilidad de la reelección continua.
La campaña que llevó a Fernández a Zapote fue deliberadamente conservadora. Evitó debates, redujo su exposición a escenarios adversos y apostó por no cometer errores forzados, mientras se presentaba como la única garantía de continuidad del gobierno mejor valorado por los electores en los últimos años, según los estudios de opinión.
Más que una contienda convencional, la candidatura de la nueva presidenta se construyó como un plebiscito sobre la gestión de Rodrigo Chaves y no confrontó, no innovó discursivamente, ni prometió giros abruptos. Se limitó —con total éxito— a no desentonar.
El camino de Laura Fernández se puede leer como una sucesión de episodios que se combinaron, sin un guion alguno, para hacerla presidenta. Así trazó su camino a Zapote la nueva inquilina de la Casa Presidencial.
Los siete actos
Primer acto. La estudiante aplicada
Quienes conocieron a la nueva presidenta en su juventud aseguran que era una estudiante aplicada. Asistió al colegio privado Los Ángeles, en La Sabana, y posteriormente estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Costa Rica (UCR).
Todavía siendo estudiante, dio los primeros pasos hacia el Ministerio de Planificación (Mideplán), donde empezó su trayectoria pública.
Fue asistente de Roberto Gallardo, quien era profesor universitario, quien fue reclutado en la segunda administración de Óscar Arias para coordinar una comisión de Reforma del Estado en 2007. Ese vínculo le permitió trabajar con él más adelante, cuando fue designado como jerarca de Planificación en el propio gobierno de Arias y, más tarde, también en la de Laura Chinchilla.
“Era muy diligente”, recordó Gallardo en entrevista con el Semanario Universidad. “Muy cumplida con lo que se le pedía y más”, añadió.
Desde entonces, Fernández construyó una trayectoria casi íntegramente dentro del Estado: obtuvo una plaza en propiedad dentro del Mideplán y pasó una década alternando cargos técnicos con permisos para tareas políticas, siempre lejos del foco público.
Segundo acto. La asesora política
Fernández finalmente obtuvo su plaza en el Ministerio de Planificación en 2013. Sin embargo, pasó más tiempo fuera que dentro de esa cartera desde entonces, más interesada en el trabajo político.
Sus primeros pasos en esa dirección los dio de la mano del exdiputado Mario Redondo, quien ya había sido congresista del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) a inicios de siglo y se preparaba para regresar en 2014 al Congreso como único legislador de su nuevo partido político.
Consultado por EF, Redondo explicó que había conocido a Fernández por su trabajo en la comisión de reforma del Estado, y que confió en ella porque notó un trabajo “serio” y “responsable” de su parte. “Eso me llevó a proponerle que fuera jefa de mi despacho en la Asamblea”, recordó.
Durante esos años, su perfil fue el de una funcionaria eficaz y metódica, más asociada al trabajo técnico que a la confrontación política. Apenas empezaba un largo camino.
Tercer acto. La candidatura del 2018
Mario Redondo fue una figura clave para Fernández en su vida política. No solo fue asesora legislativa del exdiputado entre 2014 y 2018, sino que también le acompañó como candidata a la vicepresidencia y a una diputación por el Partido Alianza Demócrata Cristiana al final de aquel período.
Aquel fue su primer gran intento por llegar a un puesto de elección popular, aunque ahora mismo casi nadie lo recuerde, y el resultado fue adverso.
Mario Redondo y su PADC apenas recibieron un 0,6% de los votos válidos por la Presidencia; y Fernández se quedó varios miles de votos por debajo del mínimo requerido para ser diputada por San José.
Luego de aquella derrota, Fernández también decidió integrar el equipo económico de Fabricio Alvarado, quien avanzó de forma inesperada a la segunda ronda por la Presidencia en aquel año.
No obstante, la elección definitiva la ganó el expresidente Carlos Alvarado y Fernández quedó fuera del juego político de manera definitiva.
Cuarto acto. Los cuatro años intermedios
Aquella derrota, sin embargo, no marcó un final para la carrera política de Fernández, sino un impasse.
Regresó por dos años al Mideplán, donde siempre conservó su plaza, pero volvió a marcharse en 2020.
Una vez más, lo hizo para acompañar a Mario Redondo en nuevas tareas.
Redondo recién había ganado la alcaldía de Cartago y reclutó de nuevo a Fernández como una asesora de confianza.
Esa etapa parecía un nuevo período de estabilidad, pero no lo fue. Terminó abruptamente, con las publicaciones sobre el caso “Diamante”, relacionadas con presuntas irregularidades en la gestión de obra pública municipal.
Aquel episodio hizo que Redondo se tuviera que apartar momentáneamente del cargo y Fernández terminó siendo destituida, bajo la acusación de haber extraído documentos relacionados con ese expediente. La supuesta sustracción fue denunciada penalmente, pero la causa terminó siendo desestimada poco después.

Quinto acto. La ministra inesperada
La salida de Fernández de la Municipalidad de Cartago fue inesperada, pero clave para que terminara llegando al gobierno del presidente Rodrigo Chaves.
Por aquel entonces, el mandatario recibía currículos para conformar su gabinete y Fernández fue considerada para dirigir el Mideplán.
La politóloga estaba embarazada cuando el presidente la entrevistó por primera vez y, tras asumir el cargo, debió ausentarse por algunos meses debido a su licencia de maternidad.
Su embarazo no fue un obstáculo para que Chaves la designara en el cargo, algo que ella ha agradecido públicamente en varias ocasiones.
Fernández llegó al Mideplán con el más bajo de los perfiles y para eso basta revisar las grabaciones de 2022, cuando el presidente Chaves presentó a su primer grupo de ministros designados.
El mandatario apenas dedicó una breve bienvenida al mencionar la designación del Mideplán, al finalizar el listado; a diferencia de otros anuncios de los que dijo “enorgullecerse” o sentirse “complacido” como Joselyn Chacón, en Salud; Álvaro Ramos, en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS); o Manuel Tovar, en Comercio Exterior (Comex).
Sexto acto. El salto a la escena
El rol de la persona que ocupa el Mideplán usualmente pasa desapercibido. Pero ese no fue el caso para Laura Fernández.
El detonante fue el impulso de la “ley jaguar”: un proyecto de ley que el presidente Rodrigo Chaves intentó promover por la vía del referéndum a mediados de 2024, y cuya conducción le encargó a la ministra.
La iniciativa pretendía modificar la fiscalización por parte de la Contraloría General de la República (CGR), entre otras cuestiones.
Defender aquel proyecto puso los focos sobre Fernández y la llevó al centro de los actos públicos de la Presidencia como defensora del mandatario.
Para personas que habían trabajado con ella antes califican ese momento como un antes y un después para la nueva presidenta: la técnica discreta se convirtió en una figura combativa, alineada sin matices con el discurso del presidente y dispuesta a confrontar con quien fuera necesario para llevar adelante su proyecto político.
A partir de entonces, Fernández vivió los seis meses frenéticos como parte del gabinete.
El proyecto “jaguar” no prosperó por problemas de constitucionalidad, pero Fernández se convirtió en una de las voces más reconocidas del Poder Ejecutivo, asumió el Ministerio de la Presidencia por la salida de Natalia Díaz, y empezó a posicionarse como una candidata natural para el continuismo.
El respaldo del presidente a Fernández fue explícito y constante, hasta el punto de que llegó a protegerla públicamente frente a cuestionamientos de la prensa y a proyectarla como una de las figuras centrales de su proyecto político.
Séptimo acto. La candidatura sin competencia
Su designación como candidata a la Presidencia por parte del gobierno, sin embargo, no fue siempre una certeza.
El oficialismo tenía claro que su estrategia para las elecciones de 2026 sería lanzar a una candidatura de confianza; pero siempre intentando capitalizar la alta popularidad del presidente Rodrigo Chaves, cuya gestión es vista positivamente por seis de cada 10 costarricenses, según las encuestas del CIEP-UCR.
Lo que no estaba definido era quién encarnaría ese mandato.
Otros ministros viables como Luis Amador o Natalia Díaz salieron prematuramente del gobierno, y Mauricio Batalla renunció al mismo tiempo que Fernández —para buscar una candidatura, según se presumía—; sin embargo, abandonó cualquier ambición política tras conocerse que enfrentó denuncias por abuso sexual en el pasado reciente.
Finalmente, Fernández quedó como única precandidata potable para el Partido Pueblo Soberano (PPSO), y fue ratificada poco tiempo después sin oposición alguna.
La diputada Pilar Cisneros, una de las voces más prominentes dentro del oficialismo, había reconocido dudas sobre la candidatura de Laura Fernández. A veces se le dificultaba “concretar ideas sencillas”, había dicho; pero luego terminó respaldándola.

La victoria definitiva
De aquel momento en adelante, las dudas se disiparon y Fernández solo tuvo que convencer al electorado de que un eventual gobierno suyo sería la continuidad del proyecto chavista. Para ello, la exministra no solo basó gran parte de su campaña en reforzar su vena continuista, sino que incluso le abrió la puerta al presidente Chaves para que pueda ser parte de su nuevo gabinete, si quiere.
Dicho ofrecimiento lo reiteró este 2 de febrero, solo un día después de ganar las elecciones presidenciales, en una entrevista con Repretel.
El oficialismo sabía que enfrentaba un escenario muy favorable para buscar un segundo mandato consecutivo, y entonces enfrentó la campaña con mucha confianza.
La situación se parecía a la de un equipo de fútbol que iba ganando y solo quería mantener su ventaja, llegó a describir el politólogo Ronald Alfaro, cuando todavía estaba en marcha la contienda. A Fernández no le hacía falta meter más goles, sino seguir jugando, y eso hizo.
Para minimizar cualquier riesgo, la exministra rechazó debates, redujo al máximo su exposición a cuestionamientos y priorizó visitar territorios alejados del centro del país, algo que le hizo afianzar su ventaja.
A El Financiero, por ejemplo, no le abrió un espacio en su agenda para una entrevista uno a uno durante la campaña.
Hubo quienes cuestionaron esas decisiones, pero las encuestas y la votación final demostraron que no se había equivocado.
Los estudios de opinión documentaron que ninguna otra candidatura creció tanto como la oficialista —que pasó de un 25% a 40% de apoyo entre decididos a votar en solo cuatro meses—, y el respaldo final en las urnas terminó acercándose al 50%.
Como si eso fuera poco, el PPSO además consiguió 31 diputaciones: un hecho que le dará mayoría absoluta en el Congreso para llevar adelante reformas estructurales y la agenda económica que el chavismo dejó pendiente. Ahora podrá hacerlo sin la incertidumbre (pero también sin las excusas) de cualquier bloqueo opositor.
Como un elemento inusual, justo a pocas semanas de iniciar su nueva labor el 8 de mayo, Rodrigo Chaves la nombró como ministra de la presidencia para que coordine el gabinete.
Así construyó su camino hacia Zapote la nueva presidenta, Laura Fernández. Un camino largo hacia una victoria inapelable.
