Stefano Scarpetta está sentado en un sillón dentro de un hotel en Escazú. Es el primer día de dos jornadas intensas del Foro Global de Productividad de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), entidad de la cual es economista jefe desde abril de este año. Hay dos temas que acapararán las participaciones de Scarpetta entre el 6 y el 7 de noviembre —ambos con potenciales distópicos, pero que el italiano todavía ve con optimismo—: la inteligencia artificial (IA) y los cambios demográficos.
Aunque se aleja de visiones apocalípticas, no ignora los riesgos: entiende que hay un escenario en el que la IA agrava las ya delicadas desigualdades mundiales. Por eso, considera que debe plantearse una cultura de revisión permanente. “Siempre debemos revisar si esta tecnología es buena o no para nosotros, los humanos”, dice.
Esta transformación digital ocurre al mismo tiempo en que se tensa la geopolítica mundial: los conflictos en Medio Oriente, las fluctuaciones del comercio internacional y los fenómenos climáticos hacen que organizaciones como OCDE barajen múltiples riesgos de escala global al mismo tiempo.
Sobre Costa Rica, agrega, puede hablar poco debido a que la OCDE está en proceso de redacción del nuevo informe de perspectivas para el país.
A continuación, un extracto de la conversación con el economista jefe durante su visita al país sobre la IA, la incertidumbre internacional y los impactos de los cambios demográficos en la economía.
El último informe de perspectivas mundiales de OCDE advierte que si los rendimientos de la inversión en IA no alcanzan las expectativas del mercado, podría desencadenar una reevaluación de los activos financieros. ¿Qué tan significativo es el riesgo de una “burbuja de valoración de la IA” para la estabilidad financiera global en general? ¿Estamos hablando de una burbuja del tamaño de las “puntocom” o del tamaño de la burbuja inmobiliaria?
No creo que sea como la burbuja de las puntocom. La diferencia es que, hasta hace poco, gran parte de las enormes inversiones en IA por parte de las “Siete Magníficas” se financiaban con sus propios ingresos. En los últimos años hemos visto que también se han endeudado de manera significativa. Si, en efecto, esta enorme inversión de $1,3 billones para finales del 2028 o 2029 no recibe el tipo de rendimiento que el mercado espera, puede haber un ajuste de precios.
¿Qué tan probable es? Es decir, el mercado espera altos rendimientos porque esta es una nueva tecnología de propósito general. Vemos que la difusión continúa y, por supuesto, la pregunta clave es si la IA se utilizará masivamente en todos los sectores de la economía o no. No se trata solo de la producción de modelos de IA, sino de que realmente sea utilizada por toda la economía. Si esto se materializa, esta enorme inversión tendrá un rendimiento y la burbuja no estallará.
¿Es usted más optimista o más pesimista sobre el futuro de la IA?
Hay riesgos significativos. Lo que hemos estado aconsejando a los países es que identifiquen las barreras para la adopción e intenten eliminarlas; creo que esto es algo muy importante. Una de las barreras es, de hecho, las habilidades. Hemos realizado varias encuestas a empresas preguntándoles por qué no utilizan la IA de forma más amplia. En 2022, antes de los modelos de lenguaje de gran escala, una de las razones era el alto costo en ese momento. Ahora ese costo ha disminuido drásticamente en comparación con el rendimiento, pero las habilidades se han convertido en uno de los factores principales. No hablo de que la gente se convierta en experta digital en IA, sino de contar con las habilidades digitales mínimas para poder utilizar la tecnología.
¿Cómo pueden los formuladores de políticas evitar que la IA amplíe la brecha de productividad entre los países de altos ingresos con grandes centros tecnológicos y las economías en desarrollo?
Existe el riesgo de que incremente aún más la brecha entre los trabajadores y empresas que pueden dominar muy bien esta tecnología —en general, las grandes empresas y los trabajadores altamente cualificados— y todos los demás.
Ahora bien, la IA y la IA generativa son muy diferentes debido a sus capacidades. Básicamente, realizan algunas tareas cognitivas de muy alta o bastante alta cualificación. Al mismo tiempo, pueden potenciar las capacidades de los trabajadores con un nivel de habilidad intermedio, no solo a aquellos con un nivel muy alto.
Por lo tanto, tenemos potencialmente dos escenarios ante nosotros. Uno es que esta tecnología continúe contribuyendo a esta desigualdad en términos de calidad del empleo, productividad, salarios y desempeño productivo entre las empresas que dominan la tecnología y todos los demás. O bien, con un uso generalizado de la tecnología, algunas personas con un nivel intermedio de habilidades y empresas con un nivel tecnológico medio pueden beneficiarse más, porque básicamente pueden usar esta tecnología para realizar tareas que son altamente cognitivas o muy desarrolladas. Pero se necesita contar con trabajadores que posean el nivel mínimo de habilidades digitales y, además, habilidades puramente humanas como el pensamiento crítico y la innovación; cosas muy propias de los humanos en las que la tecnología en sí no es particularmente buena. Así que necesitamos invertir mucho en capital humano y en el marco bajo el cual la tecnología se despliega en las empresas.
A medida que la IA transforma los requisitos de habilidades en todos los sectores, ¿qué políticas urgentes del mercado laboral deberían implementar los gobiernos para evitar el desempleo estructural durante esta transición?
Si se cree que la tecnología puede potenciar las capacidades de los trabajadores —no solo de los de alto nivel, sino también con nivel intermedio—, lo que necesitan es un nivel mínimo de habilidades digitales. De ese modo podrán trabajar con la tecnología de manera efectiva: entender qué producen estas herramientas y qué produce la IA, ser capaces de interrogar a los modelos de lenguaje de gran escala, ser críticos con el material que obtienen de ellos y poder procesarlo realmente. Porque si se piensa que esta es una tecnología que simplemente se conecta a la red eléctrica y de repente la productividad de la empresa mejora, eso no es lo que va a suceder.
Realmente se necesita personal capacitado para trabajar con la tecnología. Puede que haya que reorganizar la forma en que funciona la empresa para integrar la tecnología dentro de los procesos; ahí es donde se ve la mejora en la productividad.
Creo que los gobiernos tienen, por un lado, que asegurarse de que se respete la privacidad, que los trabajadores estén informados y que haya explicabilidad sobre por qué y cómo se utiliza la tecnología, mientras que al mismo tiempo capacitan a los trabajadores. Creo que es importante brindar orientación a las pequeñas y medianas empresas que tienen mucho miedo de usar la tecnología porque ven el riesgo: si algo sale mal, ¿quién es el responsable? Las grandes empresas tienen un departamento legal enorme, pero las pequeñas no, por lo que corren el riesgo de quedarse atrás, y creo que hay formas de abordar ese problema.
Por ahora, las IA más populares son los modelos de lenguaje (LLM), que solo predicen la siguiente palabra a la hora de responder, todavía no piensan. Cuando lleguemos al punto en que la IA pueda reemplazar a trabajadores más especializados y las empresas puedan aumentar su valoración sin crear empleos, ¿qué deberíamos hacer y qué tan cerca estamos de eso?
No creo que estemos cerca, pero es absolutamente una preocupación legítima que debemos considerar. El principio que establecimos para las políticas públicas fue: primero, que sea confiable; segundo, centrada en el ser humano. Por lo tanto, siempre debemos revisar si esta tecnología es buena o no para nosotros, los humanos. Todas las revoluciones tecnológicas han destruido empleos y creado otros nuevos, y esta no va a ser la excepción. No podemos pretender que la tecnología no provocará la destrucción de ciertos tipos de puestos de trabajo. La cuestión es si, al mismo tiempo, estamos creando nuevos empleos. El efecto neto, hasta ahora y según los datos que tenemos, no es negativo, pero debemos monitorearlo. Todavía no estamos en el punto en que la tecnología sea inteligente en el sentido estricto del término.
Entonces ahora es el momento de evaluar esto antes de que se vuelva más peligroso.
Es difícil pensar que, si se hacen las cosas bien, un modelo de lenguaje de gran escala pueda hacerlo todo. Me refiero a que un humano tiene que estar ahí, incluso en las firmas de abogados, donde hay mucha discusión sobre los jóvenes que ingresan y solían realizar cierto tipo de trabajo como revisar casos y ahora ya no lo hacen. Alguien sigue ahí para revisar lo que se le pide a la IA y el valor que genera.
Pero se necesita la voluntad de los líderes. Si un empleador se mueve puramente por ganancias y ve que prescindir de un humano no hace ninguna diferencia en el resultado final, ¿deberíamos fijar límites sobre lo que se permite hacer?
Absolutamente. Pero por otro lado, si se piensa en el directivo, incluso si se ve obligado a buscar la maximización de beneficios, también le preocupa legítimamente que las cosas salgan mal. Si toma una decisión basándose únicamente en lo que sugiere un modelo de lenguaje, esto podría estar equivocado; podría ser una alucinación. Esto tendría repercusiones en la reputación de la empresa y en sus resultados. Así que creo, y no quiero ser ingenuo en absoluto, que hasta cierto punto hay una toma de conciencia de que existen riesgos asociados al uso ciego de la tecnología.
¿Quién debe liderar el camino en la regulación de la IA?
Hay diferentes países con distintos enfoques, pero la mayoría está estableciendo directrices para las empresas. En Europa tenemos la Ley de IA de la Unión Europea (EU AI Act), que se basa en un conjunto de regulaciones aplicables a todos los países miembros. Así que, en cierta medida, creo que los diferentes países, a su manera, son conscientes de algunos de los riesgos y están trabajando con las empresas para crear lo que llaman marcos de contención o líneas de salvaguarda.
¿Cree que gigantes como Estados Unidos o China deberían estar haciendo más al respecto?
Creo que esa reflexión se está llevando a cabo, al menos en Estados Unidos. Sabemos mucho menos sobre China, que está siguiendo modelos diferentes en cuanto al desarrollo de la IA, aunque se está poniendo al día muy rápidamente. Están trabajando más con un modelo de código abierto que cuesta mucho menos y están más especializados, mientras que Estados Unidos se centra más en modelos generales. Es un tipo de diferenciación interesante entre ambos enfoques, pero sabemos menos sobre el tipo de marco regulatorio que está utilizando China.
¿Estamos entrando en una era de mayor incertidumbre jurídica debido al auge de líderes populistas?
Es difícil de decir. Creo que debemos recordar que hemos estado viviendo un período en el que pasamos de un impacto a otro: la crisis financiera global, la crisis del Covid, el primer impacto energético con la invasión rusa de Ucrania y luego el segundo impacto energético. Es decir, grandes perturbaciones. Y, al mismo tiempo, grandes transformaciones: la transformación digital y los cambios demográficos. Por lo tanto, suceden muchas cosas a la vez y hay cierto grado de ansiedad en la población. Una respuesta son las soluciones fáciles que han propuesto los partidos populistas; la otra es trabajar realmente para garantizar que se apliquen políticas bien pensadas. Ahí entra el rol de las organizaciones, de la prensa, para discernir cuáles son las buenas prácticas.
Con la política de “Estados Unidos primero” de Donald Trump, ¿están perdiendo impulso el nearshoring y el friendshoring en el continente?
Es difícil de decir. El arancel efectivo ha aumentado un poco, pero sigue estando en un promedio del 10% entre los países. Creo que una preocupación no es solo el nivel de los aranceles, sino la incertidumbre sobre dicho nivel. Siento que eso es algo en lo que incluso Estados Unidos coincide porque esa evolución crea mucha incertidumbre sobre la inversión. Usted siempre quiere saber a qué precios compite. La evolución de las políticas de comercio es una fuente de preocupación.
¿Van a ser las empresas más cautas sobre dónde y cuándo invertir?
Es difícil de decir, depende de las políticas. Una cosa que probablemente hemos estado subestimando es la capacidad de las empresas en todo el mundo para adaptarse y ajustarse.
¿De qué herramientas disponen los formuladores de políticas, especialmente en economías pequeñas y abiertas como Costa Rica, para impulsar la productividad en tiempos de gran incertidumbre?
Costa Rica, al igual que otros países, tiene un sector privado muy fuerte que atrae inversión extranjera directa y está compuesto por empresas orientadas a la exportación, y luego está el resto de la economía. Hasta cierto punto, encontramos una dualidad similar en otros países. Creo que una de las políticas consiste en intentar eliminar las barreras para difundir la mejora de la productividad de las empresas que están en la vanguardia hacia el resto, promoviendo la innovación, fomentando la entrada y salida de nuevas empresas, y facilitando la expansión de negocios prósperos que a veces se ven limitados por la regulación.
En esta época de grandes cambios demográficos, ¿estamos viendo el fin de la idea del crecimiento económico infinito?
Hemos visto en las economías maduras que el crecimiento potencial se ha desacelerado hasta cierto punto. Un país como Costa Rica está creciendo más rápidamente porque se está poniendo al día. ¿Nos dirigimos hacia un período de decrecimiento? No lo creo. Los cambios demográficos son grandes en Costa Rica, en mi propio país, Italia, y en muchos otros; pero debemos recordar que no estamos aprovechando todo el talento potencial que tenemos en nuestras economías. En Costa Rica la tasa de empleo aún es muy baja. Todavía hay potencial para aumentarla (además de aumentar el empleo femenino), y esto puede compensar en gran medida los cambios demográficos. Además, debemos recordar que la economía global sigue expandiéndose en términos de población; aún no estamos disminuyendo.
