Economía y Política

Daniel Ortega y Vladimir Putin involucran a Costa Rica en tensiones indeseadas

Un reciente decreto ratificado en Nicaragua permite el ingreso de tropas rusas a su territorio. Analizamos si esto implica una amenaza militar para Costa Rica. O para Estados Unidos. “Es hora de que Rusia despliegue algo poderoso más cerca de EE. UU.”, dijo una celebridad oficialista de Moscú.

La ratificación legislativa en Nicaragua de un decreto para permitir el ingreso de tropas, naves y aeronaves rusas a su territorio, fue informada en Rusia casi como un acto de guerra. Solo ese hecho encendió las alarmas de potencias occidentales y es un recordatorio a los países vecinos –incluida Costa Rica– de que vive en una Centroamérica convulsa, permeada por la influencia de potencias mundiales en disputa, y que podría entrar en conflicto si se avivan aún más las tensiones entre ellas.

“Si los sistemas de misiles americanos pueden alcanzar distancias cercanas a Moscú desde el territorio de Ucrania, es hora de que Rusia despliegue algo poderoso más cerca de territorio estadounidense”, advirtió el 9 de junio, en tono serio, la presentadora y comentarista política Olga Skabeeva en la televisión oficialista de la antigua república soviética, al respecto del decreto nicaragüense. Posteriormente, autoridades rusas intentaron aplicar ‘paños fríos’ sobre sus palabras, pero la relación política y militar entre el Kremlin y el Carmen (barrio en Managua donde vive la familia de Daniel Ortega y Rosario Murillo; su esposa y vicepresidenta del país) es de larga data.

Si bien la posibilidad de una intervención militar rusa o nicaragüense que afecte a Costa Rica, a Estados Unidos o a cualquier otro país occidental en este preciso momento parece extremadamente improbable, el país sí podría sufrir si se acrecienta el conflicto geopolítico en ciernes. Rusia y China muestran un hambre renovada de poder, uno con tintes más militares que el otro; pero el discurso retador contra Occidente no se detiene y eleva su tono, según advierten especialistas.

Ya durante la Guerra Fría (1947-1991), que implicó la última gran lucha por el orden hegemónico mundial, Centroamérica se vio sumergida en una época de gran inestabilidad regional y de guerras internas en los años ochenta; y ahora que Rusia levanta la mano de nuevo, y muestra su displicencia a las amenazas de Occidente en Ucrania, su cercanía con Nicaragua genera todavía más ruido.

América Central todavía se considera parte del “patio trasero” de Estados Unidos y su vida comercial sigue fuertemente ligada a la superpotencia norteamericana, pero Rusia reivindica sus lazos con el territorio nica y China estrecha sus lazos comerciales con países como El Salvador y Panamá.

Esta situación ubica a Centroamérica en medio de una pintura de conflictos geopolíticos entre potencias, según opinan analistas internacionales consultados, y Costa Rica es una gota en ese lienzo, quiera o no quiera serlo.

Las autorizaciones para ingreso de tropas rusas son más o menos frecuentes en Nicaragua, aunque se conoce poco de ellas y menos aún de sus resultados. Sin embargo, el más reciente decreto de permiso aprobado por el Congreso nicaragüense a inicios de junio, por instancia del presidente Daniel Ortega, fue informado por los medios oficiales rusos con una fuerza inusitada.

La amenaza se transmitió en televisión estatal rusa, pero puede tener diferentes tintes según desde qué ángulo se mire.

Es extremadamente improbable que en el corto plazo la relación militar ruso-nicaragüense derive en implicaciones de fuerza bruta en contra de Costa Rica o cualquier país vecino, según coinciden analistas internacionales como Carlos Murillo y Constantino Urcuyo.

Entre otras razones, ellos mencionaron que Costa Rica actualmente no es objetivo militar de peso por ningún motivo, que Rusia tiene una presencia y un interés todavía limitado en América Latina, y que una intervención de ese tipo sería absurda para los intereses políticos y comerciales de Nicaragua; pero el clima de estabilidad mundial invita a pensar también en el futuro.

“En lo inmediato yo no veo nada”, dijo el diplomático Urcuyo, de ascendencia nicaragüense. “¿Pero qué pasa si se acrecientan los roces en el resto del mundo y se extienden acá?”, se preguntó.

Si se toma en cuenta el deseo expreso de Rusia de reclamar mayores espacios de influencia y las malas relaciones ticas con Nicaragua, el escenario es más complicado.

Rusia reclama una mayor influencia en el mundo y eso ha quedado claro con la invasión en Ucrania: el último paso en la escalada expansionista rusa entre los territorios del Mar Báltico al Mar Negro, del cual todavía no se percibe una salida clara.

“Este decreto”, según Urcuyo, “significa que nos meten en el marco de la rivalidad entre las grandes potencias”. “Nosotros en la guerra de los años ochenta decíamos que ‘las potencias ponían las armas y nosotros los muertos’ y, aunque hoy no estamos en ese momento, la realidad es que para Costa Rica la injerencia rusa trae ese conflicto de otro lado del mundo para meterlo a la región, con la complejidad de Daniel Ortega, su partido y su estado-partido”, añadió.

Urcuyo ve difícil una invasión ruso-nicaragüense a Costa Rica incluso en condiciones de lucha mundial en el mediano y el largo plazo; pero es consciente de que la relación costarricense con Daniel Ortega siempre ha sido enrevesada e impredecible, y de que las tensiones limítrofes con Nicaragua han sido un tema recurrente en las relaciones bilaterales con ese país.

Carlos Murillo, sin embargo, piensa que el flanco más abierto para un conflicto en Costa Rica depende más de las tensiones entre las grandes potencias y de si ven o no un interés mayor en la zona.

Para el director del Observatorio del Desarrollo de la Universidad de Costa Rica, Costa Rica sí podría quedar inmersa en algún riesgo mayor de defensa si Rusia, China o Estados Unidos ven algún riesgo en el control del Canal de Panamá ante un conflicto más duro; o si se reanima el interés de desestabilizar la zona con movimientos de inteligencia. Nada de eso es imposible y, para el especialista, la prueba es la crisis centroamericana de los años ochenta.

Rusia y China son potencias retadoras y en auge, con un recurso militar y de inteligencia muy fuertes. Además, su cercanía de los últimos años y su forma más o menos común de entender el desarrollo mundial son un factor a tomar en cuenta. De hecho, Murillo considera que ha sido un error a nivel mundial ignorar que los rusos todavía disponen de un ánimo dominante, como el que tuvo la Unión Soviética, y que recién hasta ahora se ve con más fuerza en Ucrania.

Al deseo de poder ruso y chino se suma un factor adicional en la región centroamericana: el descuido estadounidense de la zona.

Esa desconcentración, sumada a la cercanía de Daniel Ortega con Vladimir Putin para legitimar su régimen de facto, dejó el escenario servido para una mayor presencia rusa (y también china) en el Istmo.

Todo esto pone en aprietos a Estados Unidos y abre la teoría de que Centroamérica podría entrar en una fuerte disputa eventualmente, según explicó Urcuyo.

“Los gringos van a tener que adaptarse a un nuevo contexto hemisférico que no habían imaginado. Trump descuidó esto, los demócratas habían hablado de una relación meramente comercial y sin ayudas con la zona, y todo ello habla de un ‘patio trasero’ descuidado que otros han aprovechado. Los chinos lo hicieron comprando minerales y demás, y los rusos armando de manera relativa a ejércitos como el de Venezuela, y fortaleciendo a Cuba y a Nicaragua”, resumió.

En ese contexto es que entra el recordatorio ruso de que tiene un ‘brazo amigo’ en el territorio nicaragüense. Más que una amenaza realmente dura en la actualidad, puede más bien interpretarse como una advertencia en el largo plazo: la influencia que alguna vez tuvo en la zona sigue ahí y, llegado el momento, si se avivan las tensiones, podría implicar un factor de peso.

Por ahora Rusia centra su atención en Europa del Este y China ha optado por ganar influencia en términos comerciales. Sin embrago, la potencia asiática es la segunda fuerza militar más grande del mundo (en términos de presupuesto, soldados y aviones; no en términos de ojivas nucleares) y ahora mismo las potencias se rearman.

Los más recientes informes del Instituto Internacional para la Investigación para la Paz de Estocolmo (Sipri) incluso advierten sobre señales de freno a la desescalada nuclear de los últimos 35 años.

“Todos los estados con armas nucleares están aumentando o mejorando sus arsenales y la mayoría está agudizando la retórica nuclear y el papel que juegan las armas nucleares en sus estrategias militares”, dijo Wilfred Wan, director del programa de Armas de Destrucción Masiva de SIPRI, en un comunicado recién publicado este 13 de junio.

Él calificó la situación como “una tendencia muy preocupante” en la que se destacan Estados Unidos y Rusia, cuyos ejércitos poseen un 90% de las armas de ese tipo.

Las relaciones de Rusia con Nicaragua son un ligamen de larga data y que ha aumentado sus tintes militares en los últimos años.

Las relaciones se consolidaron desde la época de la Guerra Fría, pero han recibido un nuevo aire con la venia de Daniel Ortega. Él, asediado de legitimidad, ha visto en Vladimir Putin y su nación un fuerte respaldo; mientras que los rusos han encontrado un apoyo nada despreciable para sus tareas expansionistas de las últimas décadas en Georgia, Crimea y Ucrania.

Además, Nicaragua ofrece un espacio de influencia que Rusia no quisiera perder en América Latina: una región en la que tiene pocos pero estrechos lazos, justo en los linderos de Estados Unidos.

En años recientes Rusia ha dado a Nicaragua hasta 50 tanques de guerra y 12 sistemas de defensa antiaérea, entre otros materiales, lo cual ha sido calificado como “cooperación internacional” por el gobierno nica, ante el beneplácito de su ejército. Pero personas con conocimiento militar de Nicaragua han advertido que la cuenta podría estarse saldando con otra especie favores, en el mayor hermetismo posible.

Rusia también instaló una base satelital en la localidad nicaragüense de Nejapa (suroeste de Managua) y una planta de entrenamiento policial contra el narcotráfico en Las Colinas (sur de Managua); sin embargo, se sabe más bien poco de sus alcances reales y una hipótesis en el ambiente es que podrían estar sirviendo como una estructura de inteligencia en América Latina.

Según explicó el especialista en defensa nicaragüense Roberto Cajina en una reciente entrevista con el periodista Fernando Chamorro, publicada por Confidencial, de esos espacios apenas se sabe que fueron construidos y son operados por personal ruso que ya está presente en la región más allá de la existencia o no de decretos para el ingreso de tropas; pero no existe registro fidedigno de sus operaciones ni de sus logros.

Un artículo del periódico La Prensa de Nicaragua, publicado en 2016, también recogía el escepticismo de otras fuentes militares nicaragüenses sobre el supuesto apoyo desinteresado de Rusia.

“Las donaciones por parte de Rusia a Ortega de trigo, autobuses y sobre todo de tanques y otros armamentos no son gratis, de alguna manera se deben cobrar”, comentaba por entonces el general en retiro Hugo Torres, poco antes de convertirse en preso político de Daniel Ortega y morir en febrero de este año.

Hay más dudas que respuestas en este ámbito.

2016 | La Laguna de Nejapa, en Managua, es donde Rusia estaría construyendo una base terrena para el control de su sistema satelital Glonass, según Telcor. Foto: LA PRENSA / Fabrice Le Lous.

Rusia calificó las reacciones de Occidente ante el anuncio sobre el decreto nicaragüense como exageradas este mismo mes de junio. El director del Departamento de América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexandr Schetínin, intentó bajar el tono al asunto y afirmó a la agencia Interfax –según registró EFE– que las críticas sobredimensionan el decreto nicaragüense con su “revuelo”, tratándose de “una decisión que el Gobierno ratifica cada año y que permite a ese país desarrollar la cooperación con distintos estados, no solo Rusia, y en diversos ámbitos”.

Entre las reacciones a las que hacía alusión Schetínin estuvieron las de altos representantes de Estados Unidos y de los países vecinos de Nicaragua, Costa Rica y Colombia.

En una entrevista para la cadena Deutsche Welle, el subsecretario de estado norteamericano Brian Nichols afirmó ver en la autorización nicaragüense un acto de “provocación”, en plena guerra en Europa del Este; mientras que el presidente Rodrigo Chaves afirmó en un acto de atención a la prensa, en nombre de Costa Rica, que veía “con preocupación que vecinos empiecen a construir una fuerza militar al otro lado de la frontera”. Iván Duque, presidente saliente de Colombia, también mostró su preocupación en el marco de la última Cumbre de las Américas.

Constantino Urcuyo considera que quizás sería más simple y menos preocupante analizar el decreto nicaragüense como un hecho aislado, pero realmente no lo es. “No hay nada nuevo en esa relación entre Rusia y Nicaragua, y justamente por eso creo que no hay que ver esto como el decreto de ahora, sino como una presencia rusa continuada en este siglo”, acotó.

Carlos Murillo, por su cuenta, recordó que si las tensiones mundiales se acrecientan, la presencia rusa podría dejar a Costa Rica en una zona de conflicto muy incómoda, con el Canal de Panamá por debajo de sus fronteras y Nicaragua por arriba.

“Si esto no se entiende en términos de inteligencia y del trabajo no militar de los servicios secretos, estamos poniendo a Costa Rica en indefensión”, observó Murillo. “Recordemos que en Costa Rica no tenemos ejército y el TIAR (el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) no existe en términos prácticos. Eso ya quedó demostrado cuando la expresidenta Laura Chinchilla dijo esperar el respaldo de Estados Unidos en Calero y ni siquiera hubo respuesta de Washington”, añadió.

Todo, sin embargo, depende de qué pase con las tensiones mundiales en los próximos años. Pero más allá del simple decreto ruso-nicaragüense, lo único claro para Costa Rica y la región es que Ortega sigue poniendo a Nicaragua del lado ruso y que la presencia militar de esa nación es una realidad en territorio centroamericano. Esa situación despierta señales de alerta en el descuidado ‘patio trasero’ estadounidense.

Josué Alfaro

Josué Alfaro

Periodista de la sección de Economía y Política de El Financiero. Graduado de la carrera de Ciencias de la Comunicación Colectiva con énfasis en Periodismo de la Universidad de Costa Rica.

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