Rodrigo Chaves dejó la Presidencia el 8 de mayo, pero no la primera línea del poder. Cuatro meses después, el exmandatario se ha convertido en una figura central de la administración de Laura Fernández, con un papel que va mucho más allá de dirigir dos de los ministerios más importantes del Gobierno.
Chaves explica la política económica, coordina acciones del Ejecutivo y participa recurrentemente en controversias que desbordan sus carteras. En las conferencias y actos públicos, incluso ha retomado una función que marcó sus cuatro años como mandatario: la de principal polemista del oficialismo.
Su protagonismo, sin embargo, convive con una jerarquía que ambos se esfuerzan por dejar clara. Chaves llama a Fernández “mi jefa”, habla de cumplir sus “órdenes” y somete decisiones a su visto bueno. La presidenta, por su parte, rechaza que exista un gobierno bicéfalo y reivindica su autoridad como mandataria, aunque sigue llamando “presidente” al exmandatario.
Cuatro meses después del traspaso de poderes, ambas dinámicas conviven en una relación inédita para Costa Rica, que a veces genera disonancias. Exploramos el papel que ha asumido realmente Chaves en los primeros cuatro meses de la administración Fernández Delgado.

Casi siempre aparece, y con peso
Chaves ha tomado la palabra en 11 de las primeras 15 conferencias semanales de la administración Fernández Delgado, entre el 20 de mayo y el 2 de septiembre de este 2026. Además, ha tenido un rol particularmente visible en otros actos públicos, incluidas las giras del Ejecutivo a Guanacaste y Limón.
Solo los ministros de Justicia y Seguridad, Gabriel Aguilar y Gerald Campos, han intervenido en proporciones similares, en medio de una agenda gubernamental marcada por las discusiones sobre inseguridad ciudadana.
La comparación, sin embargo, tiene una limitación importante. Solo mide si cada persona habló o no en una determinada conferencia. No mide cuánto tiempo ni sobre cuáles temas.
Ahí aparece una diferencia cualitativa importante. Ministros como Aguilar y Campos suelen intervenir para presentar resultados o responder a preguntas sobre asuntos de sus carteras, como también ocurre con otros jerarcas. Chaves, en cambio, puede recibir la palabra para explicar un asunto fiscal y terminar interviniendo durante varios minutos sobre controversias políticas que trascienden sus dos ministerios. Incluso puede tomar la palabra varias veces en una misma conferencia.
Su particularidad no está solamente en cuánto aparece, sino en el espacio que ocupa cuando lo hace.
Dos ministerios
Una parte de esa amplitud tiene una explicación institucional.
Como ministro de Hacienda, Chaves tiene competencias naturales sobre el presupuesto, los impuestos, la deuda, el gasto público, la evasión, el contrabando y la política fiscal. Como ministro de la Presidencia, además, tiene responsabilidades de coordinación política y relación con la Asamblea Legislativa, entre otras cuestiones.
Es difícil imaginar dos carteras que, juntas, otorguen un radio de acción más amplio en el Poder Ejecutivo. Buena parte de las intervenciones de Chaves durante los primeros meses de Gobierno, especialmente sobre las medidas fiscales anunciadas en junio y en julio, pueden explicarse por esas responsabilidades.
Pero no todo.
Para Ronald Alfaro, politólogo del Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica (CIEP-UCR), la particularidad de Chaves no solo está en su acumulación de funciones. Costa Rica ha tenido jerarcas con más de un cargo relevante en el pasado, pero ninguno era expresidente inmediato.
“No es cualquier pieza de ajedrez. Es una pieza recargada”, afirmó Alfaro. “Ser exmandatario”, agregó, es “una condición muy, muy, muy potente”.

Técnico, coordinador y polemista
Esa particularidad también se refleja en los distintos papeles que Chaves desempeña frente al micrófono.
A veces aparece como técnico, especialmente cuando explica cuestiones de impuestos, presupuesto, evasión, deuda u otros asuntos económicos. En otras ocasiones actúa como coordinador político, al referirse a proyectos de ley, conversaciones con diputados o gestiones propias del Ministerio de la Presidencia. También aparece como ejecutor de decisiones de Fernández: ha dicho que recibe “órdenes” de la mandataria y hasta llegó a declararse como un “feliz mensajero” cuando ella le encargó llevar proyectos de ley al Congreso.
Pero Chaves desempeña además una función menos habitual para un ministro y que ya fue característica de su Presidencia: es un vocero transversal y el principal polemista del gobierno.
En esos momentos no se limita a explicar decisiones correspondientes a sus carteras, sino que interviene en controversias políticas, cuestiona a adversarios, menciona por nombre a funcionarios y dirigentes, utiliza ironías y calificativos, y desarrolla posiciones sobre asuntos que afectan al Gobierno en su conjunto.
En ocasiones, es la propia Fernández quien le asigna ese papel. El 2 de septiembre, después de que la presidenta de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), Mónica Taylor, respondió a una consulta sobre una resolución de la Sala Constitucional, Fernández le pidió a Chaves que ampliara la respuesta “desde el enfoque político”.
Chaves cuestionó entonces las intenciones de la Sala, vinculó su resolución con la próxima reelección de magistrados y terminó preguntándose públicamente quién lidera la oposición al Gobierno: “¿El Poder Judicial o (el diputado del Frente Amplio, José María) Villalta?“.
Alfaro cataloga a Chaves como “el principal agitador” de la administración Fernández. Para el politólogo, mantener ese protagonismo también puede contribuir a consolidar una identidad política chavista y un proyecto “de más largo plazo” en el que Chaves no puede simplemente “abandonar esa posición de protagonismo”.
El enfrentamiento con el Poder Judicial ofrece el ejemplo más claro. Aunque Hacienda tiene un papel evidente en la discusión sobre el presupuesto del sistema de justicia, Chaves interviene además sobre el fiscal general, Carlo Díaz; la magistrada Patricia Solano; el presidente de la Corte, Orlando Aguirre; decisiones judiciales; reelecciones de magistrados; y el funcionamiento general del aparato de justicia.
El 26 de agosto, una pregunta dirigida a Fernández y Chaves sobre el presupuesto judicial y la eventual continuidad de Orlando Aguirre al frente de la Corte produjo una amplia respuesta del exmandatario contra distintos jerarcas judiciales. Al terminar, Chaves preguntó a Fernández si quería añadir algo y la presidenta cerró con un comentario mucho más breve.
La dinámica no necesariamente supone que Chaves dispute el espacio de Fernández. En ocasiones ocurre justamente lo contrario: la presidenta fija o respalda una posición, mientras que su ministro la desarrolla, la endurece o la personaliza, en cualquier orden.

“La jefa”
Ese protagonismo puede alimentar la imagen de un gobierno de dos cabezas. Sin embargo, las mismas conferencias muestran una jerarquía pública consistente.
Chaves reconoce reiteradamente la autoridad de Fernández. El 3 de junio dijo que no adelantaría detalles del plan fiscal hasta recibir “el visto bueno” de la mandataria; el 24 de junio habló de una “orden” suya que debía ejecutarse “con vigor”, y el 22 de julio dijo trabajar con “enorme lealtad” a “su jefa”.
Las expresiones cambian —“visto bueno”, “orden”, “mi jefa”—, pero describen públicamente la relación en una misma dirección: Fernández decide o autoriza; Chaves ejecuta, desarrolla o responde.
Podría tratarse, al menos en parte, de una representación deliberada. Chaves conoce los cuestionamientos sobre su poder dentro del Gobierno y tiene razones para subrayar su subordinación, pero la jerarquía no aparece únicamente en sus palabras, sino también en las de Fernández.
Este 2 de septiembre, después de que el ministro de Seguridad advirtió sobre la falta de vehículos policiales, Fernández le encargó a Chaves revisar los automotores asignados por el Instituto Costarricense sobre Drogas a distintas instituciones y pasarle un informe en un plazo de una semana.
Frente a las cámaras, al menos, el reparto de papeles resulta claro.
Libertades concedidas
La jerarquía, sin embargo, no explica por sí sola cómo funciona la relación. Fernández también concede a Chaves un margen de actuación que parece excepcional dentro de su gabinete.
Una entrevista publicada por El País mostró hasta dónde puede llegar esa tolerancia.
Fernández rechazó que exista un “gobierno bicéfalo” y reivindicó su autoridad, diciendo que “la presidente de la República soy yo”. Pero cuando le preguntaron si para ella representaban un problema las expresiones de Chaves contra sus críticos —incluido llamar “caballos” a algunos de ellos—, respondió que sí y luego se mostró permisiva.
El periodista le recordó que ella es la jefa de Chaves y Fernández lo confirmó, pero explicó que al expresidente le “pasa por alto” esas actitudes debido a la magnitud de su contribución al país. Según dijo, coincide “por el fondo” con el 99,9% de esas manifestaciones, aunque pueda discrepar en la forma.
La respuesta resume una parte importante de la relación: Fernández reivindica su autoridad, pero también reconoce que decide tolerarle a Chaves conductas que considera problemáticas porque valora su aporte y comparte sus posiciones.

Poder propio
Pero no todo el espacio que ocupa Chaves depende de cuánto Fernández decida concederle.
El exmandatario llegó al gabinete con poder político propio: fue presidente hasta mayo, fundó y es figura central del movimiento que llevó al poder a Fernández y terminó su administración con un respaldo popular inusualmente alto.
La propia Fernández reconoce esa ascendencia. En su entrevista con El País le preguntaron si apoyaría una reforma constitucional para que Chaves pueda buscar nuevamente la Presidencia en 2030 y respondió que consideraría esa posibilidad.
Después fue más lejos. Si Costa Rica hubiese permitido la reelección consecutiva en 2026, dijo, “sin lugar a duda, quien sería presidente de la República hoy sería Rodrigo Chaves y no yo”.
Para Ronald Alfaro, ese antecedente no le resta méritos propios a Fernández, pero sí forma parte de las circunstancias políticas dentro de las que debe ejercer su liderazgo. Tener dentro de su gabinete a un exmandatario con ese peso, explicó, la obliga a “maniobrar” de una manera distinta.
Los números ayudan a dimensionar esa particularidad.
Fernández ganó ampliamente las elecciones de 2026, con un 48% de los votos válidos, equivalentes a una tercera parte del padrón electoral, pero Chaves dejó la Presidencia con una aprobación del 64% de la población encuestada, según el CIEP-UCR.
Esa realidad de doble poder político se evidenció también en el último estudio de opinión de ese centro académico, publicado este 9 de septiembre. El informe de resultados de la encuesta dice ver “continuidad” en la valoración presidencial, pues un 64% dice valorar positivamente a la nueva mandataria al mismo tiempo que un 64% considera que Chaves tiene “mucha influencia” sobre sus decisiones.
Los datos describen un fenómeno relevante que el CIEP describe como una especie de “presidencialismo dual”: Fernández posee el mandato electoral y la autoridad constitucional, pero Chaves conserva un alto capital político que no depende enteramente de ella. “El liderazgo y la toma de decisiones”, redactaron los investigadores, “no se percibe como concentrados”.
El capital político tampoco se puede leer únicamente hacia el pasado. Chaves continúa presentándose como una figura de largo plazo dentro del movimiento político que lleva su apellido y en una reciente entrevista televisiva aseguró que podría dedicar los próximos “12, 16 o 20 años” a impulsar su visión del país, con la aspiración permanente de gobernar con una supermayoría en el Congreso.
Un “presidente” en el gabinete
La superposición entre los papeles anteriores y actuales de ambos todavía se filtra, ocasionalmente, en el lenguaje.
El 2 de septiembre, después de una extensa intervención de Chaves, Fernández le respondió: “gracias a usted, presidente”. Advirtió inmediatamente el lapsus, pero su explicación resultó más reveladora.
“Yo le sigo diciendo presidente. Siempre lo voy a respetar como el gran presidente que fue y me honra que forme parte de mi equipo de trabajo”, señaló, y luego añadió que Chaves todavía la llama “ministra” de vez en cuando.
No es la primera vez que ocurre una confusión semejante. Los episodios han sido comunes en actos de gobierno y entrevistas televisivas, tanto por parte de Chaves y Fernández como de entrevistadores y terceros.
Ninguno de esos episodios demuestra que exista confusión real sobre quién ejerce la Presidencia en un plano legal, pero sí ilustra cuán extraño es el caso chavista. Chaves ocupa hoy una posición subordinada dentro de un equipo de Fernández, pero todavía conserva el trato y el peso simbólico de cuando estaba al mando y la presidenta era ministra.
Fernández fue jerarca de Planificación y de la Presidencia durante el gobierno de Chaves, hasta que abandonó su cargo en enero de 2025 para asumir la candidatura presidencial. Luego de resultar electa en febrero, regresó a las órdenes de Chaves en los meses previos al cambio de mando.
A partir del traspaso, la jerarquía se invirtió de forma inmediata.
¿Dos cabezas?
Todo esto no basta para afirmar que Costa Rica tenga un gobierno de dos cabezas.
Ronald Alfaro considera que cuatro meses siguen siendo un período “muy inicial” para clasificar la relación. “Habrá que ir precisando bien a qué se parece esto”, indicó.
Hasta ahora no se ha observado públicamente una diferencia importante de criterio entre Fernández y Chaves que permita analizar qué ocurre cuando sus posiciones chocan, por lo que “preferiría ser un poco más cauteloso todavía”.
Las conferencias y los demás actos públicos tampoco permiten saber qué pasa cuando Fernández y Chaves hablan en privado, ni quién consigue imponerse en una eventual disputa, pero sí permiten observar cómo ejercen y representan públicamente su relación.
La población hasta el momento parece percibir una especie de “presidencialismo dual”, indicó el CIEP al describir los resultados de su último estudio de opinión. Un 64% de los costarricenses considera que Chaves tiene “mucha” influencia sobre Fernández y un 21% adicional dice ver “alguna” influencia (85% entre ambos grupos).
La jerarquía es explícita y repetida en los actos públicos: Fernández es la presidenta y Chaves la llama su jefa; pero la excepcionalidad del caso también lo es. Chaves ocupa dos de los ministerios más poderosos, interviene recurrentemente sobre asuntos que desbordan sus responsabilidades directas y conserva un capital político propio innegable.
Fernández no parece ignorar la situación, sino que la reconoce, le abre espacio y hasta la reivindica.
Cuatro meses después del traspaso de poderes, Chaves se comporta públicamente como un subordinado de Fernández, pero es todo menos un ministro cualquiera.
