El sol incandescente de La Sabana cayó sin tregua sobre las graderías del INS Estadio Nacional mientras los invitados ocupaban sus asientos para el Traspaso de Poderes 2026. Bastó con que el protocolo abriera oficialmente la jornada para que el ambiente adquiriera otro tono: los abucheos y las ovaciones comenzaron a descender desde las tribunas, transformando el recinto en algo más cercano a una final de campeonato que a un acto de Estado.
Como si la política hubiese tomado prestado el libreto del fútbol, la barra oficialista se hizo sentir con fuerza en el sector este del estadio. Desde ahí brotaron aplausos, gritos de respaldo y cánticos improvisados cada vez que aparecía una figura cercana al chavismo. En el costado oeste, en cambio, se acomodó una afición más diversa: simpatizantes del continuismo mezclados con opositores que respondían con aplausos.
La solemnidad que suele envolver este tipo de actos había quedado, desde temprano, relegada a un segundo plano.
Y, aun así, aquello seguía siendo una sesión oficial. El plenario había cambiado mármol y curules por concreto, graderías y césped, pero la norma legislativa duró poco frente a la temperatura política que se respiraba en las tribunas.
Sobre el terreno de juego desfilaron diputados, ministros, representantes diplomáticos y hasta el rey de España, todos avanzando hacia el extremo norte del estadio, donde el escenario principal concentraba miles de miradas.
Más silencioso permaneció el sector sur. Ahí no hubo barra ni coro; apenas filas dispersas bajo el implacable sol de mayo.
Pero nadie había llegado para ver un partido. Todos —desde invitados especiales hasta fotógrafos apostados a pie de cancha— aguardaban el mismo instante: ver al presidente saliente dejar la banda presidencial y que ésta se posara en los hombros de la mujer que él mismo impulsó desde Casa Presidencial.

Abucheos, ¿o aplausos?
Desde la tarima de prensa, instalada en el corazón del terreno de juego, los sonidos de ambas tribunas convergían como un solo eco.
Cada nombre anunciado por los parlantes recibía su propia sentencia: aplauso, silencio o abucheo. Cuando la bancada oficialista hizo su ingreso, el este respondió de inmediato con una descarga de respaldo que hizo retumbar el concreto del estadio.
Pero ningún nombre provocó una reacción tan unánime como el del rey de España. Apenas la transmisión oficial proyectó en las pantallas la figura espigada de Felipe VI de Borbón, las dos tribunas dejaron de lado, por un instante, sus colores políticos. Los aplausos se fundieron en una sola ovación para el invitado internacional que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en la figura extranjera más celebrada de la tarde.
La tregua, sin embargo, duró poco.
Cuando las cámaras enfocaron a la bancada del Frente Amplio, el sector este recuperó su libreto. Los silbidos se transformaron en abucheos y, con la aparición del diputado frenteamplista José María Villalta en las pantallas gigantes, los gritos de “¡fuera, fuera!” descendieron desde las graderías con la fuerza de una barra jugando de local.
La misma recepción encontraron las opositoras Claudia Dobles y Abril Gordienko, diputadas de Coalición Agenda Ciudadana y de la Unidad Social Cristiana, respectivamente.
En aquella cancha política, la oposición parecía plantada en bloque defensivo, soportando la presión de un oficialismo que dominaba buena parte de las tribunas, pero con la mirada puesta en otro punto del terreno: un eventual error, una fisura en la marca o ese pase filtrado que, desde el propio camerino chavista, pueda abrir espacio para salir al contragolpe en el escenario legislativo.
El momento de Fernández
Si durante buena parte de la tarde las tribunas habían repartido aplausos y abucheos según el color político de cada figura, la entrada de los dos protagonistas borró cualquier frontera.
“Hace su ingreso el presidente de la República, Rodrigo Alberto Chaves Robles”, anunció desde el escenario la presidenta legislativa, Yara Jiménez. Ni siquiera había terminado de pronunciar su nombre cuando el estadio estalló en una sola ovación. Chaves apareció acompañado de su esposa y de su hija, saludando a ambos costados como quien reconoce a una afición que ya conoce de memoria.
Los cánticos de “¡sí se pudo!” acompañaron su recorrido. Chaves levantó la mano, devolvió saludos y, segundos antes de entregar la banda presidencial, la llevó hasta sus labios en un gesto que provocó una nueva descarga de aplausos desde las graderías.
La reacción no fue distinta cuando apareció Laura Fernández.
Su ingreso levantó a buena parte del estadio y terminó de confirmar quién jugaba de local aquella tarde. Bajo la conducción de Jiménez y con Chaves a escasos metros, Fernández caminó hacia la juramentación con la serenidad de quien no llegaba a estrenar proyecto, sino a tomar el relevo del mismo libreto político.
Y ni siquiera su discurso consiguió imponer silencio.
Apenas tomó el micrófono, las graderías encontraron nuevos protagonistas. La mención del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Orlando Aguirre, provocó una inmediata ola de abucheos. Lo mismo ocurrió segundos después con el nombre de la contralora general, Marta Acosta.
Fernández guardó pequeñas pausas entre una mención y otra. Lo suficiente para que los abucheos terminaran de bajar desde las tribunas y se instalaran, una vez más, en una sesión solemne donde, al menos en teoría, no tenían cabida ni los aplausos ni los abucheos.
Continuidad
Fernández no tardó en dejar claro que aquella tarde no representaba una ruptura, sino una sucesión. El tono enérgico, la cadencia de sus frases y la confrontación abierta con sectores del aparato estatal recordaban, por momentos, la misma hoja de ruta que Rodrigo Chaves convirtió en sello político durante sus cuatro años de gobierno.
La propia mandataria despejó cualquier duda cuando se asumió como heredera del proyecto y habló de construir una “Tercera República”, una consigna que rescata la misma aspiración reformista con la que el chavismo justificó su confrontación con los poderes del Estado.
La escena contrastaba con la imagen que Fernández había proyectado apenas un día después de su victoria electoral, cuando compareció ante la prensa con un tono más moderado y conciliador.
Sobre el escenario del Estadio Nacional, sin embargo, ya no quedaban rastros de aquella versión.
La heredera había tomado el micrófono. Y, con él, también el libreto.
