Los estudiantes de los colegios científicos del país suelen destacar en los exámenes de admisión de las universidades estatales: alcanzan algunos de los promedios más altos entre quienes aspiran a ingresar a la educación superior pública.
Un ejemplo es el Colegio Científico de Alajuela, que en el proceso de admisión 2025-2026 consiguió que uno de sus alumnos obtuviera los 800 puntos posibles en la Prueba de Aptitud Académica (PAA) de la Universidad de Costa Rica (UCR) y el Tecnológico de Costa Rica (TEC).
Detrás de esos resultados está una exigencia académica superior a la del programa regular del Ministerio de Educación Pública (MEP). Sin embargo, esa misma profundidad en los contenidos también representa un desafío para parte de quienes ingresan al sistema: cerca de tres de cada diez estudiantes no continúan sus estudios en esta modalidad de secundaria.
Un análisis de El Financiero, basado en la matrícula inicial reportada por los colegios científicos al MEP entre 2024 y 2026, muestra diferencias importantes entre las sedes. En San Carlos, por ejemplo, el 51,6% de quienes ingresaron a décimo año en 2025 no figuró en la matrícula inicial del curso lectivo siguiente, en 2026.

Una preparación que no todos concluyen
Yanery Montoya, directora ejecutiva del Sistema Nacional de Colegios Científicos de Costa Rica, explicó que la exigencia académica puede convertirse en un obstáculo para quienes ingresan al sistema sin las bases necesarias para responder a la profundidad de los contenidos.
“En matemática, por ejemplo, vemos el programa de estudios del MEP, pero con mayor profundidad; en décimo vemos precálculo y en undécimo vemos cálculo”, comentó.
Los colegios científicos imparten únicamente décimo y undécimo año, por lo que sus estudiantes deben enfrentar una carga académica concentrada en esos dos niveles. Para algunos, el cambio supone un reto mayor del esperado.
Montoya señaló que no todos consiguen adaptarse a ese ritmo. Aunque en sus colegios de procedencia podían obtener buenas calificaciones, eso no siempre significa que hayan desarrollado las bases académicas necesarias para responder a una mayor profundidad en los contenidos.
Las cifras reflejan esa dificultad. De los estudiantes que ingresaron al sistema científico en 2024, el 30,9% no apareció matriculado en el curso lectivo de 2025. La sede de Pérez Zeledón registró la mayor proporción de salidas entre ambos años, con un 48,98%.
El comportamiento fue similar entre las cohortes de 2025 y 2026. Al comparar a quienes ingresaron a décimo año en 2025 con la matrícula inicial de undécimo en 2026, se observa que el 31,3% no continuó en el sistema. San Carlos presentó la mayor diferencia entre ambos registros: el 51,6% de los nuevos ingresos de 2025 no apareció matriculado al año siguiente.
En el otro extremo se encuentra la sede del Atlántico, donde la permanencia fue considerablemente mayor. De quienes ingresaron en 2025, solo el 3% no se presentó al curso lectivo de 2026, una diferencia equivalente a un solo estudiante.
Estas cifras, sin embargo, no significan necesariamente que quienes dejan un colegio científico abandonen la secundaria. Algunos regresan a la institución de la que provenían o se trasladan a otro centro educativo. Por eso, la diferencia entre las matrículas iniciales permite identificar quiénes no permanecen en esta modalidad, pero no determinar, por sí sola, cuántos interrumpieron sus estudios.
Tampoco todos los traslados implican perder un año académico. Según Montoya, el seguimiento del rendimiento permite identificar con anticipación a los estudiantes que tienen dificultades para responder a las exigencias del programa y advertir a sus familias cuando deben valorar un cambio de institución.
La medida también responde a una característica del sistema: los colegios científicos no admiten estudiantes repitentes. Por eso, detectar a tiempo las dificultades académicas resulta clave para tomar decisiones antes de que avance el curso lectivo.
Acompañamiento para evitar la salida del sistema
En la sede de San Ramón, el seguimiento comienza durante el primer trimestre. Los docentes revisan las calificaciones y contactan a las familias de quienes presentan dificultades para informarles sobre su rendimiento e incorporarlos a un programa de acompañamiento que les permita mejorar.
Si para junio el estudiante no logra alcanzar el nivel requerido, se recomienda trasladarlo a otra institución.
Montoya, quien trabaja en esa sede, explicó que también han aplicado medidas para darles más oportunidades a quienes presentan rezagos en una o dos materias. Cuando las calificaciones se ubican entre 65 y 70, pueden permanecer durante el segundo semestre, con el compromiso de recuperar los puntos pendientes y alcanzar el rendimiento necesario al cierre del periodo.
La directora ejecutiva señaló que, desde la pandemia, los estudiantes llegan al sistema con deficiencias de conocimiento que terminan repercutiendo en su desempeño académico.
Johanna Salazar, directora de la sede de Alajuela, señaló que la permanencia también está condicionada por la capacidad de los estudiantes para adaptarse al modelo académico y por las decisiones que toman sus familias, además del rendimiento que alcanzan durante el curso lectivo.
En esa sede, la diferencia entre quienes ingresaron en 2024 y quienes finalizaron sus estudios en 2025 fue de siete estudiantes. La misma diferencia se registró entre la cohorte que ingresó en 2025 y la que concluyó en 2026. Estos datos corresponden a las cohortes respectivas y muestran una variación mucho menor que la observada en otras sedes.
“Los retos son diversos según la región, no es lo mismo para los que dejan el hogar para irse a otra región o para algunos que tienen rezagos académicos profundos de sus colegios de procedencia. También, y lamentablemente, hay una tendencia a no querer dar la milla extra y eso es fundamental en nuestros colegios”, indicó Salazar.

