Por: Emilio Zevallos.   10 diciembre, 2019

La economía se encuentra en un proceso de desaceleración, reflejada tanto en la caída de caída del consumo como en las propias expectativas de los empresarios. La navidad es la tabla de salvación de varias empresas que esperan sus ventas crezcan lo suficiente como para hacer frente a la crítica situación que vienen arrastrando durante el año 2019.

Ya se pagaron los aguinaldos del sector público, y al parecer, esto no va a ser suficiente para impulsar la alicaída demanda interna. A la vez, los empleos estacionales de la época tampoco son tantos como se esperaba. Así las cosas, diciembre será crítico para saber si en efecto habrá reactivación económica.

Ante un escenario tan sombrío, ¿Qué hacer? Los consumidores al parecer no están haciendo los gastos propios del mes de diciembre. Sin esa chispa, el motor de la economía no encenderá. Reducir gastos en las empresas es la eterna alternativa. Sin embargo, su impacto no solo reduce la capacidad productiva de las empresas, sino que deja a potenciales consumidores (los empleados de la empresa), con menos poder de compra.

Por qué no intentar cambiar la perspectiva. Por supuesto, sí podemos hacer más eficiente la operación, esa siempre es una opción. Sin embargo, en vez de tocar los salarios y a los trabajadores, ¿Por qué no reducimos los márgenes de ganancia, y convertimos esa reducción en un precio al consumidor menor? Obviamente esta es una opción mucho más viable para una gran empresa que para una pequeña, pero no es imposible.

No es muy frecuente que los precios bajen, y cuando lo hacen, muchas veces es de forma artificial (como en varios negocios que suben los precios antes del Black Friday y luego los bajan para “hacer creer” que hay una rebaja). Aun así, las mejores épocas de compras se dan cuando las empresas hacen “reducciones masivas de precios”. Si todos reconocemos que esas son las mejores temporadas de ventas, ¿no sería positivo para consumidores y empresas bajar los precios para impulsar el consumo?

A modo de ejemplo, en otros países, cuando se empezó a cobrar con tarjeta de crédito en los pequeños negocios e incluso en modalidades equivalentes a la “feria del agricultor”, el impacto en consumidores y oferentes fue muy exitoso e inmediato. ¿Las razones? Una persona que solo puede pagar en efectivo tiene una restricción obvia al consumo. Si encuentra muchas ofertas y solo puede pagar en efectivo, seguramente se perderá de muchas. Pero si puede pagar con tarjeta seguramente aprovechará todas las –o al menos muchas más- promociones. Si los precios bajan (pero de verdad), los consumidores aprovecharán las promociones con beneficios directos para ellos y las empresas que venderán mucho más. Pero la gente no es tonta, y sabe distinguir una oferta real de un engaño. Si las empresas reducen sus márgenes para bajar precios, no solo se beneficiarán ellos (ya no por margen sino por volumen) y sus consumidores, sino que también habrá un efecto demostración que hará que otras empresas sigan el ejemplo, con beneficios para la economía en su conjunto. Pretender extraer el excedente del consumidor individual es lo que se ha hecho por mucho tiempo. No podemos pretender resultados nuevos si seguimos haciendo lo mismo.