La ruta hacia el liderazgo

Agradecer y obsequiar: una reflexión sobre la urbanidad en el trabajo

Dar las gracias exige una dosis de humildad, porque se es capaz de reconocer algo grande en lo que es pequeño: se necesita ponerse al nivel de la otra persona

Hace algunos años escuché a un filósofo decir que la palabra “gracias” se expresa cuando se recibe algo que no se merece. Por ejemplo, cuando una persona hace un favor, lo razonable es agradecerle, porque no es una estricta obligación suya, sino un acto de generosidad. De forma similar, en el mundo de los negocios se reciben favores a diario, tanto de personas que están a cargo, como de jefes y directivos. A pesar de ello, es poco frecuente escuchar la palabra “gracias” o expresiones de gratitud que expresen el aprecio por eso que se recibe.

Ahora bien, cuando se pide algo, o incluso cuando se emite un mandato, puede pasar por la mente el tácito y mezquino pensamiento: “para eso le pagan”. No obstante, si se hace una revisión del manual de funciones de puestos, posiblemente se caerá en la cuenta de que muchas acciones van más allá de lo que exige su deber.

Para Platón la justicia es dar a cada quien lo que le corresponde. Ahora bien, la gratitud a veces es un acto de justicia, porque aquella persona merece un “gracias”. Así, la gratitud debería tener espacio en la actividad cotidiana de los negocios. Más aún, agradecer es un acto de responsabilidad, también social, porque esa persona se lo merece, y porque difícilmente lo reclamará.

Decir “gracias” ayuda a erradicar la indiferencia y la frialdad en el ambiente de trabajo. Su escasez impide que las relaciones laborales adquieran un sentido más trascendente. Captar un acto que amerite la gratitud no debería ser tan difícil: hoy día hasta las mascotas remueven a las personas en las redes sociales cuando actúan amablemente. Ahora bien, el ser humano tiene una capacidad de entrega mucho mayor que la de una mascota, porque su móvil es la fraternidad, la solidaridad.

Dar gracias puede ser percibido como un acto de humillación, de hacerse vulnerables, y efectivamente así es. Dar las gracias exige una dosis de humildad, porque se es capaz de reconocer algo grande en lo que es pequeño: se necesita ponerse al nivel de la otra persona, para advertir una acción que podría pasar desapercibida a cualquier otra. No decir “gracias” puede denotar que se está anteponiendo la productividad y la utilidad, a la capacidad de darse que posee el ser humano.

Ahora bien, agradecer es algo que no solamente se expresa con palabras: también hay gestos que lo manifiestan. Por ejemplo, un obsequio puede significar el sentimiento de gratitud hacia alguien, por un favor realizado. En ocasiones, intentar compensar a alguien económicamente por un favor puede ser mal visto, porque parte de la generosidad exige dejarse obsequiar.

Como afirma Rafael Alvira “regalar es tan difícil como hacerse entender”, por eso nos sentimos frustrados “cuando notamos que nuestro regalo “no le dice nada” a la persona a la que se lo entregamos”. Obsequiar como gesto de gratitud es un diálogo que intenta transmitir el valor que se tiene hacia alguien o por algo. Más allá del objeto que se obsequia, hay una intención.

“Es de bien nacidos ser agradecidos” y, por consiguiente, lo debería ser también dejarse obsequiar. Un favor, lo mismo que la palabra “gracias”, son en sí mismos regalos. De hecho, uno de los mayores obsequios hacia alguien puede ser el tiempo, el interés dedicado o recibido. Un salario a veces no es suficiente para incrementar la motivación, porque hay obsequios que son invaluables: escuchar, mirar a los ojos, comprender, preguntar, ponerse en los zapatos de la otra persona.

“Nadie da lo que no tiene”. Por eso, quien es magnánimo y generoso con las personas, demuestra la riqueza que entraña dentro de sí. En cambio, quien es incapaz de darse a los demás, de agradecer, regalar y dejarse obsequiar, desvela un cierto egoísmo en su modo de vivir. No todas las personas son capaces de captar lógica de la gratitud, porque supera los estándares tradicionales de justicia y del deber. Esas personas al menos deberían situarse en la lógica de la urbanidad, porque “La educación y los buenos modales abren puertas principales”. Entonces, quizá la gratitud sea la llave maestra para dar paso al mayor gesto de gratitud: el amor de amistad.

Roy Campos

Roy Campos Retana

Roy es doctor en Gobierno y Cultura de las Organizaciones. Es asesor en procesos de capacitación corporativa, para áreas como negociación, ética, trabajo en equipo, estrategia e innovación. Es profesor de la Escuela de Negocios de la UCR y autor del libro "Integridad 24/7: ¿cómo liderar siempre?”.

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