Por: José Joaquín Fernández.   17 marzo

¿Alguna vez se ha puesto a pensar que solo hay una manera justa y correcta de lograr que otra persona haga lo que usted quiere? Solo cuando alguien hace algo por nosotros por voluntad propia es que se considera moral. Y esto solo se logra con una persuasión honesta. La persuasión se puede lograr con engaño y a eso se le llama estafa. Ergo, para que la persuasión sea correcta y socialmente aceptable debe tener el componente de transparencia y buena voluntad.

Por supuesto que usted puede lograr que otros hagan lo que desea si recurre a la fuerza, pero se consideraría un acto delictivo. Por ejemplo, si usted usa una pistola, como en un asalto, es muy probable que la víctima haga todo lo que usted le pida. O bien cuando la mafia o las maras lo amenazan con destruir su propiedad si no paga su cuota de seguridad. En estos casos no hay discusión que el uso de la fuerza es inaceptable para que otros hagan lo que deseamos.

El robo, el fraude, o cualquier acto coercitivo, es delito y sigue siendo inmoral, aunque el delincuente argumente que usará el botín para financiar actos de caridad o para defender al planeta del cambio climático. Es decir, no importa el uso que el antisocial haga con los bienes, se considera un acto delictivo e inmoral apropiarse de la propiedad y del ingreso ajeno por medio de la coerción. ¡El uso de la fuerza, del engaño o el fraude para apropiarse de bienes ajenos es delito per se!

“Te ganarás el pan con el sudor de tu frente” dice la Biblia. Un delincuente dice: “me ganaré el pan con el sudor del prójimo”.

Sin embargo, existe otra manifestación del uso de la fuerza que el ciudadano común se pasa por alto: La ley. Quien no cumple la Ley en cuanto al pago de impuestos es encerrado en la cárcel u obligado a pagar cuantiosas sumas de dinero en multas.

No es incorrecto que un político desee que todos ahorremos. Lo que es inmoral es que nos obligue, por la fuerza de la ley, a que ahorremos. No es incorrecto que un político nos quiera vender los productos de empresas públicas. Lo que es inmoral es que nos obligue a comprarle porque usa la figura de un monopolio o de un privilegio creado por Ley. Es correcto que se busquen maneras de ayudar a grupos sociales como mujeres, deportistas, iglesias, etc. Lo que es inmoral es que el gobierno obligue al ciudadano a financiar su credo, su agenda deportiva, etc.

Así como es inmoral que un ladrón nos despoje de nuestros bienes a punta de pistola, de igual manera es incorrecto que el político nos arrebate, vía impuestos, de nuestro ingreso por medio de una Ley y que nos castigue si no pagamos.

Solo quien es libre tiene el derecho para disponer del 100% de su ingreso y de su propiedad. ¡Mi ingreso, mi propiedad, mi decisión! Por eso, no roba quien elude o evade el pago de impuestos; roba quien los cobra. El gobierno debe respetar que los impuestos no le pertenecen porque no los ha generado. Los impuestos pertenecen a quien los ha producido, a quien se los ha ganado con el sudor de su frente. Por eso los impuestos deben ser mínimos. Aunque, si somos consistentes con nuestro argumento, lo ético y lo correcto es que los impuestos no deben existir. Muchos autores, como David Friedman, han expuesto (ver su libro The Machinery of Freedom) como puede operar un gobierno sin necesidad de impuestos.

LEA TAMBIÉN

El Flat Tax

La apropiación de los bienes ajenos por medio de la coerción es inmoral, no importa si se trata de un delincuente, de un burócrata o de un político, aunque su justificación sea la empatía con los pobres o para jugar de superhéroes y pretender rescatar el planeta de las emisiones de CO2.

Si la creación de impuestos es inmoral aun cuando existan buenas intenciones, peor aún, si el motivo de crear más y nuevos impuestos es alimentar los privilegios de una burocracia pública creciente, seguir financiando regímenes de pensiones con cargo al presupuesto, alimentar la avaricia de grupos de presión, subsidiar a empresas públicas ineficientes, o engrandecer aún más la explotación de gremios sindicales hacia el consumidor.

“Te ganarás el pan con el sudor de tu frente” dice la Biblia. La ética del político, del funcionario público, o el grupo de presión es: “me gano el pan con el sudor del prójimo”. Bien decía el profeta Ezequiel: “Esto dice el Señor Yahvé: ¡Basta ya de opresión y violencia! … librad a mi pueblo de vuestros impuestos”. (Ez 45:9)

Solo bajo un régimen de esclavitud, el esclavo no dispone libremente de su ingreso, sino que lo hace su amo. No es justificación alguna para la creación de impuestos la sana administración de estos. Por lo tanto, cualquier legislador que impulse proyectos de ley para disponer del ingreso y de la propiedad ajena para dárselo a un tercero, se está comportando igual que un delincuente común y está tratando al ciudadano como esclavo.

Por lo anteriormente expuesto es que los impuestos deben ser mínimos y solo deben crearse para financiar la función esencial del gobierno. No es deber del ciudadano financiar mediante impuestos cuanto capricho o disparate se le antoje al político de turno. “El fin de la ley (entiéndase el Gobierno) no es ni abolir ni restringir, sino el preservar y engrandecer la libertad”, nos decía John Locke, quien fuera un baluarte de la libertad y la democracia. Identificamos como violador de la libertad individual a quien, entre otras cosas, nos expropia de nuestros bienes, bien sea por medio del engaño, o bien sea con el uso, o de la amenaza del uso, de la fuerza, sea a punta de pistola o por medio de la Ley.

Nos decía James Madison en The Federalist Nº51 “Si los hombres fuesen ángeles, no sería necesario gobierno alguno. Si los ángeles fuesen a gobernar, no sería necesario ni control externo ni interno sobre el gobierno”. Es decir, si los seres humanos nos comportáramos como santos, el sistema de gobierno ideal sería la anarquía. Según John Locke y otros pensadores, el gobierno nace única y exclusivamente para proteger al ciudadano honesto del delincuente común. El valor supremo es la libertad y la razón de ser del gobierno es proteger la vida, el ingreso y la propiedad; no es su función convertirse en un delincuente más.

La solidaridad con los más necesitados y el cuidado del planeta deben promoverse por medio de organizaciones privadas y no por medio de entidades gubernamentales.

El gobierno es un mal necesario porque el gobernante no es un ángel sino un ser humano como cualquiera que busca su propio bienestar. Por eso el poder que se le entregue al gobierno debe ser mínimo para evitar que dicho poder se use en contra del mismo ciudadano. Es de inocentes creer que el gobierno puede ejercer una función solidaria en favor de los pobres porque, como bien decía Lord Acton, “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El mismo Yahvé (I Samuel 8) nos advierte que el poder político no busca el bien común sino la explotación del ciudadano porque nada bueno puede venir del uso de la fuerza.

Los gobiernos se han excedido en sus funciones. En Costa Rica tenemos unas 333 entidades públicas. El gobierno se encuentra obeso y debemos ponerlo en línea cerrando entidades públicas que no cumplen función social alguna, reduciendo planilla, eliminado todo régimen de pensión con cargo al presupuesto, liquidando todas las convenciones colectivas para nuevos empleados, eliminando las subvenciones a las universidades públicas, etc. Todo lo anterior con el fin de reducir la carga tributaria y devolverle al ciudadano lo que injustamente el gobierno le ha expropiado.

Con un gobierno mínimo, ¿significa que los pobres quedarán desamparados? Los Índices de Libertad Económica y la historia nos demuestran que la mejor manera de aliviar las necesidades de los más necesitados es con libertad económica y libre competencia.

En Costa Rica, con menos del 2% del Producto Interno Bruto se puede erradicar la pobreza. Es decir, podemos eliminar más del 90% de los impuestos y cargas sociales y aún nos sobraría para acabar con la pobreza. La pobreza existe, no por falta de impuestos, sino porque los gobernantes, por su naturaleza, no buscan el bien común, sino su propio bienestar.

Recordemos que quien roba no es aquel que no paga impuestos, sino quien los cobra. Por eso decía Murray Rothbard en su libro The Ethics of Liberty, “La tributación es, pura y simplemente, un asalto”.