Opinión

Escape del Banco Mundial

Filadelfia. Los elefantes blancos durante la reunión anual del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en Lima, Perú, fueron el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII), propuesto por China, y el Nuevo Banco de Desarrollo o Banco de Desarrollo de los Brics, como se le llamó originalmente. ¿Funcionarán estas nuevas instituciones como el Banco Mundial o como un banco más convencional como el Banco Europeo de Inversiones (BEI)? Sobre todo, ¿constituirán instrumentos para promover –o paradójicamente constreñir– los intereses de China?

La realidad es que durante la próxima década estas nuevas instituciones no prestarán mucho. El capital desembolsado por cada una es de $10.000 millones; así pues, incluso con una relación de activos frente a deuda del 20% (el mínimo actual para el Banco Mundial), cada una podrá ofrecer créditos de solo alrededor de $50.000 millones de dólares en los siguientes 10 años –que no es insignificante pero tampoco espectacular– a menos que obtengan inversión privada sustancial. Lo importante es que los principales mercados emergentes están aportando capital considerable en instituciones que estarán dominadas por China, señal del nivel de decepción con el desempeño del Banco Mundial y el FMI.

El Banco Mundial es como un barco viejo: en sus siete décadas de existencia, ha acumulado todo tipo de crustáceos –incrementos presupuestarios y costos de transacción– en su casco, y poco a poco han amenazado su rapidez y actuación. En el año financiero 2015, el BEI ofreció más del doble de créditos que los otorgados por el Banco Mundial, pero con solo una sexta parte de personal respecto a este último. Medido respecto de sus flujos (préstamos desembolsados) o capital (créditos pendientes), el personal del Banco Mundial es excesivo y su presupuesto administrativo es mucho mayor que el del BEI.

Cuando el BM se creó, el mecanismo de gobernanza clave era un Directorio Ejecutivo permanente que rendía cuentas a la Junta de Gobernadores, por lo general eran ministros de Finanzas o autoridades superiores equivalentes de los países miembros. Con el tiempo, nuevas oficinas proliferaron: una Oficina de Auditoría Interna, una Oficina de Evaluación Independiente, un Panel de Inspección, un Organismo Principal de Ética y un Departamento de Integridad Institucional.

Gasto burocrático

Gran parte de este crecimiento burocrático fue el resultado de la presión de países desarrollados, que sincronizaron sus esfuerzos con la reconstitución periódica de la Asociación Internacional de Desarrollo (la ventanilla del Banco Mundial de créditos blandos). Las críticas de ONG occidentales bien organizadas presionaron más al Banco, lo que desvió la atención de todo cambio verdadero estructural en la gobernanza de la institución. Además, presidentes efectivos del Banco comprendían que la única forma de distraer la presión política era añadiendo elementos llamativos, especialmente si eran visibles y ruidosos.

Hace más o menos dos décadas, había un defensor del pueblo y un tribunal administrativo del Banco Mundial para tratar las denuncias internas del personal. Ahora, existe toda una parafernalia sobre el “Órgano Interno de Control”: los respetables asesores principales, una oficina de mediación (supuestamente se creará una oficina de meditación), paneles de revisión por homólogos, una oficina de ética y conducta empresarial, y una vicepresidencia de integridad. Como dijera el cómico Fred Allen, “en los barcos se llaman crustáceos, en el Banco Mundial se asen solos a la institución y se hacen llamar vicepresidentes”. Y después de la última reorganización, se crearon unas cuantas docenas más.

Mientras tanto, la cultura de aversión extrema al riesgo del banco refleja una respuesta racional a los críticos que hacen mucho ruido sobre cada proyecto o programa fallido. Los críticos que son indiferentes a los fracasos de los proyectos comerciales piensan que el Banco es demasiado lento en comparación con el sector privado y se indignan cuando sus proyectos fracasan. Sin embargo, en lugar de defender el hecho de que el riesgo es intrínseco al desarrollo económico y a la creación de un portafolio de proyectos con un equilibrio de riesgos (y que los precios de los créditos dependen de ello), el Banco pretende que puede ser infalible. De modo que por tratar de alcanzar la excelencia no se obtienen resultados buenos.

La aversión al riesgo ha ido de la mano con prioridades institucionales sesgadas, como queda de manifiesto en el presupuesto del Banco. En el año fiscal 2015 se asignaron $623 millones a “Atención al cliente”, mientras que aproximadamente una cantidad 1,5 veces superior, es decir, $931,6 millones se destinaron a “Gobernanza y administración institucionales”. Los $600 millones restantes, dedicados a “Administración de programas y prácticas” se asignaron ostensiblemente a apoyar las operaciones de préstamos. Tan solo los gastos de la Junta Ejecutiva fueron de $87 millones. El Banco proclama ruidosamente las virtudes de la investigación –y gasta casi lo mismo, es decir $44 millones– en “relaciones externas y corporativas”.

Los numerosos desafíos que encara el Banco Mundial derivan de las presiones de sus accionistas. Como se niegan a ceder poder a accionistas menores o permitir un aumento sustancial de recursos para atender necesidades mundiales más importantes, las economías emergentes no tienen otra opción más que crear sus propias instituciones.

El Banco Mundial no desaparecerá: hay muchos intereses creados (incluidos académicos universitarios y ONG) ansiosos de tener también el dinero de las otras personas. Sin embargo, la actuación del Banco se resume como barcos bien diseñados y construidos que ralentizan a medida que se van formando crustáceos, y un día se ven obligados a ceder el paso a nuevos buques.

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